Martes, 01 de marzo de 2016

Hay innumerables personas que creen contra la Biblia. Estos dicen tener fe pero cambian la teología bíblica en muchos puntos. Recordemos lo que se nos ha enseñado en cuanto a la ley de Moisés, que todo aquel que falte en un punto se hace responsable de toda ella. La Biblia maldice al que incumpla apenas un punto de la ley, de manera que no hay otro principio con  el nuevo pacto.  Jesucristo no vino para eliminar la ley sino para cumplirla. En su cumplimiento bendijo a todos aquellos que el Padre le dio para que representara en la cruz, de acuerdo a Juan 17.

Si alguien dice estar bajo la  gracia pero niega alguno de los principios que son inherentes a la gracia, se hace agente de las obras colocando su propia justicia ante la justicia de Cristo. Poco importa que esa obra agregada se llame esfuerzo, decisión, dedicación o religiosidad, ya que todo ello basta para que se le impute la gracia como salario y llegue a ser obra. A los gálatas Pablo les dijo que habían caído de la gracia los que se aferraban a las obras, de manera que sería llamado maldito todo aquel que presentara un evangelio diferente al de la gracia.

Si Dios es consistente con su doctrina entonces todos los creyentes han de conocerla y comulgar  con ella; sin duda que ese cuerpo de enseñanzas mostrado en la Biblia es mucho más que un nombre vacío. Porque decir la palabra Cristo no presupone salvación alguna. En cambio, de acuerdo a lo que enseñan los apóstoles, permanecer en la doctrina de Cristo implica tener al Padre y al Hijo (2 Juan).  Dios no es ni irracional ni demente, de manera que cada asunto del cual habla la doctrina de Cristo es pertinente y necesario, no casual ni prescindible.

La Biblia enseña que Dios ordenó desde la eternidad a quienes habrían de ser salvos, pero el otro evangelio anuncia que Dios elige bajo la condición de que acepten su gracia de una manera amigable. En otros términos, el otro evangelio predica que Dios elige en base a una perseverancia prevista en los santos. Pero la Biblia agrega que Cristo murió por su pueblo, poniendo su vida por las ovejas (no por el mundo, Juan 17:9); sin embargo, el otro evangelio anuncia que Cristo no sustituyó a nadie en la cruz, sino que apenas hizo la salvación posible para todos los seres humanos. La Biblia nos educa en el hecho de que nadie puede resistir la voluntad de Dios (Romanos 9:19), que Él inclina los corazones hacia donde Él quiere y que su consejo permanecerá para siempre (Isaías 46:10). Pero el otro evangelio asegura que todos los seres humanos reciben la misma influencia del Espíritu Santo y hay quienes lo resisten, mientras otros cooperan con él. No es eso lo que enseña la Biblia cuando Jesucristo tuvo que explicarle a Nicodemo la operación del nuevo nacimiento por parte del Espíritu de Dios, que opera según su voluntad y no según la voluntad humana (Juan 3).

La Biblia nos ilustra en cuanto a la certeza de la salvación, obra absoluta de Dios. Ya que la salvación no depende de la voluntad del hombre muerto en delitos y pecados, ella ha venido a ser segura una vez que Dios ha cambiado el corazón de piedra por uno de carne. Pero el otro evangelio se empeña en decir que un hombre regenerado puede convertirse de nuevo en no regenerado. En resumen, el otro evangelio nos asegura que Jesucristo no procuró la reconciliación de nadie, solamente la hizo posible; que él apenas removió los obstáculos de la justicia divina para hacer a la humanidad salvable. Nos dice que la expiación de Jesucristo no fue eficaz a menos que cada quien acepte por sus propios méritos esa salvación ofrecida. De allí que Jesucristo no compró a nadie, aunque pagó un precio por un objeto incierto. En definitiva, para el otro evangelio la salvación depende de un trabajo adicional, el de la voluntad libre de los hombres.

Cuando Jesucristo dijo en la cruz que todo había sido consumado estaba entregando su trabajo al Padre. En esa consumación había cumplido con el propósito por el cual había venido, salvar a su pueblo de sus pecados (Mateo 1:21), promesa que hubo hecho la noche antes en el Getsemaní cuando agradecía al Padre por los que le había dado, si bien dejó expresamente por fuera al mundo por el cual no rogaba (Juan 17:9). Esa misma gente que salvó Jesús fue tan específica que sus nombres están escritos en el libro de la vida desde la fundación del mundo (Apocalipsis 13:8 y 17:8), es decir, desde antes de que creyesen.

Como parte de la doctrina de Cristo está el hecho afirmado por él de que nadie puede venir a él a no ser que el Padre lo traiga a la fuerza (Juan 6:44). Asimismo, la seguridad de sus ovejas es absoluta: nadie las arrebatará de mis manos ni de las manos de mi Padre (Juan 10:28-29). El hecho de que la humanidad entera está por naturaleza imposibilitada de tomar alguna decisión por Cristo, se desprende de los textos bíblicos que afirman que toda ella está muerta en delitos y pecados (Romanos 5:12; Efesios 2:1; Juan 6:63).

Ya lo dijo desde hace siglos el profeta Isaías, en un clamor que reconoce a Dios como el único Dios soberano que siempre ha hecho como ha querido: Acordaos de las cosas pasadas desde el siglo, porque yo soy Dios, y no hay más Dios; y nada hay a mí semejante. Que anuncio lo por venir desde el principio: y desde antiguamente, lo que aún no era hecho. Que digo: Mi consejo permanecerá, y haré todo lo que quisiere. (Isaías 46:9-10).

César Paredes

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Tags: SOBERANIA DE DIOS

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