Domingo, 08 de mayo de 2016

Un cojo de nacimiento tenía más de cuarenta años padeciendo el impedimento. Acostumbrado a pedir limosna, era llevado a la puerta de un templo de nombre La Hermosa; allí se encontró con Juan y Pedro que subían a orar. Los apóstoles no tenían ni plata ni oro para darle a este mendigo, por lo que dijeron que le darían lo único que poseían: en el nombre de Jesús de Nazaret se podía levantar y caminar. Así lo hizo el hombre menesteroso y fue motivo de alabanza a Dios, pues dando saltos y caminando junto a estos dos apóstoles entraba al templo mostrando en su cuerpo la maravilla recibida.

De inmediato, el cuerpo colegiado de príncipes junto a los jefes de los religiosos comenzaron a inquirir a los apóstoles en cuál nombre habían ejecutado el milagro. Reconocían tal maravilla y estaban igualmente asombrados pero no aceptaron que se hiciera en nombre de ese Jesús, que ellos mismos habían asesinado en el madero. Por esta razón se les ordenó a los dos discípulos del Señor que se retiraran del lugar y que no hablasen más en el nombre del crucificado. Pedro les respondió que consideraran si era propio obedecer a los hombres antes que a Dios, que ellos habían matado al Autor de la vida, al cual Dios había resucitado de los muertos.

Agregó el apóstol que verdaderamente se juntaron (en esta ciudad contra Jesús, el ungido, Herodes y Poncio Pilatos, con los gentiles y los pueblos de Israel, para hacer lo que la mano y el consejo de Dios habían antes determinado que había de ser hecho (Hechos 4:27-28). En otros términos, Pedro les decía a los principales de la sinagoga que pese a que ellos habían vejado hasta la muerte a Jesús, era el Padre Celestial quien había predestinado o predeterminado todo cuanto ellos hicieron. Asimismo sucedió con Judas Iscariote, cuando el Señor dijo que ninguno se había perdido sino el hijo de perdición, para que la Escritura se cumpliese; que el Hijo del Hombre iba como estaba escrito de él, pero ¡ay de aquél por quien fuese entregado!

Resulta imposible para los amantes de la tesis del conocimiento previo de Dios, suponer que la humanidad es la que tenía escondida la sabiduría de Dios en misterio, pero que fue el Todopoderoso el que la descubrió en el túnel del tiempo, en los corazones humanos. En realidad fue Pablo quien escribió lo siguiente: sino que hablamos sabiduría de Dios en misterio, la sabiduría oculta que, desde antes de los siglos, Dios predestinó para nuestra gloria (1 Corintios 2:7). La Biblia, por el contrario, enfatiza que Dios la había predeterminado antes de los tiempos para nuestra gloria.  ¿Y cuál fue ese misterio escondido? La crucifixión del Señor, profetizada pero no comprendida en el momento, junto con todo aquello que ojo no vio ni oído oyó, ni ha subido a corazón humano alguno, aquello que Dios preparó para los que le aman.

El texto de 1 Corintios 2:7-9 es quizás uno de los que destruye por completo la infeliz idea del conocer anticipado de Dios, como si se tratase del acto de averiguar lo que va a acontecer en la humanidad. Con esto se niega el criterio desmedido y alocado de imaginar a Dios mirando en los corazones de los hombres, para ver si alguno de ellos tenía algún plan de salvación personal, o tal vez la buena voluntad del corazón ya enemistado para seguirlo a Él. Fijémonos una vez más, que aquello que dicen Dios averiguó en los corazones humanos no había subido a ninguno de ellos.

El mismo autor de esta carta escribió a los Efesios que Dios nos predestinó de acuerdo al propósito de su voluntad, no de la nuestra. De esta forma se niega el que nosotros hayamos aportado algo (ni siquiera nuestra volición). Se niega también que Dios haya averiguado el futuro en nuestros corazones, pues fue el propósito de su voluntad el inductor de esta predestinación. Parece ser, como se afirma, que Dios opera todas las cosas (no algunas de ellas) de acuerdo a su propio querer para alabanza de su gloria (Efesios 1: 3:12). Fuimos elegidos desde antes de la fundación del mundo (lo cual equivale al hecho de que, si no existíamos todavía, no teníamos voluntad alguna de salvación que El pudiese averiguar). Además, uno de los objetivos de esa predestinación fue para ser sin mancha alguna delante de El, lo cual quiere decir que íbamos a estar con la mancha del pecado (por cuanto estábamos muertos en delitos y pecados), cualidad negativa que nos impediría siquiera pretender ser sus amigos, desearle, buscarle o ser justos.

Cuando en la Biblia se menciona el hecho de que Dios conoce de antemano y en consecuencia predestina, existe la idea firme de un amor previo que lo motiva. A muchos Jesucristo les dirá, en el tiempo final, que nunca los conoció. La semántica implícita en ese texto nos conduce a un significado paralelo, implícito y explícito, del verbo conocer. En ocasiones lo interpretamos como saber algo intelectualmente, con su carga cognoscitiva. Pero pese a esta realidad semántica, el verbo conocer también lleva la carga interpretativa de tener comunión íntima con. Adán conoció de nuevo a su mujer, y tuvieron otro hijo. Está implícito que Adán ya conocía a Eva, su mujer, pero la Escritura agrega que la volvió a conocer. Es decir, tuvo comunión íntima con ella, la amó de nuevo. Lo mismo se dice de otros personajes bíblicos que conocieron a sus esposas y tuvieron otros hijos. José estaba desposado con María, su mujer, hecho que por demás permite deducir que la conocía intelectualmente, cognoscitivamente. Sabía que estaba embarazada sin que ellos hubiesen tenido relaciones sexuales, por lo cual pensaba dejarla en secreto. El ángel del Señor le aclaró en una visión lo sucedido, por lo que José no conoció a María hasta que dio a luz el niño. Es decir, no tuvo comunión íntima con ella hasta después del parto.

Jesucristo dijo que a muchos les dirá que nunca los conoció, por lo que deberán apartarse de su lado para ir a condenación eterna. Pero ¿cómo sabrá él quiénes son aquellos que nunca conoció? Lo sabrá por un hecho cognoscitivo, intelectual, si bien su declaración no es en sí misma un oxímoron, una contradicción de términos. Más bien, el texto nos muestra una declaración explícita del conocer como tener comunión íntima con ellos (aunque en sentido negativo, por cuanto dice que nunca los conoció) y una declaración implícita igualmente, referida al acto cognoscitivo. Resaltamos que lo implícito en ese texto es el acto cognoscitivo del término conocer, por cuanto para poder identificarlos como a aquellos que no amó jamás tuvo que haber sabido quiénes eran, tuvo que diferenciarlos de los otros que sí amó.

Dios nos amó desde antes de la fundación del mundo y nos ordenó o predestinó para que fuésemos conforme a la imagen de Su Hijo. Imposible que nosotros mismos tuviésemos esa idea de transformarnos en aquella imagen, cuando ni siquiera conocíamos al Redentor enviado. Imposible que tuviésemos la voluntad de transformarnos en aquella imagen, cuando estábamos muertos en nuestros delitos y pecados. Por lo tanto, ese conocimiento previo de Dios no puede hacer referencia al supuesto de que Dios conoce el futuro porque lo averigua en los corazones de los hombres. Si tal cosa hubiese hecho Dios, sería un ignorante y carecería de la virtud de la Omnisciencia. Un Dios que averigua es un Dios que desconoce y que por ende niega uno de sus atributos básicos.

El conocimiento previo de Dios significa amar desde antes, así como Adán amó de nuevo a su mujer y José no amó íntimamente a María hasta que dio a luz el niño. La expresión a los que antes conoció ha de leerse o interpretarse como a los que antes amó. Por otro lado, si Dios nos conoció intelectual y cognoscitivamente desde antes, también se debe a su propósito eterno e inmutable de ordenar todas las cosas. Dios conoce el futuro (cognoscitivamente hablando) porque lo ha hecho de antemano, habiendo ordenado todas las cosas según el afecto de su voluntad. De esta forma, su conocer - sea amor previo o un acto cognoscitivo - obedece a una voluntad previa e inmutable encontrada solamente en Él. Jamás se podrá sugerir que dicha voluntad la estimula el objeto deseado o previamente ordenado.

Dios no llega a conocer nada porque nada ignora. Si Él averiguara el futuro en los predios humanos sería un Dios incompleto, carecería de uno de los atributos más lógicos de la divinidad, la Omnisciencia. Mucha gente se pregunta cómo sabe Dios y si hay conocimiento en el Altísimo, pero la respuesta que sugieren exhibe una gran ignorancia de parte de quienes preguntan. Al decir que Dios averigua el destino de los hombres en sus corazones, están diciendo muchas barbaridades en contra del Señor que los creó.

Al argumentar de tal manera queda implícito que Dios no sabe todas las cosas, por lo tanto debe averiguarlas; que la criatura que es finita conoce su propio destino porque se lo hace por cuenta propia; que cuando Dios averigua el futuro lo plagia de sus criaturas para contarlo a sus profetas; que dicho plagio se convierte en una gran mentira editada cuando se escribe como profecía en nombre de Dios; que al ser Dios un plagiario se hace a sí mismo un mentiroso, indigno de nuestra confianza e impotente para cumplir promesas. Además, si Dios averiguara el futuro, implicaría que el hombre, muerto en sus delitos y pecados, considerado como nada y como menos que nada, sin amor ni pasión por el Dios de las Escrituras, tiene una libertad suprema, una rectitud sin igual al cumplir aquello que se propuso. Dios, por su parte, sería poseedor de una suerte enorme, ya que lo que escribió de los hombres, en virtud de lo que averiguó en sus corazones, se cumple al detalle, sin que la humanidad voluble por naturaleza cambie ninguno de esos eventos.

Asimismo, uno puede imaginarse que la Biblia tendría un universo de contradicciones, que el texto acá mencionado de Hechos 4 sería un sin sentido. En realidad, Dios no determinó que Jesús fuese sentenciado a muerte ni mucho menos que Herodes y Pilatos hubiesen conspirado contra Su Hijo, sino que eso lo hicieron por cuenta propia y fue Dios quien se copió tales ideas para enviar al Salvador a rescatar las almas dispuestas y de buena voluntad, vivas y no muertas, justas por mérito propio, para hacer del Hijo un héroe sin virtud alguna. Tal sinsentido afirman los que sostienen creer en toda la Biblia pero varían el tema de la elección divina, diciendo que Dios eligió para salvación a todos aquellos que ya sabía lo habían de aceptar.

Por lo antes expuesto, entendemos que es una herejía muy grande sostener tal tesis, que hace a Dios mentiroso y plagiario, que le elimina un atributo significativo como lo es la Omnisciencia, que lo confirma como un adivino antes que como un Dios que forja el destino de sus criaturas. Ni siquiera los griegos, con todas sus pasiones teológicas con las cuales construyeron sus dioses a imagen y semejanza humana, se atrevieron a sugerir la posible burla al dictamen de su Moira o Destino. Pero estos creyentes que se llaman a sí mismos cristianos se han atrevido a sugerir la plenipotencia humana en cuanto a su voluntad para seguir a Cristo, antes que admitir que Dios, por el puro afecto de su voluntad, haciendo siempre lo que ha querido, haya dicho con certeza que a Jacob amé, mas a Esaú odié, antes de que hiciesen bien o mal, antes de que naciesen (Romanos 9).

Ciertamente, los que así piensan no pueden ser hermanos de los que creen como la Biblia enseña, y vienen a ser aquéllos de quienes Juan ha referido como los que no permanecen en la doctrina de Cristo. A éstos les dirá el Señor en el día final, apartaos de mí, malditos, al lago de fuego eterno. Nunca os conocí. Ellos les dirán, Señor, Señor, en tu nombre hicimos grandes cosas, estuvimos en los templos tres veces por semana, ofrendamos para los pobres, incluso cumplimos con un mandato de la ley, con el diezmo; en tu nombre nos aprendimos largos textos de la Biblia, construimos templos y enviamos misioneros hacia tierras lejanas. En tu nombre, oh Señor, catequizamos el mundo, hicimos prosélitos que pregonan tu nombre, cantamos alabanzas hermosas, dimos de comer a gente hambrienta. Pero lo único que escucharán será el zumbido de aquellas palabras terribles del nunca os conocí. Allí comprenderán lo que acá no quisieron ni pudieron comprender, el otro sentido del verbo conocer en la Biblia.

César Paredes

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Tags: SOBERANIA DE DIOS

Publicado por elegidos @ 17:45
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