Domingo, 01 de mayo de 2016

Cuando uno mira la ley de Moisés se da cuenta de que el rasero para juzgar viene a ser la mano de Dios. Imposible resultaba para los miembros del pueblo israelita alcanzar la justicia idónea y obtener la salvación. El que rompiera uno de aquellos mandamientos se hacía culpable de toda la ley, hecho que se corroboró por los escritos del Nuevo Testamento. Por otra parte, la ley no salvó a nadie, como sugirió Pablo el apóstol: no por obras, para que nadie se gloríe (Efesios 2:9), sabiendo que el hombre no es justificado por las obras de la ley ...y no por las obras de la ley, por cuanto por las obras de la ley nadie será justificado (Gálatas 2:16), porque por las obras de la ley ninguna carne se justificará delante de él; porque por la ley es el conocimiento del pecado (Romanos 3:20). Recordemos que la ley escrita de Moisés es una, pero existe la ley moral de Dios que está escrita en los corazones de los hombres. Esta ley se hizo para los que no tenían aquella otra ley de Moisés, de manera que toda la humanidad queda inexcusable ante Dios (Romanos 2:14-15).
Esta descripción bíblica no implica que no haya habido gente salvada en el Antiguo Testamento, ya que Abraham fue justificado por haberle creído a Dios. De la misma forma Moisés y Elías fueron vistos en el monte de la transfiguración hablando con Jesucristo; muchos otros fueron igualmente rescatados de la vana manera de vivir y liberados de Satanás, gracias a la fe puesta en el Señor. Los corderos sacrificados por el sacerdocio eran un tipo o figura de lo que habría de venir. Y aún antes de la ley, Job dio muestras de conocer la gracia de Dios al decir que él sabía que su Redentor vivía (Job 19:25).
Pero la ley fue introducida para que abundase el pecado y donde éste abundó sobreabundó la gracia. Jesucristo cuando profirió sus sermones, colocó mucho más en alto aquellos mandatos, pues donde antes se decía que el adulterio era pecado ahora se indica que codiciar a una mujer es adulterar en el corazón. La gran pregunta de los discípulos era si serían pocos los que se salvaban, pero el Señor aseguró que lo que es imposible para los hombres es posible para Dios.
Es decir, para la humanidad entera es imposible alcanzar la justicia exigida por Dios en materia de redención. La reconciliación entre Dios y los hombres vino a ser un hecho inalcanzable, cuando se basaba en los méritos humanos. En otros términos, la justicia humana fue considerada como trapo de mujer menstruosa (Isaías 64:6),
Pero existe el descanso en el Sustituto, aquél que cumplió el estándar de la justicia de Dios en favor de su pueblo. David lo dijo en uno de sus salmos, al expresar la bendición de aquella persona cuya transgresión es perdonada y cubiertos sus pecados, el mismo en cuyo espíritu no hay engaño (Salmo 32:1-2). Isaías también lo escribió en su libro, que Jesucristo vería el fruto de su trabajo, pues por su conocimiento justificará Mi Siervo a muchos, y él llevará sus iniquidades (Isaías 53:11).
En el Nuevo Testamento tenemos el cumplimiento de aquella esperanza bienaventurada, pues ahora, aparte de la ley, se ha manifestado la justicia de Dios, testificada por la ley y los profetas, por la fe de Jesucristo, para todos y sobre todos los que creen en él (Romanos 3: 21-22). Porque si la salvación dependiese de nuestros méritos, más el trabajo del Hijo de Dios, estaríamos perdidos. Pablo lo expresó indicándonos que cuando quería hacer el bien obedecía al mal, que cuanto odiaba hacer eso hacía. De manera que si hubiese sido por su esfuerzo en mantenerse limpio, habría perecido; por eso daba gracias a Dios por Jesucristo (Romanos 7:24-25), aquél que no conoció pecado pero fue hecho pecado por su pueblo, de manera que nosotros llegásemos a ser justicia de Dios en Él (2 Corintios 5:21). Es decir, nosotros los injustos llegamos a ser justicia de Dios, pero solamente en virtud de aquél que nos representó en la cruz (Marcos 10:45).
Sabemos que la salvación no depende de nosotros más Cristo, sino que hemos sido salvos eternamente por aquel sacerdote que vive por siempre para interceder por su pueblo. Este Sumo Sacerdote nos convenía tener, más sublime que los cielos, santo, inocente, limpio, sin pecado alguno; sin la necesidad cada día de ofrecer sacrificio por sus pecados, como los antiguos sacerdotes bajo la ley de Moisés. Porque su sacrificio lo hizo una sola vez, ofreciéndose a sí mismo, hecho perfecto eternamente por la palabra del juramento después de la ley. Este es el Hijo de Dios (Hebreos 7:25-28). Fue Cristo quien sufrió en lugar de nosotros, dándonos su ejemplo, para que sigamos sus pisadas. Y todo esto sucedió por causa de las ovejas descarriadas que vino a buscar, en tanto Buen Pastor que ponía su vida por las ovejas (no por los cabritos). Una vez llevados al aprisco, nos hemos convertido al Pastor y Obispo de nuestras almas, (1 Pedro 2:25), el cual llevó nuestros pecados en su cuerpo sobre el madero, para que nosotros siendo muertos a los pecados, vivamos a la justicia, por cuya herida habéis sido sanados (1 Pedro 2: 24).
De las dos justicias una sola es la que sirve. Nuestra justicia es contada como nada y como menos que nada, de manera que miremos hacia el Salvador, el cual llevó nuestras transgresiones en su cuerpo hasta el madero, para hacer no solamente posible sino eficazmente real esa salvación tan grande. Cuando nos damos cuenta de la dimensión de su obra en la cruz, en virtud de su persona inmaculada, podemos entender que tenemos que cuidar nuestra salvación con temor y temblor. Porque no ha sido un regalo perecedero o de poco valor, sino un don imposible de alcanzar por nuestros propios méritos. Se nos ha dicho, al contrario, que no depende de nosotros, sea que quisiéremos o que corriésemos, sino de Dios que tiene misericordia de quien quiere tenerla. Con temor y temblor, por cuanto Dios al que quiere endurecer endurece.
Ese temor y temblor implican un cuidado especial, no en virtud de que pueda perderse lo que no depende de nosotros, sino por causa del precio que fue pagado por nuestra redención. Sabemos que la elección, la justificación y el llamamiento han sido de gracia por parte de Dios; siendo Él perfecto no podemos añadir a su obra ni un ápice, ni siquiera nuestra aceptación, ya que hasta la fe que tengamos nos ha sido dada. Pero el estar atentos a la palabra divina, el someternos a los mandatos de Dios, el seguir el modelo ético recomendado por Jesucristo en los evangelios, son tareas que nos corresponden. Pero no antepongamos la carreta al caballo, sino más bien entendamos que esta obediencia sigue a la salvación como el fruto natural sigue al árbol bueno.
Pues no se cosechan espinos de los aceitunos, sino olivos. Por lo tanto, es natural también para aquel que ha sufrido el cambio de corazón (el de piedra por uno de carne) el desear seguir las pisadas del Maestro. Eso es ocuparse de la salvación con temor y temblor. ¿No nos constriñe el amor de Cristo a esa tarea? No se trata de un temor que esclaviza, como si tuviésemos terror por ir al infierno, del cual hemos sido liberados. Pues si nuestra entrada al cielo obedece a nuestra buena conducta, la salvación ya no sería de gracia sino por obras.
La modestia y la humildad siguen a esta salvación inmerecida, así como los actos de fe y confianza, y también de alegría, todo lo cual tenemos como consecuencia del don que nos fue dado. Ese temor y temblor implican ejercer toda obediencia a Cristo, apuntan a nuestra dependencia de aquél que nos reconcilió con el Padre, o que más bien reconcilió al Padre con nosotros. ¿No fuimos nosotros comprados por un gran precio? Glorifiquemos a Dios en nuestro cuerpo y espíritu, que también son de Dios. Esto es lo que merece aquella inigualable justicia de Cristo que nos fue dada como garantía de la grande entrada al reino de los cielos.
César Paredes
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Tags: SOBERANIA DE DIOS

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