S?bado, 09 de abril de 2016

Sabían distinguir el cielo y decían que iba a llover o que iba a hacer calor, pero no podían distinguir la historia humana, los tiempos proféticos señalados en el Antiguo Testamento. Por esa razón los fariseos y saduceos insistían en pedir señal a Jesús, una más de las tantas que hacía en virtud de su poder para hacer milagros. Pero ellos querían una en específico, algo que del cielo mismo emanara, como si Jesús fuese un terrestre normal. No le creían que era el Hijo de Dios, por eso insistían en aquella señal particular que pudiera convencerlos.

Lo mismo hizo el rico cuando estaba en el tormento eterno, pues quería que enviasen mensajeros a su familia para que reconocieran la verdad y no fuesen a dar al lugar donde él se encontraba. Pero Jesús le dijo que ni que subieran los muertos creerían, y que tenían a Moisés y a los profetas, como señal, para que les creyeran. A los fariseos y saduceos les advirtió que no les sería dada otra señal sino la de Jonás el profeta, el cual pasó tres días y tres noches enterrado en un pez.

Y es que la doctrina errónea crece como la levadura y se extiende por todo el pan, de manera que el alimento ingerido va contaminado de aquella enseñanza extraña, carente de fe, por cuanto se trata de semillas caídas en tierras no preparadas por el Padre. A los discípulos Jesús les recomendó que se guardaran de la levadura de aquellos maestros de la ley, lo que hoy equivaldría a cuidarse de las doctrinas extrañas de los maestros de la Biblia.

Dos mil años han transcurrido desde que el Mesías diera estos anuncios a sus primeros seguidores. Llegó el momento de conocer los tiempos atribulados que atraviesa el planeta entero, con un cúmulo de señales proféticas que se cumplen en el día a día. La maldad aumentada es sin duda la marca exclusiva de esta generación, distinguida con la ausencia de piedad y por la entrega al envanecimiento del espíritu. Existe una negación de todo lo que es inspirado del cielo, solamente se acepta aquello que es interpretado privadamente, en una nueva hermenéutica capaz de satisfacer la idolatría implícita de los seres humanos.

Si no existe un Cristo a la medida de los hombres entonces no vale la pena congregarse en las iglesias. Ahora es el tiempo de las fábulas y del amontonamiento de personas que buscarán maestros para que los eduquen en sus propias creencias. No se consume nada que no esté leudado por la doctrina que facilita el creer. Hay quienes han dicho que es posible tratar con Cristo por sesenta días y si no funciona se puede devolver. Al menos eso lo expresó un gurú religioso contemporáneo de nombre Rick Warren, autor de un libro muy conocido: Una vida con propósito.

Disparates de este tipo abundan en las congregaciones religiosas con apellido de cristianas. No en vano el Señor preguntó retóricamente si cuando él volviese a la tierra hallaría fe entre los hombres. Porque fe existe, pero la espuria, la que pertenece al evangelio anatema y diferente. Pero la fe dada por el Padre como fruto del nuevo nacimiento se ve escasa, porque ciertamente la hay pero como si pasase desapercibida en medio de tanta gente ajena a la piedad. Válido se hace el concepto de la manada pequeña, frente a la manada grande del mundo por el cual el Señor no rogó (Juan 17:9).

Jesucristo habló de negarse a sí mismo, de tomar la cruz diariamente, nunca dejó dicho que había que hacer decretos, declarar conquistas, colocar las manos sobre una posesión para hacerla propia. Ahora se han dado a la tarea de filtrar elementos de la Nueva Era para darle sabor a lo que se enseña en las sinagogas. Respiración y meditación con lecturas de los salmos de la Biblia, una oferta codiciosa en los templos abiertos al mundo, donde el evangelio barato se ofrece por parte de un Jesús que mendiga almas. Hay también quienes proponen la bibliomancia, un ejercicio aplicado por John Wesley, que consiste en abrir la Biblia al azar y apuntar con el dedo en un texto para interpretar en consecuencia lo que se viene para el día.

Pero el Dios de la Biblia no trabaja con sugestiones sino con la razón, en virtud de que Él es el Logos eterno. Si los que tenemos el adjetivo de cristianos somos la sal de la tierra, las denuncias que hagamos molestan en las heridas aunque con la esperanza de que sanen. Si callamos ante tal calamidad mostrada en los púlpitos, quiere decir que estamos como sal desvanecida. La levadura emanada de los seminarios teológicos leuda toda la masa y compromete la enseñanza heredada de los apóstoles, conocida como doctrina apostólica, la cual fue enseñada primeramente por Jesucristo.

Juan advirtió a la iglesia que si alguno que se dice venir en nombre del evangelio no trajere la doctrina de Cristo, al tal no hay que recibirlo. Es decir, el que no permanece en la enseñanza de Jesucristo no tiene ni al Padre ni al Hijo. En otro contexto, la Escritura recomienda probar los espíritus, para ver si son de Dios, porque muchos falsos profetas y maestros han salido por el mundo. De manera que se deja bastante a la razón, nada a la sugestión; es a través del examen que podemos conocer si los espíritus son o no son de Dios.

¿Y cuál es ese examen? El Señor nos lo mostró en muchas oportunidades. Por ejemplo, él habló del árbol bueno que no puede dar fruto malo y del árbol malo, el cual no dará jamás fruto bueno. De inmediato la gente se maravilló de su doctrina, porque enseñaba con autoridad y no como los escribas. Pero el fruto no puede ser referido a obras externas (como obras de caridad, limosna, asistencia a congregaciones, lecturas de la Biblia, etc.) porque eso hacen también los falsos maestros, los cuales tienen apariencia de piedad. La referencia sin duda es a la doctrina que se profesa, ya que no se puede proferir nada en contra de la Escritura si se tiene el Espíritu de Cristo. Ni una jota ni una tilde ha de interpretarse privadamente, pues si la enseñanza (doctrina) es contraria a la perfección de Dios rechaza la verdad de la Escritura.

Alguien puede llegar con una conducta intachable, como la de los fariseos, pero si demuestra ignorancia en cuanto a la justicia de Dios está perdido. Jesús dijo que nuestra justicia debía ser mayor que la de los fariseos, por lo tanto lo intachable que tengamos ha de estar sustentado en la virtud de permanecer en la verdad. Despreciar la persona y el trabajo de Cristo, no comprender su significado y subestimarlo en consecuencia, es un mal fruto. Ese mal fruto es propio del mal árbol; así como la oveja no se convierte en cabra ni la cabra en oveja, el árbol malo jamás dará buen fruto, porque en algún momento se manifestará su naturaleza. De la misma forma, el buen árbol siempre dará buen fruto, como la oveja siempre irá tras el buen pastor y huirá del extraño, porque no conoce su voz (Juan 10:1-5).

No hay tal cosa como un creyente sumergido en una falsa doctrina, pues eso sería contradecir la enseñanza de Jesús expresada en la cita de Juan. Jesús dio su vida por las ovejas, no por las cabras; las ovejas oyen su voz y le siguen, no al extraño. El Espíritu de Cristo nos guía a toda verdad, no hacia la mentira. El que ha nacido de nuevo huye siempre del extraño (del falso maestro, de los lobos, de los falsos profetas), no dijo el Señor que huía a veces pero que en ocasiones duraba cierto tiempo entretenido con las palabras de la mentira. Al contrario, el creyente de verdad huirá de todo lo que es falso y seguirá de cerca al buen pastor.

Entender los tiempos no significa solamente saber que se acerca la venida del Señor, sino poder comprender los signos del cielo (lo que ha sido revelado en la Escritura) para separar la levadura que han intentado meter en la doctrina de Cristo. La levadura es la doctrina extraña que se intenta mezclar con el verdadero evangelio. Contra eso hemos de estar atentos para separarnos de la doctrina de hombres que intentan propagar un evangelio diferente al anunciado por Jesús y los apóstoles.

César Paredes

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Tags: SOBERANIA DE DIOS

Publicado por elegidos @ 9:48
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