Mi?rcoles, 27 de abril de 2016

Unos doctos en la ley, compuestos de fariseos y escribas, de entre los principales de la sinagoga, pretendían acusar a Jesús. Como no encontraban ninguna falta, a menudo lo probaban para ver si podían agarrarlo en alguna palabra. En una oportunidad unas personas le preguntaron si era lícito dar impuesto al César. El les pidió que observaran la moneda que cargaban, preguntándoles de quién era ese rostro y el epígrafe. Ellos dijeron que se refería al César; entonces, Jesús les dijo que dieran al César lo que era del César, y a Dios lo que es de Dios.

Un silencio se extendió en los oyentes que inquirían para tomarle por sorpresa. Días más tarde, movidos por el Sanedrín, la multitud que lo oprimía y lo acusaba encontró la manera de inculparlo. Dijeron que él exigía no pagar tributo al César, ya que él decía ser rey de los judíos. En otros términos, el tributo debería ser pagado a Jesús y no al César. Con esta infamia como argumento de acusación pretendían que Jesús fuese hallado culpable ante Pilatos. Como no le hallaba falta alguna, Pilatos procuraba soltarle. Mas ellos porfiaban, diciendo: Alborota al pueblo, enseñando por toda Judea, comenzando desde Galilea hasta aquí (Lucas 23:5).

Finalmente, entre ir y venir, yendo adonde Herodes y después regresando donde Pilatos, Jesús recibía su sentencia de muerte por petición de la multitud que días antes lo proclamaba como el Rey de los judíos. Todos coreaban gritando: Crucifícale, crucifícale. A cambio, pidieron a Barrabás, un malhechor sedicioso que también había sido culpable de un homicidio. Muchos se burlaban de él diciendo que si a otros había salvado, que se salvara a sí mismo. Sin embargo, una vez que Jesús fue crucificado, habiendo entregado el espíritu al Padre, la multitud de los que estaban presentes se volvían golpeándose el pecho (verso 48).

Jesucristo se había apartado del pueblo cuando quería éste hacerlo rey, de manera que esa era otra injuria contra el Hijo de Dios. No pretendía Jesús ser rey terrenal ni competir con el César; sin embargo, la multitud también gritaba desaforada que ellos no tenían otro rey sino a César. El emperador que los tenía oprimidos, subyugados, bajo mandato de extraños, era bienvenido en lugar del liberador de las almas. No entendió la multitud que Jesús venía con otro reino, uno diferente al de este mundo. No comprendió jamás que su intención era procurar la liberación de su pueblo de la esclavitud de las tinieblas, del principado de Satanás, de la atadura al pecado, de la entrega a los falsos valores de la carne.

Pero así como el rey Acab culpó al profeta Elías de turbar a Israel (1 Reyes 18:17) esta gente culpó a Jesús de turbarlos a ellos, de pervertir a la nación y de vedar el tributo al César. Diastrephō -διαστρέφω- es el verbo usado tanto por Lucas como por el autor de 1 Reyes, cuando se hace referencia a la forma en que Jesús perturba o pervierte a la nación, así como Elías pervertía o turbaba a Israel. Nadie veía su propia culpa sino que la transfería al inocente; el problema no era la enfermedad sino el médico que la señalaba y descubría. Por eso la luz es odiada, ya que ella muestra las obras perversas del corazón humano.

El cargo contra Jesús era falso, desde todo punto de vista, pero así tenía que ocurrir. Las Escrituras anunciaban lo que vendría, de manera que ni una sola letra de ellas podía fallar. Judas Iscariote fue el encargado de orquestar la traición, una venta por treinta piezas de plata. Lo mismo fue escrito siglos atrás, anticipadamente, para que cuando ocurriera pudiésemos valorar la exactitud del que profetizaba. Pero otro tomó su puesto, como también señala la profecía, y como no tenía, aún lo que tenía le fue quitado. Esas habían sido las palabras de Jesús en otro contexto, de manera que también se cumplió en el hijo de perdición lo dicho por el Señor.

El Hijo del Hombre tenía que ir como estaba escrito de él, pero ay de aquél por quien fuere entregado. Mejor le hubiese sido no haber nacido. Esta es la doble predestinación: por un lado el Señor fue ordenado para pagar la culpa de su pueblo, redimiéndolo del pecado y de la muerte eterna; por otro lado, el que traicionaría también había sido ordenado para perdición eterna. Ambos cumplieron a cabalidad lo que de ellos estaba escrito, ambos lo hicieron sin sentirse forzados en la actuación. Pero de ambos se puede decir que el Padre así lo dispuso, y todo lo que Él ha querido, esto ha hecho.

La maravilla de la muerte de Jesús fue su resurrección, una vez que hubo pagado el precio de la redención de su pueblo. Cuando unas mujeres se quedaron perplejas mirando el sepulcro vacío, dos varones con vestiduras resplandecientes (ángeles del cielo) les dijeron: ¿Por qué buscáis entre los muertos al que vive?  No está aquí, mas ha resucitado. Acordaos de lo que os habló, cuando aún estaba en Galilea, diciendo: Es necesario que el Hijo del Hombre sea entregado en manos de hombres pecadores, y que sea crucificado, y resucite al tercer día (Lucas 24: 5).

En síntesis, aquella falsa acusación contra Jesús debía ocurrir en esa forma, para que la Escritura se cumpliese. Por otro lado, ya Jesús les había declarado a sus seguidores que él debía ser entregado a los gentiles, para ser maltratado e injuriado, que debía padecer mucho hasta la muerte, pero que al tercer día resucitaría. El hecho mismo de haber sido crucificado entre malhechores era otra profecía que se cumplía, fue contado entre los injustos.

Uno puede reflexionar acerca de la forma en que el alfarero moldea el barro y configura vasos de honra y vasos de deshonra. Muchos pueden protestar porque piensan que son títeres en manos del titiritero, pero lo que es peor aún para la mente altiva es que somos barro moldeable. Así como Jesucristo tuvo que cumplir todo aquello que estaba escrito de él, sin sentirse por ello un títere o un ser mecánico, de la misma manera Judas Iscariote hizo su parte espontáneamente sin sentirse una marioneta. La humanidad entera sigue su derrotero, sabiéndolo o ignorándolo, pero sin que falte ni un detalle de lo que sobre ella se escribió.

La respuesta de Jesús frente a la discreción del Padre en materia de salvación fue muy simple y constituye un ejemplo para nosotros. El dijo: Así Padre, porque así te agradó.  Cuando le preguntaron si eran pocos los que se salvaban, dijo que lo que es imposible para los hombres es posible para Dios. Nos toca acudir a él, a su llamado, porque cuando eso hacemos cumplimos su voluntad. Quienes no lo hacen también la cumplen, aunque tal vez sin saberlo. ¡Oh profundidad de las riquezas y de la sabiduría de Dios! ¡Cuán insondables son sus juicios e inescrutables sus caminos!

César Paredes

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Tags: SOBERANIA DE DIOS

Publicado por elegidos @ 19:23
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