Lunes, 04 de abril de 2016

Hemos leído que el evangelio es el poder de Dios para salvación a todo aquel que cree, pues en el evangelio se revela la justicia de Dios. Esa revelación sostiene que Jesucristo cumplió con la obra encargada por el Padre, de manera que su persona y su trabajo garantizan la redención absoluta de todos aquellos por cuantos murió. Podemos decir que si alguien cree que Jesucristo es el Señor y lo confiesa, será salvo.

Hasta acá parece muy fácil eso de alcanzar la salvación a través de una fórmula bíblica relacionada con el corazón y con la boca. Sin embargo, cabe señalar las palabras del Señor en relación a todos aquellos que claman haberlo confesado pero que son desconocidos por Él. No todo el que me dice Señor, Señor, entrará en el reino de los cielos, sino el que hace la voluntad de mi Padre que está en los cielos ... Y entonces les declararé: Nunca os conocí, apartaos de mí, hacedores de iniquidad (Mateo 7:21-23).

Tenemos la tesis y la antítesis; por un lado creemos y confesamos al Señor, por lo tanto creemos que somos salvos, pero por otro lado el Señor les dirá a muchos que nunca los conoció. Sabemos que Él es omnisciente, por eso tuvo que conocer, cognitivamente, a éstos que rechaza; no obstante, este otro conocer refiere a tener comunión, a intimar, a amar. El Señor nunca amó a tales personas y por lo tanto no entrarán en el reino de los cielos, es decir, no serán salvos. Este grupo de personas le dirá a Él en aquel día que en su nombre hicieron milagros, profetizaron y hasta echaron fuera demonios. Estos le argumentarán que creyeron en Su nombre y lo confesaron con su boca, pero les será en vano.

No hay contradicción bíblica, simplemente que por un lado se exhibe un argumento y por el otro su contra argumento. De esta forma tenemos una visión global y podemos deducir por los contextos el sentido que se desprende. De entrada nos lleva a examinar en qué consiste el creer el evangelio para salvación. En una oportunidad Jesús hablaba con Nicodemo y le argumentó acerca de la necesidad de nacer de lo alto. Este fenómeno ocurre por voluntad divina, nunca por voluntad humana. Esta es la clave del creer, pues Dios el Padre le constituyó al Hijo un pueblo peculiar, una heredad segura; y el Hijo agradeció al Padre por los que le había dado (Juan 17).

En otra oportunidad Jesús le expuso a la multitud que lo seguía maravillada por el milagro de los panes y los peces que nadie podía ir a él a no ser que Padre que me envió lo trajese (Juan 6:44). Es decir, que Dios da el querer como el hacer, que Él es quien ha escogido a unos para salvación y a otros para perdición, por su absoluta voluntad y para su absoluta gloria (Romanos 9: 11-13). Pero la Escritura no miente, ella ha dicho que Cerca de ti está la palabra, en tu boca y en tu corazón, la palabra que predicamos: que si confiesas con tu boca a Jesús por Señor y crees en tu corazón ... (Romanos 10:9).

Es muy destacado que el mismo autor en la misma carta, un capítulo seguido del otro, haya proclamado lo que acá decimos. Por un lado, nadie puede ser salvo si el Padre no lo ha predestinado para tal fin (Romanos 9), pero por el otro, aquel predestinado habrá de creer en su corazón y confesarlo con su boca (Romanos 10). Entonces no hay contradicción alguna, de manera que concuerda con aquello que el Señor ha dicho de que a algunos les dirá Nunca os conocí.

Dado que este creer es un acto sobrenatural, generado por el Espíritu de Dios, debemos examinar para saber en qué consiste. Dijimos que Jesucristo cumplió con la obra encomendada por el Padre, una obra que estuvo ligada al carácter de su persona. Ningún otro pudo cumplirla, de manera que su persona importa mucho. Por otro lado, su persona podrá ser valorada a lo sumo pero si no está ligada a su obra no resulta de ningún beneficio. ¿De qué nos serviría el reconocer que Jesús es el Hijo de Dios, que fue libre de pecado, que cuando vino a esta tierra vivió para agradar al Padre? Los demonios creen y tiemblan, dice la Biblia. Ah, pero nos servirá de mucho si ligamos esa persona con la obra que el Padre le dio.

En la cruz el Señor exclamó que había cumplido su misión, tetelestai, consumado es. Ya no hay más nada que agregar a su obra perfecta (perfecto quiere decir completo), de manera que el Señor redimió absolutamente a todos aquellos que el Padre le dio (Véase la oración en Getsemaní, referida la noche previa a su crucifixión, en Juan 17). Ese Jesús oró por sus escogidos pero dejó explícitamente por fuera a aquellos que nunca conoció, a los que no tienen sus nombres escritos en el libro de la vida desde la fundación del mundo (Apocalipsis 13:8 y 17:8), a los réprobos en cuanto a fe, cuya condenación no se tarda, al mundo por el cual dijo que no rogaba (Juan 17:9).

Creer en Jesús y confesarlo con la boca implica asumir que creemos en su persona y en su obra. Su persona es divina, en tanto Verbo de Dios que habitó entre nosotros. Fue santo y sin mancha como el Cordero de Dios que vino a quitar el pecado del mundo (pero no de cada uno en particular sino el de su pueblo). Su trabajo u obra encomendada fue la redención de sus escogidos, de ese mundo que tanto amó el Padre que envió a Su Hijo a morir por él. El ángel le dijo a José que le colocara al niño por nacer el nombre Jesús, porque él salvaría a su pueblo de sus pecados (Mateo 1:21).

Llegar a sostener que Jesús murió por todo el mundo, sin excepción, implica asumir que expió los pecados de toda la humanidad, sin excepción. Porque la eficacia de su trabajo es absoluta, en tanto que dijo tetelestai.  Dado que la Biblia abunda en textos que hablan de gente que será condenada irremisiblemente, sabemos que Jesús no puso su vida en rescate por todos y cada uno de los habitantes del planeta. Jesús dijo que el Hijo del Hombre había venido a poner su vida en rescate por muchos (Mateo 20:28).

Sí, cerca de ti está la palabra, en tu boca y en tu corazón, pero es la palabra de verdad la que nos produce salvación. No es la palabra mentirosa, aquella que confiesa un falso evangelio o un falso Cristo. Resulta indudable que cuando ocurre la redención en los escogidos acontece la claridad de la luz del evangelio. No se puede confesar a dos señores, no es posible creer lo que la Biblia enseña y creer igualmente lo que algunos heréticos han inferido de ella. Dado que el Señor conoce a los que son suyos, les dirá a los que no son de él que nunca los conoció, que nunca tuvo comunión con ellos.

Este pregón del evangelio tiene la intención de resaltar la proposición bíblica y la contraposición herética de una gran multitud. Cuando la Escritura habla de la muerte espiritual del hombre, en sus delitos y pecados, el otro evangelio proclama que hay una muerte parcial. Cuando el evangelio declara que Jesús puso su vida por su pueblo, por sus ovejas, por su iglesia, por sus amigos, el evangelio diferente se goza en decir que murió por todos sin excepción, sin importar que muchos yacen en el infierno. Cuando leemos que nadie puede resistir al Espíritu de Dios, que nadie puede contender con Él (Romanos 9), el evangelio espurio neciamente expone que la gracia de Dios es resistible. Cuando la Biblia toda dice repetidamente que fuimos elegidos desde antes de la fundación del mundo, sin importar las obras buenas o malas que hayamos hecho (Romanos 9, por ejemplo, refiere el destino de los gemelos Jacob y Esaú, sin importar sus obras), los lobos vestidos de oveja exponen que Dios hizo una elección condicionada en nuestra buena voluntad. Finalmente, cuando esa salvación presupone que perseveraremos hasta el final, en virtud de la preservación divina (Romanos 8 y su ordo salutis: Dios amó o conoció, predestinó, llamó, justificó y glorificó), el evangelio del engaño proclama que la salvación está condicionada a nuestras fuerzas mostradas en la perseverancia.

Resulta evidente que el Señor tiene razón en decirles a estas personas que nunca las conoció, porque han confesado una falsa expiación de un falso Cristo. También es obvio que no hay contradicción alguna en los que son salvos porque confiesan y creen que Jesús es el Señor resucitado de los muertos por el Padre, y los que son elegidos por el Padre para nacer de lo alto. Los que creen en su corazón en el verdadero evangelio y los que son nacidos de nuevo, son todos una misma categoría de redimidos, de elegidos en el amor del Padre, habiendo sido predestinados para ser conformes a la imagen del Hijo de Dios.

César Paredes

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Tags: SOBERANIA DE DIOS

Publicado por elegidos @ 12:57
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