S?bado, 21 de mayo de 2016

Jesucristo puede ser tropezadero y locura para muchos, pero para los llamados viene a ser el poder y la sabiduría de Dios. Si hubiese quien pudiere encontrar algo insensato en Dios, la Biblia le dice que eso que se muestra como falta de criterio ha venido a ser mucho más fuerte que los hombres. La insensatez es precariedad y falta de raciocinio, implica inmadurez en lo que se hace; pero si acaso se encuentra en la creación algo que estuviere mal hecho, aún así se asegura que el Dios que hizo todo cuanto existe es más sabio que los hombres.

Tal vez en ningún otro medio se ve mejor la insensatez en Dios que en el criterio empleado para escoger a su pueblo. No se inspiró en nada virtuoso que hubiese en los seres humanos, sino que al contrario lo débil del mundo, lo que no es, lo vil y lo menospreciado escogió Él.  Lo lógico para los religiosos hubiese sido que escogiera a los más interesados en teología o en las prácticas de la religión instituida, que hubiese mirado a los que se  ejercitan en las buenas obras.

Pero la Escritura enseña que la salvación es por gracia, no por obras, a fin de que nadie se jacte en la presencia de Dios. De manera que si hubiere de que gloriarse hemos de hacerlo en el Señor, quedando por fuera toda jactancia. El religioso busca el mérito en la práctica de lo que ha asumido como verdad, intenta recibir la paga por su trabajo, se esfuerza por ser tenido por digno. El paradigma del religioso ha venido a ser aquel fariseo que entrado en el templo daba gracias a Dios por no ser como los demás; el paradigma de los llamados es el hombre público que en el mismo templo se reconocía como pecador y pedía misericordia y piedad.

En el relato bíblico aparecen los judíos como los que piden señales del cielo; acostumbrados a tener profetas, reclamaban los signos del profeta. Sus señales eran actos milagrosos, profecías cumplidas con precisión, de manera que cuando el Mesías se les presentó acompañado de prodigios y maravillas deberían haberle creído. Sin embargo, la excesiva evidencia física que acompañaba a Jesús como el enviado del Padre no les permitió creer en él. Uno puede buscar las razones de tal incredulidad en la desconfianza de las señales, pero no se entiende el por qué ellos continuaban pidiendo una nueva señal si no creían las anteriores.

Aún en la cruz uno de los malhechores seguía pidiendo signos de la divinidad de Jesús: Si tú eres el Hijo de Dios sálvate a ti mismo y a nosotros. Pero el mandamiento de Isaías se estaba cumpliendo en un pueblo con el corazón engrosado, con los ojos vendados y con los oídos tapados, de manera que no entendieron que era Dios con nosotros quien los visitaba. La gran mayoría no supo que aquél crucificado era Emanuel.

¿Qué es lo que hace la diferencia? ¿Por qué algunos creen mientras otros se vuelven más escépticos? La Biblia dice que no es de todos la fe, sino que más bien la fe es un don de Dios. Si Jesucristo es el autor y consumador de la fe, a él se debe que los que no tienen fe no la tengan.  Siendo cierto el enunciado bíblico, la culpa sigue recayendo en el acusado: no hay justo ni aún uno, no hay quien busque a Dios, no hay quien haga lo bueno.  Se agrega que todos están muertos en sus delitos y pecados. Con esa declaratoria celestial la humanidad es tenida por menos que nada, de tal forma que no es posible la auto-redención. Urge un salvador externo, alguien impoluto, el Cordero sin mancha, que redima de una vez y para siempre a la humanidad.

Pero los griegos, y por extensión el resto de las gentes, buscan sabiduría. Aquella sabiduría filosófica que provee hasta la saciedad para los deseos carnales, la que facilita la creación de infinidad de dioses, la proclive al politeísmo y a la superstición entre los hombres. Pese al reclamo de señales y de sabiduría, Dios propuso (en su necedad, como si la tuviere) a Jesucristo crucificado.

Jesucristo vino a morir por su pueblo (Mateo 1:21), a salvarlo de sus pecados, a dar su vida en rescate por muchos. El amor de Dios para con el mundo (los gentiles) fue tan grande que el Hijo tuvo que ser enviado a pagar el rescate con su vida; ese rescate se pagó a Dios como ofendido, pero el pago se hizo una vez y para siempre. Sabemos que tal sacrificio se hizo no solo por los gentiles sino también en favor de los judíos. En ese sentido, se ha hecho por toda la humanidad como un colectivo. Pero no hay posibilidad de segundos pagos, ni de cuotas extraordinarias.  Dado que Jesús no pagó por toda la humanidad sin excepción, no murió en forma distributiva por cada ser humano.

La elección fue hecha desde antes de la fundación del mundo, como lo aseguran la multiplicidad de textos dispuestos para tal doctrina. El amor de Dios por Jacob aconteció antes de ser creado, antes de que hiciese bien o mal. A los que fueron ordenados para vida eterna también les fueron escritos sus nombres en el libro de la vida del Cordero, desde que el mundo fue fundado. Y Jesucristo, en palabras de Pedro, fue preparado para tal fin antes de la fundación del mundo (1 Pedro 1:20).

Si bien unos fueron ordenados para vida eterna (y creyeron todos los que estaban ordenados para vida eterna -Hechos 13:48), Cristo ha venido a ser Piedra de tropiezo, y piedra de escándalo, a aquellos que tropiezan en la Palabra, y no creen en aquello para lo cual fueron ordenados (1 Pedro 2: 8). El verbo ordenar en griego es Tasso (τασσω), el cual indica apuntar, asignar, colocar en cierto orden y posición, prescribir, imponer, fijar. Sabemos que, si el ser humano no tiene cualidades intrínsecas para ser tomado en cuenta, la actividad divina de ordenarlo para salvación no se fundamentó en actos de méritos humanos. La comparación infeliz de algunos enemigos de la fe en cuanto a que ese verbo refiere a un simple nombramiento en base al mérito, dado que ellos fueron ordenados pastores o ministros en los Seminarios, no cabe acá como ejemplo por cuanto el ordenamiento divino no se basó en mérito alguno.

El linaje escogido implica una generación emparentada por la sangre de Jesucristo. No fuimos llamados a una pasividad espiritual, sino a mostrar las virtudes de Cristo, quien nos llamó de las tinieblas a su luz admirable. Vivimos fuera de las tinieblas de la ley, ajenos a su letra que mata, fuera de la oscuridad de la incredulidad en que le tocó vivir al pueblo judío en la época en que vino el Mesías esperado. Estamos viviendo en el reino de su luz admirable por cuanto ya no somos ignorantes de la justicia de Dios; en cambio, Pablo señala a aquellos que al ignorar la justicia de Dios viven aún en la perdición de sus almas. Estos son los que exhiben su propia justicia porque pretenden que sus obras ayudan en el proceso de salvación, lo cual debilitaría la justicia de Cristo haciéndola incierta e impura, al mezclarla con la justicia propia de los impíos. Estamos fuera de la oscuridad de los religiosos fariseos, de los escribas y de los principales de las sinagogas; somos ajenos a la doctrina de los saduceos, estamos alejados de la oscuridad de los que se pierden.

La luz admirable nos permite ver lo malévolo del pecado y la insuficiencia de la justicia humana, así como también la necesidad de Cristo y de su salvación. En este sentido, lo que no es ha sido escogido para deshacer a lo que es, lo despreciado del mundo fue escogido para otorgarle el valor de la claridad del día, para llegar a ser la luz del mundo. El contraste se agranda cuando leemos que antes no éramos pueblo de Dios pero que ahora sí lo somos, que en tiempos pasados no habíamos alcanzado misericordia pero ahora sí la tenemos en nuestras vidas.

El amor de Dios se muestra en su misericordia para con los elegidos, aún antes de la conversión, en el pacto que hizo con su pueblo, en la provisión de Su Hijo como Salvador. Esa misericordia se manifestó o actualizó en nosotros desde el momento en que fuimos llamados de las tinieblas a la luz. Cuando nacimos de nuevo, cuando nuestra regeneración fue evidente, comenzamos a gozar de esa salvación ofrecida en nuestro favor desde antes de la fundación del mundo (como se dice del Cordero inmolado aún antes de que el mundo fuese hecho).

Por supuesto, un Dios perfecto -y con plenos poderes para hacer cuanto se le ocurra- ha planificado nuestra salvación con la anticipación de la eternidad, por cuanto nada hay imposible para Él. Y si los seres humanos siendo imperfectos también planifican muchas veces sus acciones, cuánto más no hará un Dios Omnipotente que no solamente conoce todas las variables sino que las ha hecho como ha querido. De allí que para los llamados Cristo ha venido a ser el poder y la sabiduría de Dios.

César Paredes

[email protected]

destino.blogcindario.com


Tags: SOBERANIA DE DIOS

Publicado por elegidos @ 11:09
Comentarios (0)  | Enviar
Comentarios