Domingo, 06 de marzo de 2016

La religión es el indicativo de unidad y pertenencia más común en la historia de los grupos humanos. No hay cultura que no manifieste rastros de religiosidad entre los miembros de la sociedad que la componen. Es tan fuerte el sentimiento religioso que el cristianismo ha tomado rasgos prestados de la religiosidad humana, sin importar que muchas veces vienen del paganismo. Por ello, ese cristianismo no es más que otra religión, si bien la Biblia nos habla de lo que deber ser la verdadera religión.  La religión pura y verdadera a los ojos de Dios Padre consiste en ocuparse de los huérfanos y de las viudas en sus aflicciones, y no dejar que el mundo te corrompa (Santiago 1:27).

En realidad, tener una religión de acuerdo a lo que la Biblia recomienda es conveniente. Pero tener una religión que haga las veces de Mesías es incongruente con el mensaje del evangelio. Muchos en la religión cristiana sostienen que como obedecen los preceptos bíblicos se sienten aceptados ante Dios. Pero dentro del pensamiento bíblico uno infiere todo lo contrario de lo que el religioso cristiano sostiene. Más bien conviene afirmar que soy aceptado, por lo tanto obedezco. Porque una cosa es tener el corazón de carne con el espíritu nuevo dentro de él, para poder amar los estatutos de Dios, que con el corazón de piedra intentar someterse a los preceptos del Señor.

A estos últimos Santiago les dice que su religión es vana al no refrenar su lengua (Santiago 1:26). La lengua que no puede refrenarse es aquella que siempre está buscando pruebas de aceptación ante Dios, ofreciendo profecías, revelaciones y visiones a los correligionarios para demostrar obra sobre obra. El amor de la verdadera religión en Cristo se permutó por reuniones motivadoras fundamentadas en el temor y la inseguridad. Al contrario, nuestra motivación debe sustentarse no en el temor sino en la alegría del agradecimiento.

Muchos seres religiosos intentan obedecer a Dios para poder adquirir cosas de Él; intentan hacer oraciones y cadenas de oración para amarrar la voluntad divina, para mover Su brazo hacia el propósito deseado. Tal pareciera que ese dios al que oran manifiesta una gran desgana que hay que vencer a punta de oración y ayuno.

Se piensa que si alguien es bueno es merecedor de una vida confortable, pero la gente puede enojarse contra Dios si las cosas no van como desean. Más bien deberíamos luchar por alcanzar una mejor vida, pero entendiendo que todas las cosas nos ayudan a bien (si hemos sido llamados conforme al propósito de Dios), sin sentirnos culpables. Ya la culpa de los hijos de Dios (los elegidos desde la eternidad por el Padre) recayó en Jesucristo, en la cruz, y nada tenemos que pagar de ella.

La identidad del hombre de Dios tiene su sustento en el amor de Dios, no en la calificación individual como si en esencia fuésemos distintos a los demás. De allí que nuestra oración debería centrarse en la adoración y alabanza de ese Ser que nos llamó de las tinieblas a la luz, al reino de su luz admirable. Nuestras oraciones no deben ser largas peticiones en medio de nuestras necesidades; mucho menos deben consistir en frases acomodadas para que el público religioso se deleite en ellas. El propósito de la oración a Dios en el hombre de Dios es tener comunión con el Ser Supremo, no es obtener una adquisición completa de la lista de cosas que llevamos como petición.

Es un mito irreverente pensar que el hombre de oración es aquel que consigue más cosas de Dios, como si venciera la pereza del Señor. Al contrario, la oración antes que un acto es más bien una actitud comunicativa con el Padre, con el Hijo y con el Espíritu Santo.

El ondular entre dos polos no es productivo para la verdadera religión. No podemos vivir bajo dos estándares, como si pudiésemos añadir nuestra obra a la piedad. La confianza nuestra no puede estar fundamentada en nuestro sistema moral, porque siempre pecamos; sin embargo, cuando descansamos en el trabajo completo de Cristo en la cruz dejamos de mirarnos con lástima y nos mostramos confiados en la comunión con Dios. Hay que tener presente que somos tan malos que Cristo tuvo que morir por nosotros en la cruz, pero somos tan amados que él hizo su sacrificio con gozo y con entrega.

Por lo antes dicho hemos de inquirir si andamos en una religión más o en el evangelio del Señor. Porque podemos ser religiosos y vivir bajo una satisfacción que es engaño, pero podemos vivir bajo el evangelio de Cristo y confiar en su gracia eterna para con los redimidos. La única religión verdadera es la del evangelio, todo lo demás es un añadido de costumbres y ritos que calman de momento el malestar de la culpa. El rey Saúl es un claro ejemplo de la religión vana; viviendo con cierto conocimiento del Señor, pero ignorando su justicia, tuvo que padecer por su propia culpa, bajo el tormento de un espíritu que lo turbaba. El arpa de David lo calmaba, pero después de un tiempo el rey intentaba matar al arpista. Esa religión de Saúl es semejante a la que muchos tienen hoy día, donde la gente busca calmarse con el arpa de los cantos, de las lecturas bíblicas, de la costumbre de cada domingo.

El camino religioso de los hombres tiene un final de muerte, por lo cual Jesucristo dirá en el día final que nunca conoció a tales personas. Poco importa que se argumente diciendo que en su nombre se hicieron milagros, o que bajo su bandera se acudió a la iglesia por años, que se practicó una vida pietista, porque todas esas señales y todos esos prodigios de nada sirven si nuestros nombres no están en el libro de la vida desde la fundación del mundo. Para esto nadie es suficiente, de manera que vale la pena creer en el evangelio verdadero. Todo lo demás es religión vana, que nada aporta para calificarnos adecuadamente ante Dios.

César Paredes

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Tags: SOBERANIA DE DIOS

Publicado por elegidos @ 19:23
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