S?bado, 21 de mayo de 2016

Los habitantes de la isla de Malta, en la época del naufragio en el cual iba Pablo como prisionero romano, fueron considerados como bárbaros. Ese fue el calificativo romano para todos aquellos que no hablaban su lengua, pero lo fue también para los griegos en su época. De allí quedó el vocablo, los barbaroi, los que hablaban con unos sonidos que se escuchaban como bar-bar-bar. Es normal que los hablantes de una lengua digan de la otra que tiene un sonido extraño; incluso dentro de las variaciones dialectales se opina lo mismo. De allí que exista un ligamen entre la lengua y la nación, entre el dialecto y el terruño al que pertenece.

Pero aquellos bárbaros de la isla de Malta se manejaban entre extremos. Cuando los náufragos romanos llegaron allí fueron bien recibidos. De inmediato encendieron fuego para que se calentasen, no solo por lo mojados que estaban en virtud del agua de mar sino también porque estaba lloviendo a cántaros. Hospitalarios atendieron a los visitantes necesitados. Pero un evento particular mostró su carácter religioso, quizás un lugar común en toda la tierra para todos sus habitantes.

Mientras recogía y apilaba leña para aumentar más el fuego, Pablo fue mordido por una víbora. Una serpiente venenosa que en lengua griega era llamada echidna -ἔχιδνα-, considerada un monstruo, se había adherido a la mano del apóstol. Los habitantes de Malta cuando vieron que el prisionero era mordido por la víbora, la cual había saltado de uno de los leños recogidos para asirse de su mano, se dijeron unos a otros que esa persona era en realidad un homicida. Tenían como superstición que las cosas malas que pasaban eran un castigo de la divinidad, de lo que en su contexto llamaban la justicia. Ese prisionero había sobrevivido al naufragio pero ahora tenía que ser ajusticiado de una manera poética, por la mordida de una serpiente.

Es típico de la mente supersticiosa el pretender dar interpretaciones místicas a los eventos que se muestran en la vida diaria. De esta forma se va formando una cultura popular que se anuncia como si fuese la voz de Dios, aunque esté muy alejada de la realidad teológica mostrada. Pablo, cuando fue mordido por la víbora, se acercó más al fuego y sacudió la mano con ímpetu para que el animal cayera en las llamas. La gente se quedó expectante, como anunciando con su mirada la caída inminente del prisionero en base al peso inefable de la justicia.

Pero nada sucedió de lo temido. El apóstol nada dijo ni nada padeció, pero ellos esperaban el momento en que se le había de hinchar su cuerpo o caer muerto de repente. Transcurrido el tiempo suficiente para desistir de tal idea, saltaron al otro extremo. A una voz dijeron que ese hombre era un dios. De asesino a divinidad, de hombre ajusticiado a ser divino, dos extremos en una sola mente, dos opuestos conviviendo como oxímoron en el alma de un pueblo.

El relato nos cuenta que uno de los hombres poderosos de la isla había hospedado a los náufragos por tres días. El padre del gentil hombre sufría de fiebre y disentería, pero Pablo entró a verlo y colocando sus manos sobre el enfermo, después de haber orado, lo sanó. Como consecuencia, muchos en la isla venían a ver al apóstol para ser sanados de sus dolencias, de manera que cuando partieron hacia Roma la multitud los colmó de los bienes necesarios para el largo viaje.

Lucas no nos dice más nada de lo que aquellos bárbaros pensaban, pero de seguro que su criterio supersticioso tuvo que moderarse. Tal vez algunos creyeron el evangelio que predicaba el apóstol, al ver los maravillosos signos que lo acompañaban. Lo cierto es que la descripción hecha por el autor de Los Hechos de los Apóstoles nos muestra una tendencia natural en la mente de muchos de nosotros. Tratamos de juzgar los eventos que percibimos como si fuesen un blanco y negro, como si de castigos y de premios se tratase la vida. Somos rápidos al juzgar a los demás, olvidando lo que nos dice la Escritura. Debemos ser rápidos para oír pero tardos para hablar, debemos sacar la viga de nuestros ojos para ver bien la paja en el ojo ajeno.

Pablo no era un asesino, sino un apóstol que había apelado al César. Perseguido por sus paisanos los judíos, quienes armaban complots para matarlo, tuvo que acudir a instancias jurídicas inmediatas para huir de la persecución asesina de los fanáticos religiosos. No pensemos que Dios lo castigaba por haber hecho cosas semejantes cuando estuvo en la secta farisaica persiguiendo a los cristianos, sino que más bien fue un honor para él padecer por la causa del evangelio. No seamos rápidos para juzgar a aquél que ya había sido perdonado por el Señor, cuando tumbándolo del caballo se le apareció con un resplandor que lo cegó por un tiempo.

Pero Pablo tampoco era un dios. Había una promesa hecha por el Señor para con los apóstoles, acerca de que resistirían sin daño alguno las mordeduras de serpientes. Recordemos que las señales especiales, los llamados milagros sobrenaturales, fueron la evidencia física del poder de Dios que acompañaron a estos primeros creyentes. Una vez consolidado el anuncio nos toca a nosotros amar al Señor al que no hemos visto. Eran los judíos los que demandaban señales del cielo, una y otra vez; si bien los gentiles pedían sabiduría. Pero Pablo dijo posteriormente que solamente se predicaba a Jesucristo crucificado, tropezadero para ellos y locura para el resto de las gentes.

Quiso Dios salvar al mundo por la locura de la predicación, destruyendo la sabiduría de los sabios, por intermedio de lo despreciado del planeta. Ciertamente no hay muchos nobles entre nosotros, sino que más bien a los pobres escogió Dios para que sean ricos en fe, a lo que no es para deshacer a lo que es. Con todo, fue Pedro quien dijo que la inconstancia y la falta de doctrina hacen torcer el evangelio. De allí que no podemos refugiarnos en la pobreza o en lo que no es, como exhibiendo ignorancia; antes, más bien, hemos de ocuparnos en leer, siendo doctos y constantes, para dar cuenta de la fe cuando nos lo demanden.

No podemos ser oscilantes entre los dos extremos, más bien hemos de mantenernos firmes en la interpretación adecuada de la Escritura. Recordemos lo que les pasaba a los habitantes de Malta, que suponían que Pablo era un asesino y poco tiempo después lo imaginaron un dios. Fijémonos en nosotros mismos, para ver si andamos en la superstición de las concepciones asumidas como si fuesen ciertas, siendo más bien mitología popular ajena a la sabiduría de Dios.

César Paredes

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Tags: SOBERANIA DE DIOS

Publicado por elegidos @ 6:39
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