Mi?rcoles, 11 de mayo de 2016

Hay innumerable cantidad de religiosos que buscan con insistencia una paráfrasis de la Biblia. Quisieran que muchas de sus palabras dijesen otra cosa, algo distinto a lo que su enunciado plano pone de manifiesto. Por ejemplo, el dolor de Pablo cuando escribía su carta a los romanos, en especial lo que ha sido signado tiempo después como el capítulo nueve, es un dolor por sus familiares cercanos. Los hermanos según la carne, de los cuales son la adopción y los pactos, la ley, el culto y las promesas. Pero el apóstol comprendió rápidamente que la palabra de Dios no había fallado, ya que no todos los que descienden de Israel son israelitas. Esta claridad intelectual del hombre de fe puede ser contada como una revelación del Espíritu de Dios. La proposición en Isaac te será llamada simiente quiere decir que no los que son hijos de la carne son los hijos de Dios; sino los que son hijos de la promesa, éstos son contados en la generación.

Cuando el apóstol habla de la promesa va de inmediato al texto de Malaquías, no para buscar una paráfrasis de lo que entendía por el Espíritu de Dios sino para buscar un apoyo bíblico de esa doctrina que estaba explicando. En Malaquías 1: 2-3 podemos mirar lo que muchos religiosos no pueden soportar. He allí su necesidad de una paráfrasis, pues ¿cómo podrán escapar de la interpretación pública que ofrece la Escritura?

Yo os amé, dijo el Señor; diréis: ¿En qué nos amaste? ¿No era Esaú hermano de Jacob?, dijo el Señor, y amé a Jacob y a Esaú aborrecí, y torné sus montes en asolamiento, y su posesión para los dragones del desierto. Este es el texto de Malaquías que Pablo introduce en su carta a los romanos, el que por cierto en lengua griega viene referido de seguro por la Septuaginta, versión confiable conocida por el apóstol y por el Señor. En nuestra traducción se emplea el verbo aborrecer, que proviene de odiar, cuyo vocablo verbal es miseo, μισέω. No hay forma ni manera de que la semántica del texto cambie para suavizar lo opuesto al amar, enfatizado en el texto, que refiere a Dios amando a Jacob pero odiando a Esaú.

Se han hecho intentos para buscarle una paráfrasis a ese vocablo griego y los que tuercen las Escrituras han hallado su solución para tranquilizar a los religiosos; Strong, por ejemplo, ha dicho en su Diccionario de la Biblia que miseo puede traducirse como amar menos. Aparte de la risa que pueda causar semejante disparate intelectual, se nota el desespero por darle una interpretación distinta al texto escrito por Malaquías y transcrito por Pablo. Otros estudiosos de la filología bíblica se han unido para brindar apoyo a semejante oxímoron. Como si amar implicara odiar menos, así también han pretendido decir que odiar implica amar menos.

Pero el apóstol no necesitó una paráfrasis de Malaquías, simplemente tuvo gran pesar y dolor por sus parientes según la carne y asumió el hecho de que la predestinación la hizo Dios, y contra ella nadie puede levantar siquiera un dedo.

¿Se podrá argumentar que Dios no odia a los malvados sino que los ama menos? ¿Amará menos Dios a los hacedores de iniquidad? ¿Amó menos Dios a Judas Iscariote, a quien lo hizo desde antes de nacer hijo de perdición?  Habrá que parafrasear toda la Escritura, ya que por muchos lados ese barco hace aguas; Isaías, por ejemplo, afirma que Dios hace la luz y crea las tinieblas; que hace la paz y crea el mal (Isaías 45:7). El verbo crear deberá ser cambiado por permitir sin querer que algo suceda, para calmarle los nervios a los religiosos que se escandalizan del Dios de las Escrituras.

Pero ni la lengua hebrea, ni la lengua griega dan oportunidad para una interpretación tan estirada que permita decir que el verbo crear es en realidad permitir sin querer que algo suceda. Los religiosos que se ofenden por la doctrina del Dios que hace todo cuanto acontece, prefieren entender que Dios permite que suceda el mal. En tal sentido dibujan un dios que lucha contra el mal y que permitió que el diablo existiese, que el mal apareciese de la nada por sí mismo. Es un dios dualista que busca adeptos a su causa, por lo cual acepta a todos aquellos que sean menos malos que los otros.

Si el lector ha pensado que prefiere la herejía (opinión particular) a la verdad, debería poner cuidado a lo que la Biblia dice a continuación de lo escrito por Pablo. ¿Habrá alguna injusticia en Dios, como se deriva del hecho de que haya condenado a Esaú aún antes de hacer bien o mal? (Romanos 9:14). Es decir, Esaú nació condenado por cuanto el propósito de Dios para su destino se forjó aún antes de la fundación del mundo. Por eso el apóstol pregunta de esa manera, como colocando las palabras del objetor bíblico en su pluma.

Lo más lógico para el pensamiento humano es que alguien ame u odie en base a las obras que hace la persona amada u odiada. Odiar o amar sin importar las obras, hacerlo aún antes de que hayan nacido en este mundo, implica un acto arbitrario de parte de quien así actúe. Por lo tanto, ese Dios de la Biblia es arbitrario, hace cosas injustas ante la opinión general de la humanidad. De allí que urge una interpretación más privada, que consuele y dé cuentas del Dios que es amor por definición. Dios no puede odiar a nadie, por eso el texto deber decir otra cosa; he allí la necesidad de una paráfrasis.

Dios enfatizó que amaba a uno y odiaba a otro, sin mirar en sus obras. Quiso mostrar la incondicionalidad de la salvación y de la condenación, para darse toda la gloria posible tanto en lo uno como en lo otro. Que ese Dios sea terrible puede decirse, ya que es preferible temerlo por cuanto puede echar el cuerpo y el alma en el infierno de fuego. Pero negar que sea capaz de hacer lo que ha dicho que ha hecho sería despojarlo de su verdad revelada en toda la Escritura, así como de su soberanía en todos los renglones de su creación. A Él le es lícito hacer lo que quiera con lo que es Suyo.

Queda claro que el objetor del capítulo nueve de la carta a los romanos no se habría levantado contra Dios si la Escritura hubiese dicho que odió a Esaú, basado en sus malas acciones. No habría posibilidad alguna de mirar a Dios como alguien que arbitrariamente elige el destino de sus criaturas. Pero el hecho es inequívoco, ya que la presencia del objetor eleva el sentido de arbitrariedad o de injusticia en Dios. Por supuesto, el texto dice lo que el Espíritu quiso que dijese, para poner en evidencia varios puntos: 1) que Dios es soberano y hace como quiere; 2) que tanto la salvación como la condenación le producen gloria a Dios; 3) que los que objetan lo que la Escritura dice son aquellos que se creen con elementos válidos para enjuiciar a Dios; 4) que solamente aquellos que aceptan que no somos nada ni nadie para levantarnos contra Dios estamos mostrando humillación ante su presencia.

Jesucristo también tuvo la humildad suficiente para dárnosla de ejemplo, cuando le dijo al Padre que estaba bien que hubiese escondido las cosas de la salvación de los sabios y entendidos, y que la hubiese revelado a los niños. De igual forma vemos otro ejemplo en el evangelio de Juan, cuando el Señor hablaba de la imposibilidad de ir a él, a no ser que el Padre que lo envió a él nos llevare a la fuerza hacia Cristo. De inmediato muchos de sus discípulos se retiraron murmurando, diciendo entre ellos que aquella palabra era dura de oír.

Puede ser que sea dura de oír la palabra de Dios, pero es mejor escucharla con humildad que huir desesperados a buscarle una paráfrasis para suavizarla. Bien lo dijo el profeta Isaías, si oyereis hoy su voz, no endurezcáis vuestro corazón. El que no habita en la doctrina de Cristo no tiene al Padre ni al Hijo, como dijera Juan en una de sus cartas. La Biblia es cual martillo que parte la roca en dos, como una espada que penetra hasta partir el alma. Es preferible caer sobre la Roca que es Cristo a que esa Roca le caiga a uno encima.

César Paredes

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Tags: SOBERANIA DE DIOS

Publicado por elegidos @ 12:37
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