Viernes, 01 de abril de 2016

Jesucristo no se presentó como mártir sino más bien como víctima. Era el Cordero de Dios que venía a quitar los pecados del mundo. Pero, ¿cuál mundo? Sabemos que él no oró o no rogó al Padre por el mundo sino solamente por los que el Padre le había dado. También incluía en esa petición a todos aquellos que habrían de creer por la palabra de los primeros discípulos. Tanto los que creyeron primero como los que lo hicieron y hacen después les fueron dados por el Padre, por eso agradecía aquella noche previa a su martirio en la cruz, cuando ofrecía su vida en rescate por muchos.

Mártir fue Esteban, uno de sus discípulos que murió apedreado por una muchedumbre de fanáticos de la ley judía (entre los cuales se encontraba Saulo de Tarso, custodiando sus vestiduras). En su martirio glorificaba a Dios y le fue dado el ver los cielos abiertos, y al Hijo del Hombre de pie a la diestra del Padre. Pero Jesucristo fue la víctima de la expiación, cuando pagó el precio por nuestra redención.

Por cierto, ese precio fue pagado al Padre, buscando también su reconciliación con nosotros. El es el soberano Dios que hizo al hombre, si bien el hombre ofendió a su Creador, no a Satanás. Como lo reconoció David en su plegaria pidiendo perdón, en el Salmo 51: Contra ti solo he pecado, y he hecho lo malo delante de ti..., el salmista se refería a Dios, no a Satanás. El pecado implica una violación de la ley de Dios, no la del demonio; es Dios quien juzgará la raza humana, no Lucifer; Satanás es una criatura de Dios, muy pretenciosa pero muy limitada, de manera que Jesucristo no tuvo que pagar ningún precio ante el príncipe de la potestad del aire, para liberar a los cautivos herederos del reino de los cielos.

El pago que hizo el Hijo de Dios con su sacrificio expiatorio fue hecho solamente ante el Padre celestial. Esta doctrina también es enseñada por la forma en que se ofrecían los sacrificios por los sacerdotes del Antiguo Testamento, todos los cuales fueron rendidos ante Dios, buscando aplacar su ira y obtener el beneficio de los que llevaban sus víctimas expiatorias para ser ofrecidas en el altar.

El énfasis de la predicación apostólica gira en torno a la cruz, a la muerte y a la sangre de Cristo. No hay homilías ofrecidas en relación a cómo vivió Jesús, a su nacimiento, a la persecución que le hizo Herodes. En cambio, se resalta por doquier en el Nuevo Testamento la ofrenda pascual, llegando a decirse que Cristo es nuestra pascua. Muy distinto hubiese sido si se le hubiese considerado nuestro mártir, pero nada más lejos de la mente del escritor nuevo-testamentario, ya que la expiación en la cruz es el súmmum del Verbo hecho carne, que habitó entre nosotros.

Jesucristo sufrió una muerte judicial, con un lenguaje legal en la jurisdicción del Padre, su creación. La cruz es el emblema de la maldición del Padre al Hijo, pues está escrito: maldito todo aquel que es colgado en un madero (Deuteronomio 21:23). El Señor llegó a ser rechazado no solamente por los hombres sino también por Su Padre. En la cruz sintió esa soledad y abandono cuando tuvo que exclamar: Padre, ¿por qué me has abandonado? Fue sujeto a humillación y vergüenza, debilitado en su cuerpo llegó a estar deshidratado y pidió agua para reponer el ánimo, pero le fue dado a beber hiel con vinagre. En realidad llegó a ser maldición por causa de nosotros (Gálatas 3:13).

Nosotros podemos ver por la historia que Jesús sufrió en la cruz por causa de los judíos y de los romanos, pero podemos también reconocer que fue el Padre el planificador al detalle de cada parte de su sufrimiento. Fue el Padre quien le dio a beber esa copa (Lucas 22:42). Pero ese sufrimiento fue un vicariato en pro de sus elegidos, de acuerdo a lo que el ángel le dijo a José, que Jesús al poner su vida salvaría a  su pueblo de sus pecados (Mateo 1:21). Aquel vicariato de Jesús no se hizo por ese mundo por el cual no rogó la noche previa a su sacrificio (Juan 17:9). El mundo por el cual no rogó sufrirá la ira de Dios, que es fuego consumidor. La Biblia señala que Dios está airado todos los días con los impíos (Salmo 7:11), pues Dios no solo odia el pecado sino a los pecadores que están fuera de la gracia de Jesucristo. El que ama la rapiña es aborrecido por Dios, y sobre los malos lloverá lazos de fuego y azufre, con vientos de torbellinos.

Como la ofensa del hombre a Dios no puede ser pagada de otra manera, no puede ser disculpada con un lamento humano, la única vía para la reconciliación fue un pago eficaz, de una vez y para siempre, con  la proporción adecuada y exigida. La paga del pecado debía hacerse en forma total y con el adecuado sustituto para la remisión de pecados. Todos aquellos sacrificios del Antiguo Pacto fueron una enseñanza, un símbolo de lo que habría de venir. La muerte de Cristo como Cordero de Dios vino a ser el final de aquel acometido. Los méritos humanos son contradictorios con el carácter de Dios, quien ha visto como nada y como menos que nada a los habitantes de la tierra. Por lo tanto, solamente Jesucristo podía llevar a cabo la tarea monumental de aplacar la ira de Dios y de liberar a sus escogidos de la esclavitud del pecado, de la muerte y del infierno.

El mundo amado por Dios dejó de ser objeto de Su ira, por la virtud del Hijo exhibida en la cruz. En tal sentido, fue Dios quien proveyó el medio adecuado para remover Su propia ira, pues no bastaba con un querer simple de Su parte sino que exigía, por Su Naturaleza, un pago judicial exacto. Y así se demuestra el amor de Dios para ese mundo amado, en que envió a Su Hijo para ser la propiciación por nuestros pecados.  Cuando Juan hablaba a la iglesia judía, siendo él judío, pero incluyendo a la iglesia gentil, hubo de decir: Jesucristo es la propiciación por nuestros pecados, y no solo por los nuestros, sino por los de todo el mundo. Ya sabemos que los judíos se consideraban separados de los demás, los cuales constituían el mundo; su visión universal dividía al planeta entre judíos y gentiles. De allí que cuando hablaban entre judíos se excluían a los gentiles, pero cuando éstos eran incluidos, se anexaba, por metáfora, al resto del mundo. Entonces pudo decir el apóstol que Jesucristo era la propiciación por nuestros pecados (los pecados de los judíos redimidos) y no solo por los aquellos pecados, sino por los de todo el mundo (los redimidos del mundo gentil que ahora era incluido) (Véase 1 Juan 2:2).

Al dejar por fuera la jactancia hay que abandonar el error, ya convertido en herejía, referido a la suposición del sufrimiento de Cristo hecho por aquel mundo por el cual Jesús no rogó. Jesús no padeció vicariamente por Judas Iscariote, ni por Faraón, ni por el Anticristo en tanto hombre de pecado. Tampoco padeció en la cruz por causa de los que no están incluidos en el libro de la vida del Cordero, inmolado desde la fundación del mundo. La herejía que anuncia el sufrimiento, la muerte y la resurrección de Cristo como el acto que solamente hace posible la salvación para el que quiera tomarla, es una perversión ocurrida por parte de la interpretación privada. Tal contradicción con los escritos de la Biblia debe ser denunciada y abandonada, si se pretende creer en el Jesús anunciado por los apóstoles y profetas de la Escritura. Porque decir que el Señor hizo su parte y que a usted le toca hacer la suya (aceptar esa salvación potencial, que espera por la inteligencia y bondad humana, para no dejar a Cristo como un mendigo fracasado) es blasfemar el sentido de la cruz. No en vano dijo Juan: el que no permanece en la doctrina de Cristo no tiene ni al Hijo ni al Padre, al tal no recibáis en su casa ni le digáis bienvenido.

César Paredes

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Publicado por elegidos @ 8:15
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