Lunes, 21 de marzo de 2016

¿Puede haber emoción en el evangelio de la gracia? Por supuesto que sí, y mucha. Pablo nos dijo que hemos de estar siempre gozosos, sin que importen las circunstancias. En otro contexto escribió que nosotros hemos tenido suerte (si bien algunos prefieren el vocablo herencia), por haber sido predestinados desde antes de la fundación del mundo (Efesios 1:11). El término usado para la traducción  podría dar soporte a ambos sentidos, pero habría que agregar que en la época antigua la herencia era repartida por suertes.

Echar la suerte fue un hábito en sociedades antiguas, como podemos aprender del caso Jonás cuando debía ir a Nínive y se fue a Tarsis. También los apóstoles echaron suertes y cayó ésta sobre Matías, el apóstol sustituto de Judas Iscariote. Si miramos desde nuestra perspectiva humana ha sido una real suerte el que hayamos sido elegidos por Dios para ser conformes a la imagen de Su Hijo. Esto no indica, bajo ningún respecto, que Dios eligió o predestinó  echando suertes, sino en su más absoluta voluntad.

El hecho de tener emociones por la lectura y comprensión de la Palabra Divina no desmerece al hijo de Dios; podríamos decir que resulta inevitable el que nos alegremos o manifestemos emociones unos con otros por lo que vamos aprendiendo del evangelio. El Espíritu puede darnos alegría, así como también Él se contrista con nosotros por causa de nuestros errores. En alguna medida Él nos habla, ya que una de sus misiones es educarnos en materia de la voluntad de Dios y conducirnos a toda verdad.

Sin embargo, pese a lo dicho, no hemos de estar jugando con las experiencias religiosas. Nuestras emociones no garantizan el hecho de que seamos salvos. Es al contrario, nuestra salvación nos puede causar un sentimiento de alegría, de paz, de reverencia ante Dios. Pero nunca a la inversa, jamás podrá el hecho de estar alegres hacernos suponer que esa emoción es un síntoma de ser redimidos. Cualquiera puede pasarse una velada entera llorando porque la emoción que le produce un espíritu en atrición lo impulsa a clamar por la convicción de pecado. Eso no implica que esa persona haya sido intervenida por el Espíritu de Dios cambiándole su corazón de piedra por uno de carne.

Recordemos al rey Saúl, el cual sufría de cambio emocional habitual. Cuando sentía el tormento auspiciado por un espíritu que lo maltrataba (el cual había sido enviado por Jehová) acudía a David para que le tocara el arpa. Cuando el salmista hacía sonar sus notas musicales el rey entraba en calma. Todos sabemos que eso no era un signo de salvación en el rey, sino más bien uno de maldición por no haber tenido la benevolencia del Señor. ¿Podría pensar Saúl que Dios lo amaba cuando escuchaba el arpa? Pero ¿qué sucedía cuando el salmista ya no estaba junto a él?

Las emociones suelen confundir a quien las usa como brújula de la verdad. Los judíos que eran celosos de Dios andaban tan perdidos como el más vil de los gentiles paganos. Pero ellos se sentían seguros en su propia opinión porque juzgaban que andaban emocionalmente bien, en relación a su comunión con Dios. Pablo se refirió a ellos como ignorantes de la justicia de Dios, por lo cual colocaban su propia justicia como indicio de salvación. Esa justicia propia los hacía sentirse emocionalmente seguros (aunque anduviesen perdidos del todo).

Aún los malvados despliegan compasión para con algunas personas. El rico en el infierno se compadecía por su familia que desconocía por completo acerca del evangelio de Jesús. El Faraón de Egipto se compungió por la muerte de su primogénito, pero esa bondad familiar no se le imputó como credencial para salvación. Hay quienes salen alegres y contagiados de entusiasmo de una iglesia donde se predica una doctrina ajena a lo que enseñaron Jesús, los apóstoles y los profetas. Hay quienes se alegran por dar ofrendas generosas para ayudar a los pobres, aunque estén en las Sinagogas de Satanás (como lo ilustra el libro de Apocalipsis). Incluso los hay que se enojan contra los asesinos o contra los políticos corruptos, pero esa emoción nada dice de su conversión al verdadero evangelio de Jesucristo.

Como bien lo señaló Santiago, creer que Dios es uno es bueno, pero no definitivo. Los demonios también creen lo mismo, aunque además tiemblan. La clave para saber si estamos en la verdad radica en la doctrina que tengamos, no en las emociones que manifestemos. Porque hay personas que aunque se alegren en demasía por la prédica de un sermón, por la lectura de un Salmo, por escuchar y cantar un himno hermoso, pueden, sin embargo, seguir fácilmente doctrinas de demonios de sus maestros que los han engañado.

Satanás se goza en combinar la verdad con la mentira, poco le importa que se coloque mucha verdad, pues sabe que con un poco de confusión el brebaje completo se convierte en una bebida mortal para el alma. Alguien puede creer el 90% de la verdad bíblica pero abjurar de un 10% y de nada le sirve. ¿No dijo el Señor que ni una jota ni una tilde pasarían de su palabra?

¿No dirá en el día final a muchos que hicieron señales y prodigios en su nombre que nunca los conoció?

Sabemos que la fe no es una emoción sino la base de lo que creemos, de aquella promesa de salvación condicionada en la sangre expiatoria de Jesucristo. La fe nos dice que la justicia de Cristo solamente es suficiente para ser salvos, pues Dios el Padre nos evalúa de acuerdo a la justicia de Su Hijo. Si Cristo murió de verdad por su pueblo entonces todo su pueblo será salvo. Si el Señor no rogó por el mundo, la noche antes de su sacrificio y expiación de su pueblo, el mundo no forma parte de ese pueblo por el cual él efectivamente murió. Eso es lo que enseña la doctrina bíblica, de acuerdo a Jesús y los apóstoles, eso es lo que creemos en base a nuestra fe.

Ciertamente, esta fe nos produce alegría, nos llena de emoción y nos alegra. Con esta fe se despeja nuestra tristeza enseñada por el mundo; con esta fe podemos abrir montañas y caminar seguros en las arenas del mundo hostil. Esa es la fe que permitió a Daniel entrar confiando en Dios cuando iba al foso de los leones, por esa fe dijo que dependía enteramente del Señor, que si moría era su voluntad pero que si Dios quería podía salvarlo. Esa fe permitió a muchos el poder agradar a Dios. Enoc fue traspuesto para no ver muerte, Noé tuvo revelación de cosas que aún no se veían, Abraham creyó a Dios y le fue contado por justicia, todo ello en razón de esta fe dada por Dios. Esta fe nos produce profunda alegría y nos consuela al saber que estamos en la verdad.

César Paredes

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Tags: SOBERANIA DE DIOS

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