Lunes, 28 de marzo de 2016

Hubiese bastado un solo texto para desmentir la tesis de los universalistas, acerca de que Jesús puso su vida en rescate por toda la humanidad, sin excepción. Pero hay muchos más que corroboran lo que la Escritura pregona a voces, que Jesús murió por su pueblo, por los elegidos del Padre (que son los mismos que el Padre le dio). Recordemos también cuando al hablar ante un grupo de judíos el Señor les dijo: Vosotros de vuestro padre el diablo sois. Tal vez este otro refresque más nuestra memoria: no queréis venir a mí porque no sois de mis ovejas.

Pero en el evangelio de Juan se ha expuesto una y otra vez que el Señor ejerce su soberanía sobre toda la naturaleza, lo cual también incluye sobre la naturaleza pecadora del hombre. Una multitud le seguía porque había presenciado la señal de los panes y los peces, mas Jesús conociendo lo que había en sus corazones les increpó que ellos lo buscaban no por las señales sino por la comida. Esto molestó en gran medida a la concurrencia, ya que si ante el milagro presenciado por los cinco mil habían exclamado que alguien con tal poder debía ser un profeta de Dios, después del discurso escuchado argumentaron que ese Jesús era apenas el hijo de José y María. De la divinización a lo terrestre, en un tipo de degradación rápida bajo el argumento ad hominem ofensivo.

A este grupo de personas el Señor les dijo varias veces que no podían ir a él a no ser que el Padre que lo envió los trajese a la fuerza. Con la declaratoria anterior, acerca de que no lo seguían por la maravilla de sus señales sino por el pan que habían comido, aunado al hecho de que ellos no tenían la libertad de estar con él, a menos que el Padre los llevase, comenzaron a murmurar. Y no era para menos, habían sido descubiertos en su corazón y eran al mismo tiempo rechazados. Por ello exclamaron: Dura es esta palabra, ¿quién la puede oír? (Juan 6:60).

Juan también escribió las palabras que Jesús dijo a otro grupo de personas, que morirían en sus pecados porque no creían que Jesús era el Cristo (Juan 8: 21 y 24). Con esa prédica directa muchos llegaron a creer en sus palabras (verso 30). Esos también fueron llevados por el Padre hacia el Hijo, ya que no hay otra forma de salvación sino que haya un nuevo nacimiento, de lo alto, por voluntad divina. El mismo caso sucedido con la vendedora de púrpura, cuando Dios le abrió el corazón para que estuviera atenta a las palabras de Pablo (Hechos 16:14).

Estos nuevos creyentes tuvieron por delante una gran tarea, semejante a la que todo aquel que cree tiene igualmente: permanecer en las palabras del Señor (Juan 8:31). Esa es la única forma de ser un discípulo veraz del Salvador. Es el mismo criterio que expuso Juan en sus cartas, permanecer en la doctrina de Cristo. Cualquiera que se rebela, y no permanece en la doctrina de Cristo, no tiene a Dios; el que permanece en la doctrina de Cristo, el tal tiene al Padre y al Hijo (2 Juan 1:9). Pablo les dijo a los romanos que, aunque ellos habían sido en un tiempo esclavos del pecado, habían obedecido de corazón a aquella forma de doctrina a la cual habían sido entregados (Romanos 6:17). A ellos mismos les recomendó el apóstol que se apartaran de todos aquellos que causan tropiezo en cuanto a la doctrina aprendida.

Sabemos que hay doctrinas de demonios, que muchos son llevados por todo viento de doctrina, que hay personas que enseñan una doctrina diferente a la de las Escrituras. Estamos ciertos de que ha llegado aquel tiempo anunciado, en el cual la gente al tener comezón de oír no sigue la sana doctrina, sino que busca o le llega un conjunto de maestros conforme a sus concupiscencias, para poder apartar de la verdad el oído y volverse a las fábulas.

De allí que la gente muera en sus pecados, porque tienen los ojos cerrados, el entendimiento entenebrecido y andan con pesadez. Es Dios quien prepara los corazones para que disciernan la verdad. En la conversación de Jesús con Nicodemo se planteó el nuevo nacimiento como la condición esencial para entrar en el reino de los cielos; quien es renacido comprende la esencia del evangelio y no puede irse jamás tras el extraño. Esto último también es una doctrina de Cristo, descrita en Juan 10:1-5, para que tengamos la certeza de que una vez que hemos conocido la verdad hemos llegado a ser verdaderamente libres.

Y si una de las ocupaciones del Espíritu es el guiarnos a toda verdad, será básico el comprender el sentido pleno del evangelio. Jesús murió por su pueblo, como le dijo el ángel a José, razón por la cual le colocaron ese nombre que significa Jehová salva. Ese mismo Jesús también dijo que nadie podía ir a él a no ser que el Padre lo trajese a la fuerza; a un grupo de personas les dijo que no podían creer en él porque no eran de sus ovejas. Entonces ser oveja es haber sido predestinado para tal fin, haber sido amado por el Padre desde antes de la fundación del mundo, por lo cual existe el ordo salutis: Amados o conocidos, predestinados, llamados, justificados y glorificados (Romanos 8: 29-30).

Pareciera que hay gente que dice creer en el evangelio anunciado por los apóstoles, pero de igual forma manifiestan desconocer la esencia del mensaje que dicen haber escuchado. Esto nos llevaría a la suposición de que el Espíritu de Dios no ha cumplido su tarea de llevarlos a toda verdad. Pero militar en la mentira doctrinal es un ejemplo del error en el cual el enemigo de las almas ha hecho enredar a muchos. Y si en realidad se ha sido librado del reino de la obscuridad, la luz de Cristo y la mente de Cristo serían suficientes para evitar la doctrina extraña.

Si Cristo murió por todos, sin excepción, entonces toda la humanidad ha sido redimida. Si pagó por todos los pecados de todos los hombres, entonces pagó también por la incredulidad. De esta forma los incrédulos serían salvos y nadie podría estar exento de su salvación. Ni siquiera Judas Iscariote o el Faraón de Egipto, tampoco los adoradores de la bestia mencionados en Apocalipsis 13 y 17.

Pero la expiación de Jesucristo fue de una eficacia absoluta en los que él representó en la cruz. Su vicariato se hizo en favor de su pueblo, que incluye a todos los que el Padre le dio. Como lo dijo una noche antes de su muerte, cuando agradecía por los que le habían sido dados pero no rogaba por el mundo; esto presupone que no murió por el mundo, sino solamente por los que el Padre le dio. ¿Cómo puede alguien decir que cree el evangelio y suponer que Jesús murió por todo el mundo, sin excepción? Tal vez porque no les ha amanecido todavía la luz del entendimiento de la verdad, porque el que es oveja del buen pastor huye del extraño, de quien no conoce su voz, y sigue a Jesucristo.

Los que no creen el evangelio, o lo tuercen para hacer uno diferente, deben tener algo cierto, que en sus pecados morirán. Porque el Jesús que ellos se han fabricado no puede salvar a nadie, sino que más bien por quienes dicen haber muerto yacen en la más oscura perdición. Estos son los mismos que objetan a Dios como injusto (Romanos 9) o quienes aseguran que la palabra de Jesús es dura de oír.

César Paredes

[email protected]

destino.blogcindario.com


Tags: SOBERANIA DE DIOS

Publicado por elegidos @ 9:21
Comentarios (0)  | Enviar
Comentarios