Mi?rcoles, 09 de diciembre de 2015

Los pueblos del mundo piden señales y sabiduría para reconocer a Dios y a sus enviados. Las naciones no se conforman con la palabra revelada porque carecen de fe para confiar en ella. Los habitantes del planeta alegan que de haber un Dios que gobierne el mundo éste no sería tan malo, no habría guerras y no morirían niños asesinados. Pero por si acaso existiese ese Dios sería conveniente que presentara sus credenciales, acompañadas de señales milagrosas y con mucha sabiduría que convenza.

La revelación escrita denuncia que la humanidad entera murió en Adán y se encuentra en enemistad contra Dios. Los seres humanos son declarados muertos en sus delitos y pecados de manera que no queda ni siquiera uno que busque al verdadero Dios. La intención humana en buscar lo divino va secundada por los parámetros que le dicta su corazón atado a su cultura. Un dios hecho a la imagen y semejanza de los hombres, al estilo del paganismo helénico, continúa de moda en los corazones de las criaturas racionales del Creador.

Anteriormente eran los judíos los que tipificaron el escenario de los que buscaban señales; los milagros realizados por los profetas los autenticaban ante el pueblo. El pueblo griego como representante de los gentiles (las gentes en la Biblia) pedía sabiduría, de acuerdo al prototipo de su legado a la humanidad. No fueron pocos los pensadores que la Grecia antigua levantó para beneficio del intelecto humano, de manera que en su sapiencia tenían un monumento dedicado al Dios no conocido, por si acaso hubiese uno distinto a los que veneraban.

El apóstol Pablo recogió ambas ideas en su carta a los Corintios al escribir que los judíos piden señales y los griegos buscan sabiduría. Sin embargo, el apóstol contrastó esas ideas con lo que anunciaban los primeros cristianos al mundo entero, a Cristo crucificado. ¿Querían los judíos señal? Miren al Mesías anunciado por los profetas, tan divulgado en su cultura religiosa. ¿Exigen los griegos sabiduría? En el crucificado tenían la sabiduría de Dios. Pero el mundo no pudo entender en su sabiduría la sabiduría divina, de manera que quiso Dios salvarnos por medio de la locura de la predicación.

Esta predicación de las buenas nuevas se hace en un sentido general para vida y para muerte. El propósito del anuncio no es otro que dar a conocer a los elegidos del Padre el sacrificio total de su Hijo en la cruz, la expiación total y absoluta de todos los pecados de su pueblo. Pero al mismo tiempo cumple otro objetivo, endurecer a los réprobos en cuanto a fe que desean añadir a lo que ya fue consumado y perfecto algo más para completarlo. También se endurecen los que niegan el hecho de que Jesús sea el Hijo de Dios, que vino a este mundo a cumplir la tarea encomendada por su Padre.

El evangelio se convierte entonces en una locura, pues si el Padre ya tiene elegido a su pueblo, si el Hijo ya los redimió en la cruz, si el Espíritu es quien los devuelve a la vida, entonces ¿para qué la predicación? Pero el Dios de la palabra, el Verbo encarnado y el Espíritu que da vida así han querido que sea expandida la noticia, en medio de judíos y gentiles. Relevante resulta que a los que pedían señales no les fuese dada otra señal que la de Jonás (tres días sepultado en el vientre de un pez) y los que pedían sabiduría obtuvieron solamente la sabiduría de Dios (la locura para el mundo).

Jesucristo vino a ser para ambos grupos, judíos y gentiles, una roca de tropiezo que hace caer (1 Pedro 2:4-8). He allí otro lado de la locura de la predicación, por cuanto si Jesucristo es presentado como el Salvador del mundo pasa a ser antes que nada un obstáculo en el examen requerido. Porque las naciones quieren pruebas objetivas de que Dios sea Dios, de que cuanto acontece en el universo obedece a su voluntad soberana, de que la injusticia entre nosotros sea juzgada con rigor, de que la estupidez espiritual humana desaparecerá de nuestro planeta. Sin embargo, para resaltar la gloria de la justicia de Dios, así como su misericordia, el Señor escogió desde antes de la fundación del mundo a dos grupos de personas: unos como vasos de honra y otros como vasos de deshonra.

Jesucristo crucificado vino a ser tropezadero y locura para los judíos y para los griegos (gentiles), respectivamente. Pero para ambos grupos Cristo también vino a ser la potencia de Dios y la sabiduría de Dios porque de la raza humana escogió Dios lo necio del mundo, lo que no es, lo que es flaco, para avergonzar a los sabios y a lo fuerte. Aquello vil y menospreciado por el mundo fue escogido por Dios a fin de que ninguna carne se jacte en su presencia. Mal puede alguien añadir a la obra perfecta de Dios su propia justicia de hacer o dejar de hacer, ya que Jesucristo ha sido hecho por Dios para nosotros sabiduría y justificación, santificación y redención. De manera que si en algo debemos gloriarnos será en el Señor.

Hay un llamado general que hace el evangelio, ya que no distingue entre elegido y reprobado. El anuncio de la buena nueva de salvación es dirigido a judíos y griegos, en cuanto no podemos distinguir quiénes son los que lo escucharán para salvación. Pero hay un llamado interno que solamente hace el Espíritu Santo a aquellos que habrá de darles vida por intermedio del nuevo nacimiento. Este último grupo corresponde a los descritos por Pablo cuando escribió que a los que predestinó a estos también llamó. Estos son los conocidos por Dios en forma íntima, al igual que José conoció a su mujer después de haber tenido el niño; éstos han sido amados por el Padre con amor eterno, pero estaban (y otros están todavía por un tiempo) bajo su ira porque siguen al príncipe de la potestad del aire.

El anuncio del evangelio consiste en proclamar la liberación de la cautividad satánica a la que han sido sometidas las ovejas del Padre. El pueblo de Jesucristo, llamado también sus amigos y su iglesia, fue el beneficiario de la redención comprada en la cruz. Estos son los que oyendo el evangelio y alumbrados por la gracia de Dios despiertan de su letargo de muerte y resucitan para siempre por la vivificación del Espíritu. Los que no pueden creer este evangelio llaman a esta palabra dura de oír, por lo cual Cristo viene a ser para ellos la roca que golpea y despedaza. Para los que son salvados por gracia Jesucristo es la roca de su fundación, pero no tropiezan en ella ni ella les cae encima.  Para esto solamente Dios es suficiente, pues no depende de quien quiere ni de quien corre, sino de Dios que tiene misericordia (Romanos 9:16). Por lo cual también contiene la Escritura: He aquí, pongo en Sion la principal piedra del ángulo, escogida, preciosa; y el que creyere en él, no será avergonzado. Para vosotros, pues, los que creéis, él es precioso; pero para los que no creen, la piedra que los edificadores desecharon, ha venido a ser la cabeza del ángulo; y: piedra de tropiezo, y roca que hace caer, porque tropiezan en la palabra, siendo desobedientes; a lo cual fueron también destinados (1 Pedro 2:6-8).

César Paredes

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Tags: SOBERANIA DE DIOS

Publicado por elegidos @ 10:28
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