Viernes, 18 de marzo de 2016

Resulta muy curioso observar que la teología es un arma sofisticada usada por el príncipe de las potestades del aire contra la iglesia de Cristo. Al menos él intenta esgrimir su espada contra los hijos de Dios, pero sabemos que más allá de una molestia no llega a herirnos de muerte. No obstante, ese príncipe se ha convertido en un entrenador, pues al nosotros tener que dar respuesta a cada acción de ataque nos permite el desarrollo de nuestras capacidades con las cuales glorificamos el nombre del Señor.

El sistema teológico desarrollado por Jacobo Arminio ha permanecido sólido y con las variantes propias de una teología en desarrollo. Pero sigue siendo el mismo en esencia, muy peligroso para las almas incautas, con su fiel deslizadero hacia el camino de muerte. La habilidad de este sistema ha consistido en la mímica o imitación que hace de las proposiciones bíblicas referidas a la salvación que Dios hace del hombre.

En un primer momento, Pelagio, siglo V de la era cristiana, desarrolló la idea que su hermano Arminio tomó en préstamo siglos más tarde. Pero Pelagio se independizaba por completo de Jesucristo en asuntos de salvación, al concebirlo como un modelo digno de imitar pero no esencial para llegar al cielo. Esto trajo el rechazo de los teólogos de entonces quienes escribieron sus quejas ante las autoridades eclesiásticas del momento, las que ya eran más políticas que teológicas.

En virtud de los argumentos de Agustín de Hipona, Pelagio tuvo que retractarse de su abierta herejía. Pero en forma muy astuta volvió años después con su herejía camuflada, compartiendo la verdad con la mentira. De esta forma, aceptaba la necesidad de la gracia de Jesucristo pero se reservaba el aspecto más humanístico de su proposición: el libre albedrío humano. Satanás mostró una vez más su astucia al enturbiar el pensamiento teológico de la iglesia institucional del siglo V.

Frente al surgimiento de la Reforma Protestante, el centro del pensamiento de los reformadores giraba hacia el reclamo de la gracia como doctrina esencial en la salvación de las almas. La Reforma, que solo pretendió eso, ser una reforma en la iglesia babilónica, no cumplió con el cometido bíblico que ordena salir de Babilonia. Más bien, la nostalgia de Lutero por el Papa hizo que su pensamiento se mantuviera firme en el reconocimiento del papado como autoridad sobre toda la iglesia. No fue sino cuando el Papa arremetió contra su vida que Lutero se divorcia de esa institución, haciéndole frente todavía bajo la lupa de la reforma y no de la ruptura absoluta.

Sabemos que este célebre reformador alemán continuó creyendo en la inmaculada concepción de la virgen, enseñando que había que celebrar las fechas notorias de la iglesia en torno a la veneración de ese ídolo. De hecho, hay varias plegarias de Lutero y varias homilías realizadas por él después de haber clavado sus tesis en contra de la iglesia romana. Al parecer, Lutero no comprendió tampoco el sentido cristocéntrico del evangelio.

Pero en el proceso de Contrarreforma, la Iglesia Católica sembró la droga del arminianismo en el seno del protestantismo. Con Jacobo Arminio como punta de lanza, la institución romana siguió la conseja de los jesuitas al colocar en la universidad a un maestro del error. Ahora, Arminio era el que enseñaba teología haciendo su propia siembra, con sus ideas torcidas que recordaban a Pelagio, su viejo maestro inspirador.

El sistema teológico de Arminio, conocido después como arminianismo, es el que impera en la teología de casi el noventa por ciento de las iglesias protestantes. Su doctrina expone que Dios elige a las personas para la vida eterna bajo la condición de que acepten la gracia ofrecida. Es decir, la gracia de Dios quedaría condicionada a la voluntad humana, porque siendo Dios un Caballero no fuerza a nadie ni violenta el libre albedrío humano.

Este es un principio fundamental enseñado por Pelagio, quien en su segunda arremetida herética instituyó que hay una previsión divina en el sentido de que Dios conoce de antemano quienes son los que le dirán que sí y quienes le dirán que no. Esa salida parece muy humanista y por ello es aceptada con aprehensión por la gran mayoría de la cristiandad institucional. Pero eso no quiere decir que tenga soporte bíblico, sino más bien indica que es una mímica de la verdad aunque mezclada con la mentira. La Escritura declara que la humanidad entera cayó en pecado por Adán, que no quedó ni siquiera un justo que hiciera lo bueno o que buscara al Dios de la Biblia. Que toda la humanidad murió en sus delitos y pecados, de manera que ella enteramente vino a mostrarse como trapo de mujer menstruosa.

Entonces, ¿cómo pudo Dios prever que un muerto tendría la voluntad y el deseo de aceptar su gracia? Por otro lado se abre un problema lógico con esta premisa pelagiana y arminiana: si Dios necesita mirar en el túnel del tiempo para ver la conducta humana, significa que desconoce algo. Al tener que aprender algo nuevo, aquello que desconoce, demuestra que no es Omnisciente, por lo tanto carecería de uno de los atributos que lo hacían Dios. Nos llevaría a su vez al absurdo de entender que Dios profetiza basado en lo que se plagia de sus criaturas, ya que solo mirando en el futuro y viendo las acciones humanas pudo darse cuenta de que matarían a Jesucristo, por lo tanto aprovechó aquella oportunidad histórica para idear el plan de salvación. ¿O es que el plan de salvación fue ideado primero por el hombre y Dios lo copió como una genial idea?

Para el sistema Pelagiano-arminiano Cristo murió, no en favor de un número específico de personas llamado por las Escrituras su pueblo (Mateo 1:21), no por los muchos referidos por el profeta Isaías, sino por toda la humanidad sin excepción. Es decir, la sangre de Cristo no fue suficiente para aquellas almas que yacen en el infierno de fuego, a pesar de que esa haya sido según este sistema la intención de Dios. Este sistema exhibe a un Dios frustrado en sus planes y fracasado en sus intenciones.

Dado que la salvación es procurada por Dios para todos los hombres, sin excepción, el arminianismo-pelagianismo dice que todos los seres humanos reciben la misma influencia del Espíritu Santo, pero que unos se salvan porque cooperan mientras otros resisten al Espíritu Santo y lo vencen con su desgana de ser salvos. En otras palabras, la salvación depende de la voluntad humana, la última en decidir, no de la voluntad de Dios, el primero en ofrecer.

Como síntesis, en este sistema perverso del arminianismo y pelagianismo, la salvación no presupone una certeza por parte de Dios. Es decir, no existió ningún decreto divino al respecto, pero tampoco dependió la salvación del sacrificio de Cristo, ya que el hombre termina regenerándose a sí mismo en virtud de la combinatoria de una gracia que lo asiste y una decisión libre que toma el hombre.

En este sistema el hombre se muestra autónomo de su Creador, con un libre albedrío que es independiente de su control. En tal sentido, aquel Cordero que estuvo preparado desde antes de la fundación del mundo, como bien señala la Escritura, pudo verse frustrado por la eternidad si el hombre no hubiese pecado en el Edén. Porque si el hombre es libre e independiente de su Creador entonces pudo no pecar, en virtud de aquella libertad e independencia natural. Si Adán no hubiese pecado, Jesucristo hubiese quedado frustrado a la diestra del Padre por los siglos de los siglos. Es decir, hubiese sido un Salvador sin nadie a quien salvar.

Pero eso no presenta ningún problema para el arminianismo-pelagianismo ya que el Cristo arminiano tampoco salva a nadie. No salva a nadie porque no cumple con las prerrogativas divinas ni con las exigencias de justicia establecidas por el Padre y reveladas a sus profetas. Ese Cristo arminiano es un ser frustrado, un mendigo que implora por un alma que acepte su sacrificio hecho en favor de toda la humanidad, sin excepción. Ese Cristo tiene un monumento eterno en el infierno con todas aquellas almas que salvó potencialmente, pero que hoy yacen perdidas en la eternidad porque fue apenas un Caballero que no violentó su libre albedrío.

Esta tan mala teología no es más que la manifestación de una rebelión contra Dios, no es más que el engaño satánico más sutil mostrado a los hombres que intentan leer las Escrituras. No es en vano que la Biblia enseña que debemos salir de Babilonia, de la Gran Ramera, madre de las rameras más pequeñas, para no recibir el pago de sus plagas. Y es que si el misterio de la piedad es grande, grande también es el ministerio de la impiedad.

Satanás no solo viola algunos textos, sino todo el sentido de la Escritura, pues allí donde ella dice gracia él agrega obras; pero también fue escrito para evitar confusión que si la salvación es por gracia ya no es por obras, pues de esta manera la gracia ya no sería gracia; pero si la salvación fuese por obras, ya no sería por gracia, pues de esta manera las obras ya no serían obras (Romanos 11: 6). La Escritura argumenta que no existe posible combinación entre estas dos categorías, o es por gracia o es por obras, más claro imposible.

César Paredes

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Tags: SOBERANIA DE DIOS

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