Domingo, 06 de marzo de 2016

Cuán importante es para Dios (y más aún para nosotros) el que entendamos lo que Él es y después lo conozcamos. El conocimiento es parte de la doctrina del Padre y del Hijo, sin el cual nadie puede decir que tiene la vida eterna. Resulta imposible acercarse a alguien del que no sabemos nada, de quien no entendemos sus palabras; asimismo sucede cuando pretendemos acudir a Él, de quien necesitamos saber que existe. Y saber que existe implica distinguirlo de otro dios, ubicar su lugar y conocer la manera de llegarse allí.

La gente se puede jactar de muchas cosas, del dinero o de la sabiduría, o tal vez de la fortaleza; pero muy pocos son los que se jactan de entender y conocer a Dios. Esa debe ser nuestra tarea como creyentes por cuanto bastaría el hecho de que Dios se deleita en que esto hagamos. Tal es la afirmación que hace el profeta Jeremías (Jeremías 9:23-24). Abaratar el evangelio sería pretender invocar el nombre vacío de Jesucristo, pretendiendo que en el vocablo está el contenido de su identidad y trabajo. Al contrario, un vocablo vacío pudiera ser un amuleto, algo que el Señor jamás nos encomendó repetir (recordemos que estaba en contra de las vanas palabrerías).

Decir Cristo me ayuda, o Cristo salva, puede ser tan inútil como la falta de auxilio en las tribulaciones. Esas frases carecen de contenido si quien las pronuncia ignora el trabajo y la persona de Jesucristo. Entender quién es Dios implica saber que es el Creador del universo, de todo cuanto existe, de un plan de redención para su pueblo escogido. Conocer del trabajo de Cristo conlleva saber que no rogó por el mundo la noche antes de morir en la cruz. En ese sentido la palabra Cristo deja de ser vacía si quien la pronuncia entiende su significado. No se trata de etimologías o teologías complicadas, sino de un conocimiento mínimo pero suficiente que identifica el nombre con la persona que lo lleva.

Muchos judíos se jactaban de ser llamados hijos de Abraham, a quien tenían por padre. Ellos miraban con desprecio al resto de la gente no judía, a los gentiles, a quienes a veces llamaban perros. Suponían que porque eran conocidos como el pueblo elegido por Dios para testimonio de su palabra en el mundo ya tenían el conocimiento de quién era Dios. Pero estaban equivocados hasta la perdición de sus almas. Así lo asegura otro judío conocido como el apóstol Pablo, quien habló de ellos como personas que necesitaban ser rescatadas de su ignorancia.

Aquellos judíos fueron señalados por Pablo como personas que tenían mucho celo de Dios. Sabemos que una persona celosa se comporta con mucho recato de que alguien tome en vano el nombre de quien cela; además, se esmeraban en conocerlo, quizás recordando el viejo texto de Jeremías que ya citamos. Pero faltaba algo en aquella fórmula del nombre vacío, el entendimiento conforme a ciencia. Conocían muchos atributos del único Dios, hablaban de su eterno poder y deidad, habían sido herederos de las hazañas que ese Ser Supremo realizó con su padres. Conocían al detalle sus milagros y se esmeraban en los rituales que repetían cuando guardaban las fiestas religiosas ordenadas en las Escrituras.

Sin embargo, lo que les faltaba en esa falta de conocimiento lo compensaban añadiendo un conocimiento diferente. Ellos eran ignorantes de la justicia de Dios, que es Cristo, por lo cual añadían su propia justicia para compensar su falta de entendimiento. El resultado fue fatal, porque el apóstol Pablo dijo que estaban perdidos por causa de su ignorancia (Romanos 10:1-4). Esta situación se ajustaba al viejo texto que hablaba del pueblo de Dios que perecía por falta de conocimiento: Mi pueblo fue destruido, porque le faltó conocimiento. Por cuanto desechaste el conocimiento, yo te echaré del sacerdocio; y porque olvidaste la ley de tu Dios, también yo me olvidaré de tus hijos (Oseas 4:6).  O este otro de Isaías: Por eso mi pueblo es llevado cautivo, porque no tiene conocimiento; y sus nobles perecen de hambre, y su multitud se seca de sed (Isaías 5:13).

¿Cómo pueden todavía decir que creen en Cristo en su corazón sin importar lo que se tenga en la cabeza? ¿Es acaso válida la separación del entendimiento del corazón del hombre? Jesucristo dijo que de dentro del corazón mana la vida, que de allí vienen los malos pensamientos así como también el amor hacia Dios. No hay tal dicotomía en la Biblia que separe el corazón de la mente, más bien se dice una y otra vez que es inútil tener celo de Dios (un ejercicio atribuido tradicionalmente al corazón) sin entendimiento (un ejercicio atribuido tradicionalmente a la mente). Ambas actividades provienen del corazón humano, pero ambas son necesarias para combatir la ignorancia que pierde a los hombres por la eternidad.

Aquellas personas que no se ocupan del conocimiento del Señor, porque suponen que con solo pronunciar su nombre tienen la plenitud de Cristo, deberían estudiar el texto de Isaías: Del trabajo de su alma verá y será saciado. Y con su conocimiento justificará mi Siervo justo a muchos; y él llevará las iniquidades de ellos (Isaías 53:11). ¿Cuál conocimiento? El conocimiento que se tenga de él, como dijera Pablo a los Filipenses, que tenía todo por estiércol para poder conocer a Cristo. Ese conocimiento del apóstol pasaba por una depuración de su entendimiento, comprendiendo y admitiendo que se apartaba de su propia justicia, la que era por la ley, para alcanzar la justicia que es por la fe de Cristo. Porque aquella justicia que es por la ley es insistente, como si pudiese ser eficaz en una persona que reincide en las faltas una y otra vez. Pero Jesucristo cumplió toda la ley y vino a ser justicia de Dios para nosotros los que somos creyentes en su nombre, al derramar su sangre por su pueblo escogido representado en el madero. Ese es el conocimiento que debemos obtener, según las Sagradas Escrituras; no un intrincado cuadro teológico que apunta a la sabiduría humana. La teología importa, pero aquella que se ajusta a las Escrituras y que nos permite conocer a Jesucristo como el Redentor. La teología que aleja de Dios es aquella que hábil y sutilmente combina nuestro trabajo con el de Cristo en la cruz, trabajo consumado como él lo declarara en el madero.

Es solamente por el conocimiento del Mesías, por tener presente su persona y sus doctrinas, sus sufrimientos hasta la muerte, por su resurrección, que alguien puede ser justificado. El nuevo nacimiento produce este conocimiento en el espíritu, si bien ha sido un conocimiento escuchado a partir de la Palabra revelada con el anuncio del evangelio. Tampoco puede ser un conocimiento formal de la letra, pues donde no hay operación del Espíritu de Dios no puede el hombre nacer de nuevo (Juan 3).

Recordemos que la vida eterna comienza en esta tierra, la cual no es otra que conocer a Dios y a Jesucristo a quien ha enviado (Juan 17:3). Si los que se llaman creyentes no se aperciben de este conocimiento, no pueden pedir que se les trate como justos delante de la presencia del Señor. Pablo en el Areópago les habló a los griegos del Dios no conocido; él hubiese podido mencionar el nombre de Cristo y hacerlo repetir como un sonido para ayudarse en la concentración de la divinidad. Pero como eso no es lo apropiado porque no conduce al conocimiento de Dios, el apóstol les expuso la doctrina de la creación, del arrepentimiento y de la resurrección, del justo juicio de Dios a través de Jesucristo y les habló contra la idolatría del paganismo.

Entender y conocer a Dios debe ser la tarea prioritaria de todo aquel que se llame creyente, pues es el mecanismo que dejó el Señor para adentrarnos en el reino de los cielos. La vida eterna consiste en conocer al Padre y al Hijo, pero para poder entrar en ella también se nos demanda escudriñar las Escrituras, donde nos parece que se encuentra esa vida eterna. El círculo se cierra y no podemos escapar del conocimiento de Dios; el mucho celo por Él pero no conforme a ciencia conduce a la perdición eterna. La ignorancia de la persona y el trabajo de Cristo es un signo de quien anda perdido, por lo cual propone su propia justicia para intentar solventar la carencia de la justicia de Dios. Tal trabajo es vano en grado sumo, y quien así actúa está bajo la ley de las obras y no bajo la ley de la fe.

César Paredes

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Tags: SOBERANIA DE DIOS

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