Viernes, 11 de marzo de 2016

En la parábola del sembrador Jesucristo afirmó que la semilla sembrada en buena tierra es aquella persona que al oír el evangelio lo hubo entendido. En consecuencia produjo fruto en abundancia (Mateo 13:23). No existe tal cosa como un sentimiento positivo o una meditación contemplativa en las palabras del evangelio, sino que el oyente que habrá de creer tendrá que entender el contenido de la buena noticia. Sabemos que muchas personas no comprenden lo que significa la justicia de Cristo y piensan que el Señor fue un hombre bueno, un Maestro de ética o un personaje maravilloso.

Incluso hay quienes llegando un poco más lejos asumen que es el Salvador del mundo, pero con todo siguen sin comprender el concepto de justicia que Dios aceptó en Cristo. A los tales el evangelio vino a ser un cascarón vacío, algo inútil como un nombre sin contenido ni referente, al igual que aquellos judíos celosos de Dios pero que carecían de conocimiento. Al seguir por analogía la parábola del sembrador, se entiende que esas otras semillas no cayeron en la tierra buena preparada por Dios, por lo tanto no dieron el fruto adecuado en el tiempo oportuno.

Desde el Antiguo Testamento uno puede observar que el sacrificio de animales instaurado en el pueblo de Israel fue un prototipo de lo que habría de venir. Como se señala en el libro de Hebreos, nos convenía de una vez por todas un solo sacrificio. Pero eso no hubiese sido posible si el sacrificio del Cordero sin mancha no hubiese sido perfecto y suficiente. De allí que por haber cumplido la ley sin violentar ni uno solo de sus mandatos, el Cordero de Dios, ausente de toda concupiscencia, fue sin pecado alguno.

No obstante, la Escritura señala que Dios lo hizo pecado por causa del pueblo que vino a salvar, por los muchos de los cuales hablaba el profeta Isaías. El sacrificio expiatorio del Mesías clavado en la cruz vino a ser suficiente para aplacar la ira del Padre sobre los que Él quiso escoger para alabanza de su gloria. En consecuencia, Jesucristo se convirtió por un lado en nuestra pascua pero por el otro en la justicia de Dios. Además, también fue declarado justicia nuestra.

Si uno lee con atención el capítulo seis de la carta a los romanos, puede darse cuenta de ciertos elementos que definen nuestra posición en Cristo. Allí se dice que hay un grupo que ha sido bautizado en su muerte, es decir, sumergido en el sepulcro junto con él; pero ese mismo conjunto de personas también anda en la novedad de vida de la resurrección. La razón es expuesta en forma muy simple: fuimos plantados juntamente en él a la semejanza de su muerte, por lo tanto lo seremos en igual forma a la de su resurrección (Romanos 6:4-5).

Uno de los vocablos usados en el texto mencionado nos habla de haber sido plantados conjuntamente, ser de una misma naturaleza, congénitos, de una misma raza (σύμφυτος-súmfutos). ¿Y cómo pudimos ser plantados juntamente con él los que no habíamos aún nacido? ¿O cómo pudo Pedro haber sido congénito con Cristo, si aún estaba vivo junto a los otros condiscípulos? Sencillamente porque fuimos representados con Cristo en el madero. El Señor había orado la noche anterior diciéndole al Padre que le agradecía por los que le había dado, porque Suyos eran; rogó también por los que habríamos de creer por la palabra de aquellos que ya habían creído. Y esta oración estuvo en consonancia con su doctrina de que nadie podía ir a él a no ser que el Padre lo trajere.

Pero así como la parábola del sembrador habla de la semilla que no cayó en buena tierra, de la misma manera Jesús no rogó por el mundo aquella noche previa a la expiación. Por lo tanto no hubo una expiación universal sino solamente la destinada para el pueblo que venía a salvar (Mateo 1:21). Nuestro viejo hombre fue colgado también en el madero junto con él, acabando con el cuerpo del pecado y con su vieja esclavitud. Y aunque sigamos pecando, el pecado ya no reina en nosotros, y al haber muerto con Cristo viviremos con él (Romanos 6:6-7).

La ineludible prueba de lo que hablamos la suscribe el verso 7 de Romanos 6, porque el que es muerto, justificado es del pecado. No hay otro mecanismo posible según la Biblia, ya que para poder ser justificado del pecado se ha hecho necesario haber muerto con Cristo en la cruz. Pero no es posible llevarlo de nuevo al madero, no es posible hacer una repetición de su sacrificio, ni siquiera en forma simbólica. Tal muerte expiatoria nos convenía de una vez y para siempre, como tal Sumo Sacerdote que no tuvo necesidad de ofrecer expiación por su pecado. Todos aquellos que no murieron con Cristo en ese momento histórico de la cruz no fueron justificados, por lo tanto no son llamados por cuanto no fueron conocidos (amados) por el Padre. Esos son el mundo por el cual Jesús no rogó (Juan 17:9).

La justicia de Dios se revela en el evangelio, de fe para fe; porque el justo por la fe vivirá. Ese evangelio revelado ha venido a estar encubierto, escondido, pero en aquellos que perecen. El dios de este siglo (Satanás) ha cegado los ojos de los incrédulos, para que la luz del evangelio no les resplandezca. Usted dirá que Satanás actúa así porque algunos son incrédulos, pero no olvide que todos los creyentes fuimos incrédulos en un tiempo. Entonces, ¿no estuvimos cegados por el dios de este siglo? Ciertamente también, pero la gracia irresistible del Espíritu Santo nos hizo ver y trasladar hacia el reino de la luz admirable; porque no en todos opera el Espíritu de la misma manera, sino que Él es como el viento, de donde quiere sopla. Hay un designio divino según el cual Dios ha escogido a unos para vida eterna y a otros para condenación eterna. Cualquier objeción que se haga a lo que al respecto dice su palabra ha sido respondida en ella: ¿quién eres tú para que alterques con tu Creador? ... ¿No tiene potestad el alfarero de hacer de la misma masa un vaso para honra y otro para deshonra? Como está escrito, A Jacob amé, mas a Esaú odié (aborrecí), aún antes de que hiciesen bien o mal (Romanos 9).

Esas palabras suenan duras para el hombre natural, cegado por el dios de este siglo, pero no por ello son menos ciertas. Es la divina respuesta ante el atrevimiento humano de señalar a Dios como injusto, es la declaración de la teología de la soberanía absoluta del Creador, que decide no solo en materia de eventos de la naturaleza sino también en materia de salvación y condenación. ¿Hay injusticia en Dios? En ninguna manera (Romanos 9:14).

Jesús ha hablado en parábolas para que oyendo muchos no entiendan, porque solamente a unos les es dado saber los misterios del reino de los cielos, pero a otros jamás les es dado. Así se cumplía y se sigue cumpliendo la profecía de Isaías: De oído oiréis y no entenderéis; viendo veréis y no percibiréis. Como tienen un corazón engrosado y oídos pesados, sus ojos están ciegos y no llegarán a entender ni a convertirse, por lo tanto no serán sanados (salvados). Sin embargo, felices los ojos que ven y los oídos que oyen, porque esos son los que fueron sembrados en buena tierra y oyen y entienden la palabra, produciendo fruto (Mateo 13).

César Paredes

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Tags: SOBERANIA DE DIOS

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