Domingo, 24 de abril de 2016

El Hijo del Hombre no vino para ser servido, sino para servir y dar su vida, el precio en lugar de muchos. He subrayado una parte de este verso en atención a lo que el vocablo griego expone: λύτρον (lutron), que significa precio por la liberación. Este sustantivo proviene del verbo λύω, (luo), desatar, quitar el yugo, disolver, pagar, hacer un sacrificio por (en el sentido divino). Estos son algunos de los alcances de este término en la gramática griega. Es decir, λύω (luo) significa también hacer una expiación.

Lo interesante de este verso no queda solamente con este sustantivo sino que, además, contiene la preposición ἀντί (antí) que quiere decir en lugar de. Conocido es el otro sentido de esta partícula, pues la reconocemos como lo que es opuesto. Así, el Anticristo sería alguien opuesto a Cristo, pero también alguien que ocupa el lugar de Cristo. De manera que cuando  Jesús dijo esas palabras recogidas por Marcos tuvo en mente su expiación y el alcance de la misma. Jesús vino a pagar el precio por la liberación de muchos, no de toda la humanidad, sin excepción. Pero además, su paga implica que se hizo en lugar de, es decir, en sustitución de muchos.

En otros términos, los que iban a ser redimidos tenían la obligación de pagar el precio de su rescate, una paga que excedía de sus posibilidades. Por eso, Dios asumió que la satisfacción de la transgresión del hombre sería realizada con una justicia perfecta. El Cordero sin mancha subsumió ese deber y realizó tal expiación. Pero Jesús y su sacrificio no fue simbólico, alegórico, como si alguien después pudiera mirar libremente su esfuerzo y aplicarse ese trabajo para su propia salud. El sacrificio de Jesús fue específico, no fue realizado para un alma más ni un alma menos.

El alcance de su expiación está expresado en este texto de Marcos, por cuanto su vida equivale al precio en lugar de muchos. Jesús murió en sustitución de los muchos que iban a ser redimidos. Jesús no murió por Judas Iscariote, el cual era el hijo de perdición (Juan 17:12). Jesús no murió por aquellos cuyos nombres no están escritos en el libro de la vida del Cordero (Apocalipsis 13:8 y 17:8), tampoco por aquellos cuya condenación no se tarda (2 Pedro 2:3). Tampoco murió por los que morirían en sus pecados (Juan 8:24), ni por los que son hijos del diablo (Juan 8:44), no lo hizo tampoco por aquellos que no eran de sus ovejas (Juan 10:26). No murió por los cabritos pero sí por las ovejas (Juan 10:11; Mateo 25: 33-34).

Todos los elegidos de Dios fueron sustituidos por Jesucristo en la cruz, redimiéndolos del pecado, de la esclavitud de Satanás y de la maldición de la ley. Al mismo tiempo, Jesús nos aseguró la paz con Dios, alejándonos de su ira y de la muerte eterna. Jesús se puso por nosotros en el lugar judicial, y yació en nuestro lugar como un sustituto. Habiendo pagado todas nuestras deudas, el acta de los decretos que nos era contraria fue clavada en la cruz. Este sacrificio se hizo por muchos, así como también se dice que creyeron todos los que estaban ordenados para vida eterna (Hechos 13:48; Hechos 2:47).

Estos muchos son los mismos que el Padre envía al Hijo para que les dé vida, son los mismos que están comprendidos en cada tribu, lengua y nación, pero jamás ni nunca son cada uno de los miembros de la raza humana. Como ya sabemos, no todos los seres humanos tienen el mismo destino eterno, pues la Escritura también dice que Dios amó a Jacob pero odió a Esaú, antes de que hiciesen bien o mal. Muchos no son todos, como bien dijera en otro contexto el Señor: Muchos son los llamados, mas pocos los escogidos. Fijémonos en que no todos son los llamados, sino muchos.

Ese favor inmerecido del Hijo en favor de sus escogidos se mantiene firme en razón de sus promesas. Estamos seguros y descansamos en vista a la capacidad absoluta del que prometió, dado que es soberano en todo lo que se proponga. El creó y ordenó todas las cosas, sin dejar ni siquiera un átomo a la deriva. De hecho, Él es de una sola mente y nadie puede volverlo en contra de lo que se ha propuesto. Lo que Él deseó eso hace (Job 23:13), ...todo lo que quiso ha hecho (Salmo 115:3), ...Cada cosa que Jehová quiso hacer, Él ha hecho, en los cielos y en la tierra, en los mares y en todas las profundidades (Salmo 135:6), ... el corazón del rey está en la mano de Jehová; a lo que quiere lo inclina (Proverbio 21:1), ... Yo soy Jehová, y no hay ninguno igual a mí, que formo la luz y creo las tinieblas, que hago paz y creo el mal. Yo, Jehová, hago todas estas cosas (Isaías 45: 6-7).

Cuando uno cree en el evangelio asume a un Dios soberano sobre todas las cosas que ha hecho, el cual es fiel al extremo para cumplir sus promesas. Dudar de su soberanía, o asumir que Él respeta el libre albedrío inexistente en los hombres, implica creer un evangelio diferente.

El servicio que vino a rendir Jesucristo, de acuerdo al texto de Marcos, es perfecto. Lo que es perfecto no necesita añadido ni corrección, por lo tanto Jesucristo salvó a todos, sin excepción, los que se había propuesto. Estos no son otros sino aquellos por los cuales agradeció al Padre la noche antes de su crucifixión. Ellos son los que me diste, como dice su oración en Getsemaní (Juan 17).

David lo dijo en una forma poética, Bendito aquél cuya transgresión ha sido perdonada y cubierto su pecado. Bendito es el hombre a quien Jehová no imputa de iniquidad, y en cuyo espíritu no hay engaño (Salmo 32: 1-2). Cualquiera puede pensar que aquél en cuyo espíritu no hay engaño es una persona que no peca jamás. Pero lejos de nosotros asumir tal conducta impropia, dado que si decimos que no hemos pecado hacemos a Dios mentiroso; como bien lo dijo Pablo, que él era un hombre miserable porque el mal que no quería eso hacía, empero el bien que deseaba no lo hacía (Romanos 7:24-25). Más bien, el texto indica que aquella persona a quien Jehová no imputa de pecado cree el verdadero evangelio, la buena noticia de salvación.

El Señor expuso esta idea cuando al identificarse como el Buen Pastor aseguró que sus ovejas huyen de la voz del extraño, porque no conocen su voz. Es decir, no tienen comunión con la voz del extraño, el cual engaña con un evangelio diferente. En Juan 10:1-5 leemos que ese Buen Pastor tiene sus ovejas que le son propias, que lo siguen a él y que no se van tras el extraño. Es decir, en su espíritu no hay engaño, como lo dijo David. Esa oveja no engañada sabe que su Buen Pastor es el guía fiel, quien ha puesto su vida en rescate por su alma. Esa oveja conoce, por el Espíritu de Dios, que forma parte del grupo que compone el reino de los cielos.

Finalmente, podemos añadir que la razón por la cual Jesucristo vería el fruto de su trabajo, como lo dijera Isaías, es porque su substitución fue específica, no al azar, no potencial sino actual. Cristo sufrió por nosotros, dejándonos ejemplo, llevó nuestros pecados en su cuerpo sobre el madero, para que nosotros siendo muertos a los pecados, vivamos a la justicia, por cuya herida hemos sido sanados (1 Pedro 2:24).

César Paredes

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Tags: SOBERANIA DE DIOS

Publicado por elegidos @ 17:05
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