Lunes, 02 de mayo de 2016

En un discurso de Pedro, relatado en el libro de los Hechos, el apóstol se dirige a la multitud que, maravillada por el milagro del cojo frente a la puerta de la Hermosa, corrió detrás de ellos para verificar la señal sobrenatural. Más allá de atribuir el evento de sanidad al Dios del cielo, Pedro les recrimina que ellos fueron los que traicionaron y negaron a Jesucristo, el autor de la vida. Y es que aquel Logos no era otro que el principio de toda creación, el Jefe Líder o Jefe Guía de todo cuanto existe, el Príncipe, Capitán, la Primera Causa, de acuerdo al vocablo griego utilizado:  ar-khay-gos' -ἀρχηγός- (Hechos 3:15).

Lucas fue el autor del libro de los Hechos de los Apóstoles, escrito en lengua griega. Ya él había redactado un primer tratado, el evangelio que lleva su nombre, pero en este segundo tratado se esmeraba por narrar los eventos fundamentales que mostraban el afianzamiento de aquella iglesia incipiente a partir del Pentecostés. Más tarde podría mostrarse, en la medida en que su libro avanzaba, el aporte especial de Pablo para cimentar los elementos esenciales de la organización de la iglesia.

La lengua griega era común en aquellos predios del Imperio Romano. El helenismo alcanzado por Alejandro Magno había constituido al griego como lengua general y común en los territorios conquistados. Este hecho que atañe a la lingüística y a la sociolingüística marcó un hito en la historia del lenguaje, de manera que aparece una forma nueva de la lengua de los filósofos, el Koiné. Es la llamada lengua común, general, mucho más digerible que la variedad dialectal referida a la amplia geografía de los antiguos territorios de la Grecia. Si bien Pedro hablaba arameo, y por qué no también el hebreo (ya olvidado por causa de las tantas diásporas y exilios judíos), es muy probable que su discurso pudo haberlo dado en lengua griega.

No obstante, el vehículo cultural del ambiente helenístico era esta lengua en la que nos ha llegado el Nuevo Testamento, producto de la colonización helenística y de la fascinación romana por la sabiduría griega. Lo más lógico hubiese sido que Lucas hubiese escrito en latín, la lengua de los romanos, pero el vehículo cultural y comercial de entonces era el griego, producto de la expansión de Alejandro Magno y de la fascinación romana por su cultura. Atenas fue una de las pocas ciudades que el barbarismo de un imperio conquistador no destruyó, de tal forma que los conquistadores romanos esclavizaron a sus filósofos llevándolos a las casas de los nobles para que les enseñasen a sus hijos la lengua y la cultura helenística.

Lo cierto es que Pedro hablaba del Autor de la vida, en contraposición de los que asesinaron a Jesús. Acostumbrado a su Maestro, en lugar de hacer proselitismo con el milagro ocurrido, no quiso seducirlos con el poder especial de Dios sino que intentó recriminarles a ellos, los espectadores a la puerta del templo, que habían sido los asesinos del autor de la vida. Ya esa era una oposición semántica vital, un principio teológico que se derivaba de la cultura judía y de la influencia helenística. Así como Pablo hablaría más tarde de la oposición carne-espíritu, Pedro se iniciaba con la oposición vida-muerte.

El Autor de todo cuanto existe fue sometido a la ausencia de vida, a la ausencia de aquello que había creado. Claro, no podemos suponer que la muerte no fue creada por él, pero de seguro no había sido experimentada personalmente por la divinidad. Le tocó a Jesús sufrir ese oprobio como una de las tantas contradicciones a las que fue sometido al ser encarnado, para habitar entre nosotros. La Biblia menciona que Jesús fue hecho pecado por nosotros, no habiendo conocido pecado alguno.

La consecuencia de haber sanado a un cojo a la puerta del templo no se hizo esperar. Si con el señor de la casa habían hecho cosas duras, con los hijos sería de la misma manera. Vinieron los saduceos, los sacerdotes y el magistrado del templo y echaron a la cárcel a Pedro y a Juan, los que le habían dicho al cojo de nacimiento que no tenían ni plata ni oro, pero que lo que tenían eso le darían: en el nombre de Jesús de Nazaret, levántate y anda. Estaban molestos, ya no por el milagro sino porque se enseñaba una nueva doctrina, nunca antes expuesta en la religión pagana y tampoco muy extendida en el judaísmo oficial: la resurrección de los muertos.

Pero aquella doctrina no era un invento de los nuevos creyentes, era simplemente un hecho constatado por aquellos ante quienes Jesús se hubo aparecido cuando se cumplieron los tres días de la señal dada a muchos, la señal de Jonás anunciada por el Señor. Él era el templo que sería destruido pero levantado en tres días, era la metáfora no comprendida en aquellos que se guiaban por la letra de las palabras y no por su espíritu, pensando que si el edificio del templo había tardado cuarenta años en levantarse no podía este dirigente religioso levantarlo en tres días.

Jesús hablaba en parábolas, pero no para hacer elegante su discurso o como facilidad didáctica, lo hacía para que oyendo no entendiesen, sino solamente aquellos a quienes les sería dado entender. El logos eterno había estado con ellos, el principio de toda creación, el autor de la vida misma. Ya algunos filósofos griegos se habían referido al logos como a quien hay que estar atento. Sócrates y Heráclito lo habían referido, pero para los cristianos ese Logos tomó forma humana. La grandeza del cristianismo reside precisamente en Jesús como el logos eterno. Ese logos echaba por tierra la teología helenística con su politeísmo, de manera que la tarea de Pedro y los demás creyentes no fue fácil, pues se enfrentaba a la dureza de corazón del pensamiento judío y a la mitología teológica de los helenos.

Jesús era la encarnación de Dios, un problema para los gnósticos de entonces, por cuanto un espíritu puro no podía, de acuerdo a sus creencias, contaminarse con la carne humana. Pero Cristo era humano y universal, era el logos convertido en hombre. Y esa confrontación con el politeísmo pagano se constituyó en una revolución metafísica, ética y aún política. El César era considerado un dios, o la encarnación de uno de ellos, por lo tanto Jesucristo vino a ser la contra política del emperador romano. Sus seguidores, en su mayoría hombres de la plebe, muchos de ellos esclavos, fueron percibidos por los dirigentes del imperio como una amenaza para la disolución de la hegemonía romana.

El monoteísmo judío vino a ser una racionalización de la teología. Esta sistematización religiosa brindaba estructura metafísica o teológica al pensamiento religioso de una nación rodeada de politeísmo por todos sus costados. Jehová tu Dios, uno es, vino a ser el principio escrito por Moisés que obligó a un pensamiento más racional, que buscaba en el Dios invisible la respuesta a los enigmas del universo. El resultado de esa visión teológica había sido la manifestación del Hijo de Dios como Logos encarnado, el causante de que un cojo de nacimiento diera saltos de alegría en el templo sacrosanto de los judíos. Las palabras de Pedro y de Juan acerca de una nueva doctrina, la resurrección de los muertos, exasperaron a los saduceos, acérrimos opositores a tal enseñanza, por lo cual acompañados de los fariseos y del estratega del templo, un gobernador jefe levítico, con rango de capitán o magistrado, se llevaron a estos apóstoles hacia la cárcel.

Otra consecuencia maravillosa de la sanidad de un cojo de nacimiento fue que cerca de cinco mil personas creyeron de corazón en el Jesús de la resurrección. Después de la deliberación tuvieron que soltar a Pedro y a Juan, de manera que continuaron con denuedo dando testimonio de la resurrección del Señor Jesús. El autor de la vida era también el autor de la salud y de las maravillas. Sin embargo, aquel poder especial que acompañó a la iglesia en su nacimiento fue una señal de autenticación del autor de la cabeza de ella. Ahora nos toca a nosotros creer aquellas cosas que fueron escritas por nuestra causa, amar al Señor que no hemos visto, ser bienaventurados porque sin ver hemos creído.

El Espíritu de Dios es el que da testimonio a nuestro espíritu de que estas cosas son ciertas y de que somos hijos de Dios. No necesitamos que tales señales se repitan, sino la fe que nos es dada del cielo para creer estas cosas, como también la tuvo Abraham al creerle a Dios para que fuese justificado por esa razón. Ya no tenemos que ser como los judíos de entonces, los cuales veían una señal de Jesús y pedían otra, como queriendo corroborar para creer cuando no les había sido dado el creer. De nuevo, bienaventurado los que no vieron y creyeron.

César Paredes

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Tags: SOBERANIA DE DIOS

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