Viernes, 13 de mayo de 2016

Tal vez a muchos creyentes les acontece algo similar a lo que vivió Pablo, cuando escribió en su carta a los romanos que hacía lo que no quería hacer. Bien, hay un ejemplo en el libro de los Hechos de un error de conducta que el apóstol parece haber cometido. Cuando uno lee el capítulo 15 de los Hechos de los Apóstoles, Lucas nos cuenta el problema suscitado en Antioquía acerca de unos judíos creyentes en el evangelio que deseaban imponer la carga de la ley de Moisés a los nuevos cristianos. Ellos insistían en que debían circuncidarse, entre otras cosas. Enviados a Jerusalén unos hermanos, junto con Bernabé y Pablo, discutieron el asunto con los ancianos y demás apóstoles que se encontraban en la iglesia.

Habiendo deliberado el tema en cuestión, Pedro intervino con palabras sabias, argumentando que no podían imponer cargas pesadas como a ellos les había sido impuestas desde el pasado. Jacobo intervino y dio un discurso de antología, juzgando que no debían molestar a los gentiles convertidos a Dios. La recomendación final fue que se abstuvieran de la contaminación de los ídolos, de fornicación (porneia), de estrangulado y de sangre.

Pablo y Bernabé, junto a otros varones de renombre, serían los portavoces de la decisión tomada por los apóstoles y ancianos de Jerusalén. De esta forma, se les dio una carta explicativa, la cual entregarían y leerían en Antioquía, la que entre otras cosas decía:  Pues ha parecido bien al Espíritu Santo, y a nosotros, no imponeros ninguna carga más que estas cosas necesarias (Hechos 15:28). Sabemos, pues, que quedaba eliminado el precepto de la circuncisión.

Pero Lucas nos relata que inmediatamente después, cuando Pablo partió a Siria y a Cicilia, llegó finalmente a Derby y a Listra. En esta última ciudad conoció a Timoteo, un hijo de una judía y de un griego, pero que era un varón amante de las Escrituras y de un buen testimonio ante la iglesia. El apóstol deseó llevarlo consigo para continuar su viaje misionero, por lo que ... tomándole, le circuncidó por causa de los judíos que había en aquellos lugares; porque todos sabían que su padre era griego (Hechos 16: 3).

El lector puede recordar la escena en la que Pablo amonesta a Pedro, por una razón similar a ésta. No ya por el acto de la circuncisión, sino por temor a los judíos circuncisos. Pedro comía con los gentiles sin problema alguno, pero al ver a un grupo de judíos se retraía y apartaba, temiendo a los de la circuncisión (Gálatas 2:12). La influencia de los judíos en su tierra y en sus alrededores era tan grande, que en Antioquía Pedro sintió miedo de sus paisanos. Ambos apóstoles, Pedro y Pablo, luchaban contra el monstruo del judaísmo que se quería imponer como una carga a la iglesia gentil (y por extensión natural a la iglesia judía).

Pero llama la atención que Pablo no acató del todo la recomendación dada por el breve concilio de Jerusalén, plasmado en la carta llevada por él mismo en compañía de Bernabé y otros hermanos, escrita por la mano de los otros apóstoles, la cual decía que les había parecido bien a ellos y al Espíritu Santo, no hacer caso de la circuncisión. El relato de Lucas muestra las dos partes del hecho, por un lado lo recomendado por la autoridad de la iglesia (los apóstoles y el Espíritu Santo) y por el otro lado, momentos después, el desacato a tal decisión.

Y es el mismo Pablo quien escribe la carta a los Gálatas, sin tomar en cuenta lo que hiciera en Listra con Timoteo. Pero ese apóstol tuvo la humildad en su carta a los romanos de decir públicamente que el bien que deseaba hacer no hacía, empero el mal que no deseaba eso hacía. Se sentía miserable porque en su naturaleza habitaba la ley del pecado, si bien sería librado de ella solamente por Jesucristo.

En nuestra jornada por el mundo andamos como extranjeros y peregrinos, en un viaje a la patria celeste, donde habitaremos por siempre. Sin embargo, muchas son las tentaciones y las vacilaciones a las que estamos sometidos, y las más de las veces caemos en ellas, aunque otros tal vez caen mucho menos, pero todos participamos de la amargura del pecado. Por esta razón se escribieron todas estas cosas, por causa de nosotros.

La Biblia tiene la particularidad de describir los aciertos de sus héroes, pero sin negar sus caídas. No es un libro de relatos heroicos de seres sin mácula, sino que relata los motivos de la caída de los seres que admiramos. Precisamente, el hecho de que David haya caído en pecados muy deshonrosos nos motiva a seguir adelante, no inspirados para pecar sino para entender que todos podemos caer si no miramos bien nuestra firmeza.

Salomón también incurrió en el pecado del sacrificio a los ídolos, si bien la Escritura nos presenta su último libro en el cual habla que todo para él ha sido vanidad, que lo único que tiene sentido es temer a Dios y apartarse del mal. El profeta Eli cometió errores con sus hijos y Jehová dispuso su muerte, mas poco antes admitió que solo Él era Dios y que debía hacer como lo había dispuesto. Samuel tuvo problemas con sus hijos también, Gedeón al final de su vida también manifestó una conducta extraña. Juan el apóstol nos dijo que todos pecamos, que si decimos lo contrario hacemos mentiroso a Dios.

Positivo resultará reconocer la viga en nuestro ojo antes de mirar la paja en el ojo ajeno. Esa es la moraleja de estos relatos de la Escritura, donde se nos muestra la caída después de haber recibido la gracia. Pero lo importante y alentador para el creyente es que aunque el justo caiga siete veces, siete veces será levantado por el Señor. Así también lo enseña el relato bíblico y así lo hemos visto en todos estos personajes mencionados acá.

Cuando el recurrir del pecado nos agobie, cuando estemos a punto de desesperar, entonces tengamos presente que no somos los únicos y que muchos de los llamados hombres grandes de la fe han pasado por lo mismo. Como el profeta Elías descubrimos que no somos mejores que nuestros padres, que después de las grandes victorias de la fe vienen momentos de depresión en los cuales deseamos desaparecer de la faz de la tierra. De esta forma Santiago escribió que el profeta Elías estaba sujeto a pasiones semejantes a las nuestras.

Así como Dios envió un ángel para el consuelo del profeta, el cual le dio alimento después de un largo sueño, también hará con nosotros. Utilizará los mecanismos que Él haya previsto para brindarnos su providencia en cada afán y ansiedad, de manera que podamos ser consolados y entrar en la quietud y reposo en el cual somos salvos. Hago lo que no quiero, lo que deseo eso no hago; he allí el dilema de muchos creyentes, que para nuestra gracia le sucedió también al apóstol Pablo (Romanos 7). Disfrutemos de la humildad del apóstol y compartamos nuestras aflicciones los unos con los otros para nuestra consolación.

César Paredes

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Tags: SOBERANIA DE DIOS

Publicado por elegidos @ 8:22
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