Lunes, 25 de enero de 2016

Si los hombres prefieren las tinieblas a la luz en razón de que sus obras son malas, es lógico suponer que el Pelagianismo haya existido aún antes de Pelagio. El Monje inglés de la temprana era cristiana sucumbió ante la vieja idea sembrada en el Edén, la de que el hombre sería como dios y que en realidad no moriría. Para Pelagio Cristo era un ejemplo a imitar y de igual ayuda que la vieja ley de Moisés, pero no una necesidad espiritual, pues consideraba que el hombre no estaba totalmente caído y prescindía de la ayuda de Jesucristo. Semejante herejía fue criticada y condenada por Agustín y varios Sínodos.

Sin embargo, con astucia Pelagio se replegó para dar un nuevo y mejor ataque. En su segundo intento reconoció que Jesucristo era necesario para la salvación del alma, que había pecado original con el cual toda la humanidad estaba contaminada, pero mantuvo la idea de que el hombre era libre y podía decidir su destino. Los nuevos líderes de la iglesia asintieron ante su modificación y le dieron el visto bueno a su nueva doctrina conocida desde entonces por la historia eclesiástica como semipelagianismo.

Precisamente, Roma mantuvo su firmeza en esta doctrina para enfrentar al Protestantismo, de manera que en el Concilio de Trento defendió en sus cánones el libre albedrío humano. El libero arbitrio debía defenderse a toda costa, llamando maldito o anatema a todo aquel que negare la cooperación del hombre en la salvación de su alma. El trabajo de salvación habría de ser visto como sinergista (Vocablo que proviene de un compuesto griego: syn -conjunto y ergo -trabajo).

Jacobo Arminio fue un teólogo aparecido en la Reforma, pero alimentado con la teología de Roma, que infiltró la iglesia protestante desde la universidad. Su tesis es básicamente semi- pelagianismo, al sostener que el hombre coopera con Dios en su salvación. Es decir, que al asumir el libre albedrío se implica que no se está totalmente incapacitado en el espíritu. Es igual a decir que no hubo muerte o caída total sino parcial. Pero para los que fueren un poco más allá asumiendo la caída total, la Compañía de Jesús (los jesuitas) aportó su teología denominada Molinismo, por el trabajo de Luis de Molina, quien presentó la tesis de la gracia habilitante (o del justo medio).

Dios, en un acto soberano se desprende de su poder para permitir por un instante o momento que el hombre decida libremente su destino eterno. Con tal suposición Roma pretendía conciliar la soberanía de Dios con la libertad humana. Tal conciliación ha sido llamada compatibilidad, una presunción que declara que para que el hombre sea responsable ha de ser primero libre. Pero estas ideas no son sino fábulas, dado que las Escrituras contravienen tales suposiciones.

Por ejemplo, en Romanos nueve vemos que la salvación no depende de un esfuerzo de la voluntad humana sino de la gracia divina. No es una gracia que habilita por un instante sino que transforma perpetuamente el corazón del elegido por el Padre. El profeta Ezequiel habló de ello al referirnos lo que el Padre haría con su pueblo, el cambio del corazón de piedra por uno de carne. En Juan capítulo seis Jesús declaró que la única forma de ir hacia él venía dada por la voluntad de Dios, en forma absoluta. Nadie viene a mí si el Padre que me envió no lo trajere. El verbo traer que usa Jesús, de acuerdo al evangelio en su lengua original, es elko. Este vocablo se usa en referencia al arrastre o remolque de una nave en alta mar. Sabemos de la fuerza que habrá de emplearse para remolcar un barco, de manera que con esa imagen deja el Señor muy  en claro que no existe ninguna colaboración humana en el traslado a la fuerza de una persona a Cristo.

La necesidad del empleo del verbo elko ocurre por el hecho de que la criatura ha caído muerta en sus delitos y pecados, sin que quede un justo y sin que alguien desee en su naturaleza buscar al verdadero Dios. Pese a la descripción de la incapacidad humana para discernir por naturaleza las cosas que pertenecen al Espíritu de Dios, ondas del racionalismo y moralismo han sacudido la iglesia protestante desde hace siglos. Con mayor intensidad se mueven esas olas en las congregaciones de los que se profesan a sí mismos como creyentes. En consecuencia, el viejo Pelagianismo se ha vuelto atractivo y seductor cuando apela al respeto de la dignidad humana, proliferando incluso que el Espíritu Santo es un Caballero y no fuerza a nadie a tomar una decisión por Jesucristo.

Con semejantes declaraciones se niega el sentido del verbo elko, el mensaje de Ezequiel y muchas otras declaraciones bíblicas. Vemos que la mutilacion de las Escrituras, en virtud de la interpretación privada, nos exige denunciar la herejía pelagiana que se mueve con descaro en los púlpitos modernos y no ya tras bastidores. Los que construyen el evangelio antropocéntrico se basan en declaraciones humanistas como las de Rousseau, que el hombre es bueno por naturaleza, es la sociedad quien lo corrompe. Por eso hablan de la posibilidad de crear paz, justicia y felicidad a partir de un método moral. Así construyen un nuevo mundo, con las viejas raíces sembradas por Pelagio.

Pero Jesucristo habló de nuevo nacimiento, en contraposición al intento de llegar al cielo por métodos propios como los empleados en la más antigua conglomeración humana. No es por la vía de escalar una torre, como hicieron en Babel, que el hombre podrá llegar al cielo, sino por el ejercicio de la fuerza irresistible del Espíritu Santo que opera en los elegidos del Padre. Si Nicodemo ignoraba lo que se suponía aprendido por los doctores de la ley a partir de sus estudios del Antiguo Testamento, hoy día la feligresía que se dice creyente ignora a mayor escala lo que la Biblia asegura al respecto.

La muchedumbre exige respeto por la dignidad de la persona, pero olvida que se perdió en el huerto del Edén con la caída. Sin embargo, esa dignidad se recobra en Jesucristo, en tanto Cordero sin mancha que murió en representación y sustitución de su pueblo (Mateo 1:21). Los rabinos  pensaron que Abraham custodiaba las puertas del infierno para asegurarse que ninguno de su raza entrara a ese lugar. Jesús tuvo que dar la gran sorpresa a los de su etnia al decirles que Dios había amado al mundo. Ese mundo incluía a los gentiles, a quienes los judíos llamaban perros.

Pero su inclusión no implicaba a todos sin excepción sino al colectivo escogido por Dios, para que su Hijo los representara conjuntamente con los elegidos del pueblo judío. La única metodología aplicada sería la del nuevo nacimiento por obra del Espíritu, de acuerdo a la voluntad de Dios y no de varón. Pero esta temática descrita en el evangelio de Juan, precisamente tratada por Jesús frente a un maestro de la ley, tenía vieja data (véase Deuteronomio 30:1-6, Jeremías 23:1-8, Jeremías 31:31-34, Jeremías 32:37-41, Ezequiel 11:16-20, Ezequiel 36:16-28, Ezequiel 37:11-14,37:21-28), entre otros.

Vienen días en los cuales haré nuevo pacto con la casa de Jacob y la casa de Judá, no como el pacto que hice con sus padres el día que tomé su mano para sacarlos de tierra de Egipto; Mas éste es el pacto que haré con la casa de Israel después de aquellos días, dice Jehová: Daré mi ley en sus entrañas, y la escribiré en sus corazones; y seré yo a ellos por Dios, y ellos me serán por pueblo. Y Pablo atestiguó que nosotros somos el Israel de Dios. Lo que Jeremías declaró tocante al Nuevo Pacto se está cumpliendo, incluso Juan nos lo dice literalmente, pues no tenemos necesidad de que nadie nos enseñe porque tenemos la unción del Santo.

Entonces se concluye que los que reclaman el libre albedrío, como la bandera de la dignidad humana frente a Dios, demuestran que no tienen la unción descrita por Juan, revelada también desde el Antiguo Testamento. ¿Cómo puede alguien con el Espíritu de Cristo contradecir la palabra de Cristo? Si la Escritura expone que Dios endureció los vasos de ira preparados para el día de su ira y de la notoriedad de su poder, que odió a Esaú aún antes de hacer bien o mal; si la Biblia enseña que hay una manada grande cuyos nombres no fueron escritos en el libro de la vida del Cordero, desde la fundación del mundo;  si es explícito por la declaración bíblica que hay réprobos en cuanto a fe, cuya condenación no se tarda, ¿cómo pudo Jesucristo morir por todos sin excepción, habiendo sido enviado a morir por el pecado de su pueblo? (Mateo 1:21).

El evangelio inclusivista o la expiación universalista son otra gran mentira del padre de la mentira. Servir a ese dios es estar ausente del verdadero dios. El acto judicial por el cual el pueblo de Dios es declarado limpio y justo implica que es por el conocimiento que se tenga de Cristo que podemos ser salvos. Y es que no hay otro nombre, debajo del cielo, dado a los hombres en quien podamos ser salvos: Jesucristo hombre. La semilla espiritual que ha sido llamada descendencia es la justificada, a través del conocimiento de la persona y de la obra de Jesucristo. El que predestinó el fin lo hizo igual con los medios, la fe que necesitamos para creer el evangelio de la gracia también es un don de Dios.

Y la verdad no se mezcla con la mentira ni lo verdadero con lo falso. La iglesia de Cristo no puede habitar en la sinagoga de Satanás, por lo tanto la Escritura exclama a gran voz: salid de ella, pueblo mío. El que no es pueblo de Dios ha de quedarse en la Babilonia terrenal, siguiendo la fábula y los mitos del padre de la mentira. Estos son los que adulteran o tuercen la Escritura para su propia perdición, los que llamando bueno a lo malo declaran la universalidad de la expiación, manifestando no entender la declaración del evangelio. Estos no tienen el conocimiento de Jesucristo.

César Paredes

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Tags: SOBERANIA DE DIOS

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