Martes, 15 de marzo de 2016

Los que creemos en el evangelio de la gracia de Dios también asumimos que recibimos a Cristo en nuestras vidas. No hay contradicción alguna en el hecho de recibir a Cristo y ser al mismo tiempo predestinado para hacer esa actividad. De hecho, el evangelio de Juan, capítulo 1, versos 12 y 13, lo describe en forma plana: Mas a todos los que le recibieron, les dio potestad de ser hechos hijos de Dios, a los que creen en su Nombre; los cuales no son engendrados de sangre, ni de voluntad de carne, ni de voluntad de varón, sino de Dios.

Para poder recibir a Cristo en nuestras vidas se hace necesario nacer de nuevo, pero este nuevo nacimiento implica ser engendrado por voluntad divina y no humana. Eso se puede leer claramente en el verso 13 enunciado, de allí que no haya contradicción alguna entre el evangelio de la gracia de Dios y el hecho de que nosotros los que creemos en su Nombre hemos recibido a Cristo.

Ahora bien, la necesidad del nuevo nacimiento queda demostrada por la declaración bíblica de que el hombre está muerto en delitos y pecados, en que no hay justo ni aún uno, en que no hay quien busque a Dios (Salmo 14:1-3). Y es que el hombre se hizo necio y por lo tanto dice que no hay Dios, sin que importe que ellos crean en otro dios. Ellos niegan al Dios de la Biblia, rechazan el evangelio de la Biblia, pero colocan al otro evangelio por su principio rector.

Poco importa que el hombre sea teólogo del cristianismo, predicador del evangelio diferente, o que fundamentado en algunos textos de la Biblia sea anunciador de los juicios de Dios, ya que siempre rendirá tributo al libre albedrío en el cual cree y con el cual comulga. La soberbia humana no tolera bajo ningún respecto la soberanía divina. El antagonismo entre ambas concepciones es supremo, como polos opuestos, ya que Dios tampoco tolera un ápice del mito de la libertad humana, pues de hecho Dios resiste a los soberbios y da gracia a los humildes (a quienes Él mismo les ha dado humildad).

Aquellos que alegan que tienen la intención de seguir al Dios de la Biblia por su propia voluntad y con su libre albedrío, deberían leer con atención Mateo 7:16-18, cuando Jesús nos habla del árbol bueno y del árbol malo. El árbol malo (representativo de los impíos, de los incrédulos en el Dios de la Biblia) no puede producir frutos buenos. No importa que se muestren bondadosos y sean generosos dando ofrendas y ayudas a los pobres, ni que tengan un elevado código moral. Recordemos a Saulo de Tarso (el Pablo de la Biblia) que era fariseo, intentando cumplir la ley y siendo celoso de Dios, cuyo esfuerzo es contado como estiércol cuando fue llamado por Cristo.

Los hombres, en su estado natural, aman más las tinieblas que la luz. La razón estriba en que sus obras son malas (ellos dan malos frutos), pues practicando la maldad odian la luz, exponiéndose mucho menos ante ella no vaya a ser que la luz demuestre fehacientemente su malignidad. Hay una consonancia entre los que andan conforme a la carne y lo que hacen como fruto de esa andanza. El ocuparse de la carne es muerte, ya que está en enemistad con Dios, sin que pueda sujetarse a Su ley, por lo cual no pueden agradar a Dios (Romanos 8:5-8).

A la luz de estos pocos textos uno puede preguntarse dónde queda el libre albedrío. No hay libertad para nada, el hombre no puede transformarse a sí mismo, no puede cambiar los designios de Dios que es soberano en forma absoluta. En tal sentido, razonando de acuerdo a los parámetros de su mente natural, exclama: ¿Por qué, pues, Dios inculpa? Pues ¿quién ha resistido a su voluntad? (Romanos 9:19). Esta objeción se esgrime cuando el hombre natural ha comprendido que la salvación no depende del que quiera o del que corra, sino de Dios que tiene misericordia de quien quiere, pero que endurece por igual a quien quiere endurecer.

El hombre natural cuando examina la Escritura se encuentra con los textos de Romanos 9 (por solo nombrar algunos pocos) y tiene que repudiar la forma en que se escribió que Dios amó a Jacob desde antes de que hiciese bien o mal, pero odió a Esaú de la misma manera, sin miramientos a que hubiesen hecho bien o mal, pues todo aquello fue hecho antes de la fundación del mundo. El hombre natural sensato, cuando lee la Escritura entiende que él no tiene ninguna habilidad, que no puede sujetarse a Dios, que está incapacitado totalmente para adquirir la salvación. Allí lee que no depende de querer o correr sino solamente de Dios. Que no existe en ninguna parte de la Biblia el anunciado refrán de ayúdate que Yo te ayudaré. Que la noción de libre albedrío no se asoma por ningún versículo de la Escritura, que toda ella habla del Dios soberano que ha hecho todo cuanto ha querido y que no tiene quien detenga su mano.

Jesucristo fue fiel expositor de la doctrina de su Padre, por lo cual dijo: Nadie puede venir a mí, si el Padre que me envió no lo trajere (Juan 6:44). El verbo traer de esta frase citada es en lengua griega es Elko -ἕλκω, el cual significa arrastrar. Como se ha dicho en diferentes oportunidades, este verbo se usa para ilustrar la manera en que una embarcación griega arrastraba a otro barco, utilizando toda su fuerza y poder. Entonces, no hay habilidad posible en el ser humano porque no existe tal libertad de la voluntad; pero aún teniendo voluntad ya se advirtió en Romanos que no depende del que quiere o del que corre, como si hubiere gente que quisiere en realidad aferrarse al Dios de las Escrituras, tal cual se muestra en ellas.

Lo que sí aparece notorio es que muchos se aferran al dios que ellos han forjado leyendo las Escrituras, lo cual es muy diferente, como diferente es ese otro evangelio del que Pablo hiciera la denuncia y llamara anatema, esto es, maldito. Por eso se ha escrito que el hombre necio dice en su corazón que no hay Dios, en el entendido que asume que el Dios de la Biblia no existe, pues si hubiere algún Dios debería ser diferente.

Como sabemos que la fe es un regalo de Dios y que sin fe es imposible agradarlo a Él, cada no creyente está incapacitado para agradar a Dios. Ni aún sus oraciones serán aceptadas, ya que el sacrificio de los impíos es abominación al Señor; mas la oración de los rectos es su gozo (Proverbios 15:8). Pero hay algo que nos convierte, algo que nos hace creer en el verdadero Dios de las Escrituras. En la Biblia se lee que la fe viene por el oír la palabra de Jesucristo; por supuesto, todo aquel que oye lo que el Señor le dice como llamado vendrá a él y quien a él viene no es echado fuera jamás. Al contrario, será guardado en sus manos y en las manos de su Padre.

El Señor conoce a los que son suyos, él sabe por quienes murió en la cruz expiando todos sus pecados. En el tiempo y en el espacio de nuestra historia cada uno por los cuales Jesús murió será llamado oportunamente en el día de la salvación de Dios. Por esa razón dijo el profeta Isaías: Si oyereis hoy su voz, no endurezcáis vuestros corazones.

César Paredes

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Tags: SOBERANIA DE DIOS

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