Lunes, 14 de diciembre de 2015

El que vive para siempre es el Dios soberano, quien no tiene semejante. El hace morir y hace vivir, no tiene dioses a su lado. El hiere y cura, y no hay quien de su mano pueda librar. Esta es en parte su propia definición de su soberanía escrita en Deuteronomio 32:39. Pero la reiteración de este mensaje es muy variada y así lo ha hecho saber el Espíritu Santo a través de sus escritores. Tal pareciera que el tema central de toda la Escritura es el mensaje de la absoluta soberanía de Dios: Jehová mata, y él da vida: El hace descender al sepulcro, y hace subir. Jehová empobrece, y él enriquece: Abate y ensalza. El levanta del polvo al pobre, y al menesteroso ensalza del estiércol, para asentarlo con los príncipes; y hace que tengan por heredad asiento de honra: Porque de Jehová son las columnas de la tierra, y él asentó sobre ellas el mundo (1 Samuel 2:6-8).

Pero bástenos recordar el momento de la creación narrado en el Génesis. ¿Dónde estábamos nosotros cuando Dios formaba la tierra? ¿Cómo podemos decir que nos hicimos a nosotros mismos y no que Él nos haya creado? Para nada fuimos consultados en cuanto a los planes eternos e inmutables que tuvo el Señor al momento de crearnos, de manera que desde el primer verso de la Escritura hay una proclama de la más absoluta soberanía de Dios.

LAS ACCIONES MALAS DE LOS HOMBRES

La historia de José cuando fue vendido como esclavo por sus hermanos es muy conocida y emblemática, en especial su parlamento ante ellos: Ahora pues, no os apesadumbréis, ni os pese de haberme vendido acá; que para preservación de vida me envió Dios delante de vosotros (Génesis 45:5). Vosotros pensasteis mal sobre mí, mas Dios lo encaminó a bien, para hacer lo que vemos hoy, para mantener en vida a mucho pueblo (Génesis 50:20).

¿O qué diremos de Moisés ante Faraón? ¿No fue Dios quien endureció su corazón ante las maravillas que le mostraría su enviado, de manera que no dejara ir todavía a Israel? (Exodo 4:21). Cuando Sansón fue a buscar mujer entre los filisteos, su padre y su madre se opusieron pero él desobedeció y continuó con su plan. La Biblia dice que ni el padre ni la madre de este legendario hombre sabían que esto venía de Jehová, y que él buscaba ocasión contra los Filisteos (Jueces 14:4).

El salmista escribe su poema declarando la verdad detrás de las malas acciones de los hombres: Ciertamente la ira del hombre te acarreará alabanza: Tú reprimirás el resto de las iras (Salmo 76:10), es decir, la gloria de Dios en sus juicios y justicia habrá de ser alabada por los trámites de la impiedad humana. En realidad Él ha hecho al impío para el día malo (Proverbios 16:4). Aún Ciro vino a ser un pastor que cumpliría todo lo que Jehová quiso, diciendo a Jerusalén serás edificada; y al templo: serás fundado (Isaías 44:28). El rey de Asiria también fue el báculo del furor de Dios destruyendo no pocos pueblos, sin saber que era enviado del Altísimo, creyendo que lo hacía de sí mismo. Pero a su debido tiempo su soberbia sería castigada.

Y es que no hay ningún mal en la ciudad que Jehová no haya hecho (Amós 3:6). ¿O nos hemos de olvidar que Jesús Nazareno fue entregado por determinado consejo y providencia de Dios, a las manos de los inicuos para crucificarlo? (Hechos 2: 23).  Por esta razón se juntaron en Jerusalén contra Jesús el Hijo de Dios, tanto Herodes como Poncio Pilatos junto a los gentiles y la gente de Israel, para hacer lo que la mano y el consejo de Dios habían antes determinado que había de ser hecho (Hechos 4:27-28). En este punto no cabe sino exclamar ¡Oh profundidad de la potencia de la soberanía de Dios! ¡Poderosa e inexpugnable, nadie puede resistirla!

LAS ACCIONES DE LOS MALOS ESPIRITUS O DEMONIOS

El censo de Israel y Judá bajo el mandato de David nos muestra dos perspectivas del relato bíblico. Una desde la óptica de la tentación diabólica y otra desde el ángulo eterno e inmutable de la soberanía divina. Las Crónicas de los reyes de Israel señalan a Satanás como el conspirador para instigar a pecar a David y hacer el censo. Pero Samuel escribe que fue el Señor quien movió a David para que hiciera el censo a Israel y a Judá (Compare 1 Crónicas 21:1 con 1 Samuel 16:14-16). Poco importa que el diablo sea el tentador, es Dios quien lo maneja para cumplir su propósito en la salvación de su pueblo y en la condenación de los réprobos en cuanto a fe.

Recordemos la historia del malévolo rey Acab cuya esposa era la malvada y hechicera Jezabel, sierva de Baal. Jehová se dispuso matarlo pero nos dejó una historia por demás elocuente de la manera soberana como opera. En una asamblea de espíritus preguntó quién induciría a Acab para que fuera a pelear en una batalla y cayera en medio de ella. Mientras unos opinaban de una u otra manera, uno de los espíritus dijo que él iría. Entonces el Señor le preguntó de qué manera lo haría y aquél respondió diciendo que él mismo sería espíritu de mentira en boca de todos sus profetas. El Señor le respondió que lo hiciera de esa manera, decretando el mal de esa forma (Esta historia puede corroborarse en 1 Reyes 22:19-23).

NUESTRAS BUENAS ACCIONES

Dada la soberanía divina Jesucristo aclara que no lo elegimos nosotros a él sino que él nos eligió a nosotros. En este sentido nadie puede argumentar que levantó la mano, que dio un paso al frente, que hizo una oración meritoria, que tomó la decisión de seguir al Señor. Si hacemos una cosa u otra, todo es obra del que nos llama de las tinieblas a la luz. Pablo también lo predicó de esta manera al decirnos que somos hechura de Dios, creados en Cristo Jesús para buenas obras, las cuales ya fueron preparadas desde antes por Dios mismo para que anduviésemos en ellas.

Nos toca practicar el bien que ya está hecho para que andemos en él. Hemos de obrar con amor principalmente, teniendo cuidado de los de la familia de la fe. Además, el bien que hacemos es parte de los frutos que rendimos y que permanece.

Como parte del alcance de la soberanía de Dios en el cuidado de sus hijos, la elección hecha por el Padre nos permite pedir cualquier cosa de acuerdo a su voluntad y nos será dada. Ciertamente, debemos ocuparnos de nuestra salvación con temor y temblor porque Dios es el que en nosotros produce el querer como el hacer, por su buena voluntad (Filipenses 2:12-13).

Podíamos hablar de cómo Dios controla también lo que hacen los ángeles buenos, los cuales son espíritus ministradores para el cuidado de los santos, o podríamos hablar del control absoluto que tiene sobre los eventos de la naturaleza. Nada se mueve sin su voluntad, ni un pájaro cae a tierra sin que el Padre lo desee. Hasta el asna de Balaam fue controlada a la perfección por la voluntad de Dios, el cual había enviado un ángel momentos antes para que el profeta fuese reprendido. Los cuervos fueron enviados para llevarle carne al profeta Elías y el ángel de Dios fue enviado a sellar las bocas de los leones cuando Daniel estaba en el foso. Recordemos la pesca milagrosa que rompía las redes cuando el Señor ordenó echarlas al otro lado de la barca.

Bien cabe la pregunta del objetor bíblico, ¿quién resiste a su voluntad? Pero esta vez la haremos no desde la objeción sino desde la humillación ante el Dios soberano, ya que no hay quien se le oponga y le diga, ¿qué haces?; porque aún la tormenta del mar calla ante su voz y la paz vuelve al alma cuando el Espíritu la cobija. Más bien la Escritura dice ¿quién eres tú para discutir con Dios? Eliú al hablar con Job le dice algo que debemos recordar siempre: ¿Por qué tomaste pleito contra él? Porque él no da cuenta de ninguna de sus razones (Job 33: 13).

¡Ay del que pleitea con su Hacedor! El tiesto con los tiestos de la tierra. ¡Ay del que dice al padre: ¿Por qué engendraste? y a la mujer: ¿Por qué pariste? Así dice Jehová, el Santo de Israel, y su Formador: Preguntadme de las cosas por venir; mandadme acerca de mis hijos, y acerca de la obra de mis manos (Isaías 45: 9-11).

César Paredes

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Tags: SOBERANIA DE DIOS

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