Martes, 08 de marzo de 2016

Si a un creyente le preguntaran qué es el evangelio, tendría que responder de acuerdo a la Escritura. En ella podemos probar que la buena noticia lo es para todos aquellos que son el pueblo escogido por Dios para salvación. De hecho, el ángel le dijo a José que le colocara al niño por nacer el nombre Jesús, porque él salvaría a su pueblo de sus pecados. El nombre Jesús significa Jehová salva, pero además de esa distinción etimológica el texto advierte que esa sería la tarea del Mesías esperado: salvar a su pueblo.

Lo que el Señor dijo reiteradamente fue que nadie podía ir a él a no ser que el Padre lo llevare (a la fuerza). Pero incluso la noche previa a su crucifixión estuvo orando en el huerto llamado Getsemaní. Allí declaró varios elementos teológicos acerca de su muerte; le dijo al Padre que le agradecía por los que le había dado. En otras palabras, corroboraba lo que había enseñado, que nadie podía ir a él si el Padre no lo enviaba. Entonces Jesús dio gracias por ellos y por los que creerían como consecuencia de la palabra de aquéllos. Por supuesto, el contexto aclara que los que habrían de creer después de aquéllos también serían dados por el Padre al Hijo. Por si fuera poco, un texto en el libro de los Hechos nos enseña que el Señor añadía a la iglesia todos los días los que habían de ser salvos, pero también nos dice que creyeron todos los que estaban ordenados para vida eterna.

El verbo griego usado en este último texto es Tasso - τάσσω -, el cual significa arreglar en una forma ordenada, asignar, disponer, apuntar, añadir, determinar, prescribir e imponer. Llama la atención esta última acepción, imponer, porque implica una actividad realizada por un sujeto activo sobre un sujeto pasivo. Por supuesto, todas las otras acepciones enunciadas del verbo Tasso también implican la existencia de un sujeto activo que ordena, que ejecuta una orden, siempre sobre un sujeto que la recibe (el cual es pasivo en el sentido de que no es quien dicta esa orden).

Muchos se confunden hoy día con este verbo, que bien pudiera no tener ningún rasgo para tal confusión. Sin embargo, los enemigos de la fe suponen torcidamente que este vocablo es el mismo empleado cuando se ordena un ministro. A partir de ese ejemplo invierten el orden divino, dando a entender que tanto el ministro como el creyente tienen que cumplir ciertos requisitos para ser ordenados, sea para el trabajo de la obra de Dios o sea para vida eterna. Pero la Escritura es clara una y otra vez, advirtiéndonos contra la herejía de las obras; la salvación es por gracia y no por obras, pues de otra forma la gracia ya no sería gracia.

No se trata de que el creyente cumpliera ciertos requerimientos para ser elegido, sino que más bien la Escritura señala que tanto Jacob como Esaú fueron escogidos para fines diversos antes de que hiciesen bien o mal, para que el propósito de la elección permaneciese por el que llama y no por las obras (Romanos 9). De allí que el evangelio es la promesa de salvar a Su pueblo (el pueblo de Dios), quien recibe todas las bendiciones de la salvación, desde la regeneración hasta la gloria final. Esta salvación tan grande depende únicamente del sacrificio que Jesucristo realizó el día siguiente de haber pronunciado aquella oración en el Getsemaní.

En ese huerto el Señor lo dejó muy claro, diciendo que agradecía por los que el Padre le había dado pero que no rogaba por el mundo. Es decir, hizo una distinción referida a las ovejas y los cabritos, pero ahora entre los que el Padre le otorgaba y el mundo. El mundo por el cual Jesucristo no rogó quedó por fuera de la gracia del evangelio. Para ese mundo no hay una buena noticia sino más bien mala. Sin embargo, ese mundo ni siquiera piensa en su propia desgracia sino que sigue en su odio natural contra el Creador.

Hay quienes contemplan a Jesucristo como un ser que vivió, murió y resucitó, pero que vino a darnos lecciones de moral y a hacer posible una salvación para toda la humanidad sin excepción. En tal sentido, quienes así piensan y pregonan, han percibido una falacia nacida en el pozo del abismo. El padre de la confusión y de la mentira ha sido capaz de lanzar muchas doctrinas de demonios, una de las cuales está muy propagada en el universo de la cristiandad sin Cristo. Ellos sostienen que Jesucristo al morir en la cruz hizo posible solamente la salvación para cada uno en particular, muy a pesar de que los textos de la Escritura señalan que murió por su pueblo. El buen pastor su vida da por las ovejas, dijo el Señor, dejando a los cabritos por fuera.

Si la salvación fue un asunto potencial y no actual, la humanidad enteramente estaría perdida para siempre. Habiendo sido declarados muertos en sus delitos y pecados los seres humanos no pueden echar mano de esa salvación en potencia. En cambio, si la salvación fue eficaz, en aquellos por los cuales Jesús rogó la noche antes de su muerte expiatoria, todas sus ovejas seremos salvos sin duda alguna. En el tiempo, el Señor llama a los suyos dándoles el nuevo nacimiento a través del Espíritu Santo; éstos que fueron amados (conocidos en el lenguaje bíblico) por el Padre son los mismos que fueron predestinados para ser semejantes a la imagen del Hijo. Pero también son los mismos que fueron llamados en el tiempo (irrevocables son los dones y el llamamiento de Dios), a través del anuncio del evangelio. A éstos ese anuncio se les convierte en buena noticia, por lo cual fueron también justificados, ya que Jesucristo es la justicia de Dios, suficiente y perfecta a través de la cual somos aceptados por él. Por supuesto, como colofón, éstos justificados serán también glorificados (Romanos 8: 28-30).

Dios justifica al injusto (al que está muerto en delitos y pecados) solamente a través del trabajo de Jesucristo. Pero no justifica a todos los muertos sino a los que Él quiso en su misericordia soberana escoger desde antes de la fundación del mundo. Abraham creyó a Dios y le fue contado por justicia, cuanto está lejos el oriente del occidente, hizo alejar de nosotros nuestras rebeliones, compadeciéndose como un Padre frente a sus hijos. Venid luego, dirá el Señor, y estemos a cuenta: si vuestros pecados fueren como la grana, como la nieve serán emblanquecidos; si fueren rojos como el carmesí, serán tornados como la lana. Al ser Israel un símbolo de los espiritualmente redimidos, sabemos que en el Señor serán justificados todos los que el Israel de Dios contenga (Isaías 45:25). El Señor es nuestra justicia (Jeremías 33:16), Cristo nuestra pascua (1 Corintios 5:7), porque todas las promesas de Dios son en él Sí, y en él Amén, por nosotros para la gloria de Dios (2 Corintios 1:20).

Desde antes de que apareciese el pueblo de Israel, Job ya conocía este evangelio. Porque no hay dos raseros para Dios sino uno solo, el evangelio de Jesucristo por el cual podemos ser salvos. Yo sé que mi Redentor vive, y al fin se levantará sobre el polvo: Y después de deshecha esta mi piel, aun he de ver en mi carne a Dios (Job 19:25-26). Jeremías también supo de esta realidad única para acercarse a Dios (Jeremías 23:6 y 33:16), a Jehová, justicia nuestra. Isaías se refirió al Padre pero también al renuevo que nacería. Y nosotros hemos sido hechos justicia de Dios en Él (2 Corintios 5:21).

Jeremías sabía que el Hijo de Dios era su redentor como también lo supo Job quien pudo afirmar que tenía un Redentor que vivía, que moriría pero que resucitaría. ¿Cómo supo Job toda esta teología del Nuevo Testamento? En realidad los hombres de Dios lo sabían desde que fueron llamados por Él, ya que el evangelio es uno solo e ignorarlo es prueba de que no se tiene a Dios. En el pueblo de Israel hubo mucha gente que sacrificaba a Dios ignorando la justicia que es Cristo, al igual que sucede hoy día en las iglesias. Pero junto a ellos había miles que sí tenían conciencia de lo que hacían y de quién vivía en ellos.

Job supo que el Señor resucitaría pero que él también se levantaría de los muertos. Abraham creyó en aquella justicia que es Cristo. La ley y los profetas no hicieron otra cosa que anunciar la justicia de Dios, si bien los líderes religiosos de entonces no lo comprendieron e hicieron tropezar a muchos, tal cual ciegos guías de ciegos. Todos los que sabemos estas cosas tenemos aquella esperanza de Job. Hay muchos que habrán de oír el evangelio y creerán, uniéndose a las filas de los que asumimos como buena noticia el anuncio de Dios.  Los que rechazan la palabra bíblica no tienen excusa, simplemente este anuncio se les ha convertido en una mala noticia.

César Paredes

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Tags: SOBERANIA DE DIOS

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