Viernes, 29 de enero de 2016

Los creyentes en Jesucristo miramos la cruz de Cristo como el emblema del poder de Dios para la salvación. Creemos en la expresión final exclamada por el Cordero inmolado, cuando expirando dijo: consumado es. El trabajo de Jesucristo se hizo en forma completa y por lo tanto perfecta, ya que lo completo y lo perfecto no necesitan añadidos. La noche anterior a la crucifixión el Señor oraba en un huerto, diciéndole al Padre que le agradecía por los que le había dado, por los que habrían de ser añadidos por la palabra de ellos, pero en forma particular manifestó que no rogaba por el mundo (Juan 17).

Se desprende de aquella plegaria la especialidad del trabajo de Jesús, quien vino en exclusiva a salvar a su pueblo de sus pecados (Mateo 1:21). Jesús no vino a salvar al mundo en su totalidad sino a su pueblo, aunque el amor de Dios por el mundo dice que la esfera de ese pueblo incluye a una gran parte de los gentiles. En la Antigüedad los judíos dividían el planeta entre judíos y gentiles; los romanos hacían algo parecido, hablaban del derecho romano y del derecho de gentes (de los gentiles).

Sabiendo que Jesucristo no rogó por el mundo, se entiende que murió solamente por su pueblo que incluye judíos y gentiles. Por esta razón conviene tener claro el significado de la cruz y la extensión del sacrificio del Señor en pro de su pueblo. La consumación de su trabajo se explica por el hecho de su eficacia, ya que Dios no puede tolerarse la frustración o el fracaso.  Si la expresión en la cruz tetélestai  (consumado es) implica perfección, vemos una coordinación entre la obra del Cordero perfecto y el alcance perfecto de su trabajo. Cristo salvó a todo su pueblo en el madero, los compró con su sangre y los liberó de las tinieblas del reino de Satanás. 

A través de la locura de la predicación el Espíritu va llamando a todos aquellos en quienes opera el nuevo nacimiento. No lo hace con el mundo por el cual Jesús no rogó sino solamente con los escogidos por el Padre desde antes de la fundación del mundo. Y sabemos que no hubo ni buenas ni malas obras en el momento en que Dios escogiera a Jacob y a Esaú para fines diversos, paradigmas de los dos grupos destinados también para propósitos distintos, sino solo el propósito de la elección y del elector (Romanos 9:11).

Pese a la evidencia bíblica y a los datos que se obtienen en el día a día, de que no todas las personas son salvas, hay quienes en nombre de su religión se atreven a decir que la cruz de Cristo implica un sacrificio por todos sin excepción. Pero los que osan decir que Jesucristo murió por todos sin excepción, ponen el implícito del fracaso de la cruz, como si la cruz hubiese quedado sin poder. Claro, su astucia no les permite asegurar tal proposición aunque su praxis deja en evidencia esta herejía en su trasfondo. Porque si Jesucristo redimió a todo el mundo de sus pecados, ¿cómo dar cuenta de los que se condenan? Solo una cruz sin poder podría explicar tal despilfarro de energía en un dios insatisfecho.

Ciertamente, los que abogan por la expiación universal deben creer que la cruz de Jesús está sin poder. Sin embargo, la Biblia asegura que Jesucristo salvó a todo su pueblo sin excepción, dado que la consumación del trabajo de Jesús en la cruz presupone el éxito en un 100%. No podría decirse que al Señor le faltaron algunas décimas de eficacia, puesto que él es el Cordero perfecto y sin mancha. El trámite para la salvación no presupone el trabajo conjunto entre Dios y el hombre, para completar décimas faltantes, sino una actividad unilateral frente a una humanidad toda ella muerta en el espíritu. El alma ciega no puede ver la medicina, el alma paralítica no puede extender su mano para asirla, por cuanto la muerte espiritual fue la consecuencia inexorable de la caída de Adán.

Si Cristo hubiese puesto su vida por cada alma en particular, el hecho de que una sola de ellas hubiese ido al infierno lo condenaría como un fracasado. Ahora, si millones de ellas continúan perdiéndose, el fracaso de la cruz sería monumental. De hecho, hay quienes piensan que el infierno es el tributo del fracaso de la cruz. Pero un Dios perfecto e inmutable, sabio y todopoderoso, no puede darse a la tarea del fracaso. Al contrario, el plan de la cruz incluía el 100% de éxito, por lo cual Jesús afirmó que no perdería ninguna de sus almas (Juan 6:39; Juan 10:28-29).

La eficacia del trabajo de Cristo en la cruz se ve por su expresión final que califica su trabajo consumado y perfecto. Sin embargo, esta perfección hecha en favor de su pueblo pasa a ser una locura en los que se pierden. No obstante, es también el poder de Dios en los que se salvan (1 Corintios 1:18). Carecen de conocimiento aquellos que erigen el madero de su escultura, y los que ruegan al dios que no salva (Isaías 45:20), los cuales se escandalizan de que Cristo haya expiado eficazmente a su pueblo dejando de lado al mundo por el cual no rogó.  La ignorancia de la justicia de Cristo es un síntoma de andar perdido sin salvación; por el contrario, el conocimiento del Señor es la garantía de que somos redimidos a través de su justicia perfecta. Cuando Dios salva a alguien es porque le ha mostrado su camino, que no es otro sino su Hijo en la cruz.

La justicia humana no satisface la justicia divina, de manera que quien pretenda añadir a la perfección su propia imperfección lo hace por causa del entendimiento entenebrecido. Dios salva o condena, pero jamás hace nada a medias. ¿Quién podrá añadir a su estatura un codo? ¿Quién podrá mudar las manchas del leopardo? Así tampoco será posible pretender añadir nuestra voluntad al propósito inmutable de Dios, pues en él vivimos, nos movemos y somos.

Jamás podríamos sugerir que de no haber sido por la eficacia de nuestra aceptación el Señor habría fracasado en salvarnos. Eso sería equivalente a anexarle a la perfección del trabajo de Jesucristo en la cruz un porcentaje de obra nuestra. He allí la prueba de pisotear la sangre de Jesús y de no haber alcanzado la redención de Jesucristo. Porque quienes aseguran que hay que aceptarle para que la salvación sea eficaz están hablando de un ídolo, de otro dios con nombre parecido. Mas si nosotros le aceptamos es porque él nos aceptó primero.

César Paredes

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Tags: SOBERANIA DE DIOS

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