Martes, 08 de diciembre de 2015

Tenemos una confianza especial a través de Cristo para con Dios, no que seamos suficientes en nosotros mismos sino que nuestra suficiencia es Dios (2 Corintios 3:4-5). No hay gloria posible para el ser humano ya que en su forma natural es considerado por el Creador como una criatura muerta en sus delitos y pecados. Ciego, sordo, de mente entenebrecida, con un corazón perverso más que todas las cosas, el ser humano caído en pecado es valorado como trapo de mujer menstruosa. Tal calificativo es devastador para el orgullo humano, lo denuncia y lo señala como incapaz de querer lo bueno. Confirma una vez más la Escritura que no hay justo ni aún uno.

Nuestra suficiencia ante Dios es Dios mismo, es decir, por el trabajo en la cruz que hizo Jesucristo en favor de los elegidos del Padre. Todo su pueblo (llamado también ovejas, amigos, iglesia), una vez que ha nacido de nuevo por voluntad divina, puede decir que tiene la garantía de aquella confianza especial. Pero a pesar de lo que la Biblia expone hay gente que se dice a sí misma creyente y cree cosas diferentes a lo que la Escritura nos dice. Por ejemplo, pudiera ser que se asuma como válido que en cada nación exista gente temerosa de Dios y que hace justicia, pese a que se desconozca el evangelio.

El reclamo contra Dios se agiganta por cuanto continentes enteros fueron dejados por siglos sin la exposición de la salvación reseñada en la Biblia. Los que así argumentan sostienen que hay gente que sin creer el evangelio del que nunca han oído, sin temer al verdadero Dios vivo que demanda una justicia perfecta (que es Jesucristo), siempre y cuando tengan buenas intenciones en su corazón serán salvos. Esto es parte de lo que se ha denominado sincretismo religioso, al asumir que en su ignorancia de la verdad la humanidad entera busca adorar al mismo Dios. Solamente que lo adoran bajo los distintos nombres que la cultura les ha permitido, de manera que si Dios en realidad es justo debería darse por satisfecho de que la gente tema al Dios no conocido.

Pero la Escritura dice contra tal herejía que sin fe es imposible agradar a Dios, ya que es necesario que el que se acerca a Él crea en Él quien galardona a los que lo buscan con diligencia (Hebreos 11:6).  El apóstol Pablo dijo que las cosas que para él eran ganancia las reputó como pérdida por amor de Cristo. Todo lo tuvo por estiércol, para ganar a Cristo (Filipenses 3: 7-8). Interesante que aquel fariseo llamado Saulo de Tarso no tenía ningún tipo de justicia ante Dios, muy a pesar de su celo por la ley, por la adoración, por el conocimiento de ese Ser Supremo que tanto anhelaba. En realidad Saulo tenía un conocimiento no conforme a ciencia y andaba perdido por ignorar la justicia de Dios (como sus coterráneos descritos en Romanos 10:1-3). Como fariseo exhibía su propia justicia en la persecución de los creyentes, estando incluso en el asesinato de Esteban sosteniendo sus vestiduras. Saulo de Tarso llamaba bueno a lo malo y a lo malo bueno (Isaías 5:20).

Saulo no pudo convertirse en Pablo por sus propios méritos o por su propia suficiencia. Ya él mismo lo dijo después de ser redimido, que todo lo bueno que pudo haber tenido no era más que estiércol. Incluso la fe que tanto se pregona en el mundo religioso, la fe en Jesucristo, viene a ser un regalo de Dios (Efesios 2:8) y no es de todos la fe (2 Tesalonicenses 3:2). La Biblia da una definición de fe tan importante como sencilla, ella dice que la fe es la sustancia de las cosas que se esperan (Hebreos 11:1). Esa sustancia en su original griego dice mucho más que en su versión del latín eclesiástico, ya que el vocablo hypostasis (πστασις) quiere decir lo que está debajo (lo que soporta o sostiene). Entonces la fe es aquella cosa que está debajo de las cosas que se esperan; por eso no cualquiera puede tener fe sino solamente aquellos a quienes les es dada. ¿Qué es aquello que está debajo? Es Dios mismo, es el conjunto de sus promesas, es su palabra inmutable. Si Dios es siempre un sí y un amén entonces las cosas que se esperan porque Él así lo prometió son de una certeza absoluta. En esta breve definición queda excluida de grado natural la duda, pues ¿cómo decir que creemos en la palabra de Dios y al mismo tiempo dudar de ella?

La insuficiencia natural del hombre caído impide que busque a Dios o que entienda las cosas espirituales. El corazón no regenerado está absolutamente corrompido e inhabilita al individuo para desear en lo más mínimo la verdad del único Dios. Si se acerca a lo espiritual lo hace desde su propia ideología, desde su perspectiva a la cual acomoda todo lo que oye y lee. El profeta Jeremías dijo que el etíope no puede mudar su piel ni el leopardo sus manchas, de manera que el corazón del hombre no redimido es incurable.

El que vive conforme a la carne (a la naturaleza caída) habla acerca de las cosas de su propia naturaleza, de lo que definía Jeremías en cuanto al corazón engañoso del hombre. Pero hay gente que habiendo nacido del Espíritu habla cosas que son propias de los redimidos, asuntos de vida y paz, de acuerdo a lo profetizado por Ezequiel en cuanto a que su corazón de piedra sería cambiado por uno de carne (en el sentido positivo del término, de acuerdo al contexto en que hablaba el profeta).

La insuficiencia humana es suplida por la suficiencia divina.  Si las cosas viejas pasaron, como señala la Escritura respecto de los que han nacido de nuevo, entonces el viejo corazón del que hablara Jeremías, el cual es el mismo de piedra descrito por Ezequiel, también ha quedado atrás. Dado que la naturaleza humana todavía está vendida al pecado seguimos pecando, aunque no practicando el pecado. No lo practicamos porque no nos sentimos bien con la nueva naturaleza implantada en nosotros, porque el Espíritu se contrista en medio nuestro y eso también nos contrista. El que no ha sido regenerado peca sin la aflicción del Espíritu porque éste no mora en él; aquél sigue los pensamientos de la carne que lo hacen feliz.

La nueva naturaleza implantada en nosotros nos hace huir del extraño, del cual no conocemos su voz, para seguir siempre al buen pastor. Jamás podrá una oveja ser engañada por el extraño, jamás podrá por lo tanto confesar un falso evangelio. Aquellos que añaden a la obra suficiente de Cristo su propia justicia de hacer y no hacer están bajo el dominio del extraño y la verdad no está en ellos. La suficiencia de Dios nos da claridad doctrinal, nos permite comprender las Escrituras, pero también nos ayuda a discernir lo que escuchamos para apartarnos de las doctrinas de demonios y de los herejes sus seguidores.

A la pregunta de los discípulos a su Señor acerca de si eran pocos los que se salvaban, el Señor les respondió que lo que es imposible para nosotros es posible para Dios. Sí, porque muchos (y no todos) son llamados, pero pocos los escogidos. La suficiencia de Dios la tenemos en la muerte de Jesucristo, todos aquellos que hemos sido y que serán llamados por el Padre para ir al Hijo.

César Paredes

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Tags: SOBERANIA DE DIOS

Publicado por elegidos @ 14:01
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