Martes, 08 de diciembre de 2015

Una de las características sorprendentes de la naturaleza de Dios es el hecho de que pueda declarar el final desde el principio. Esto es diferente a la predicción o vaticinio de los agoreros y adivinos, ya que en Jehová es un sí y un amén lo que sucede y promete. Él mismo lanza un desafío a aquellos que proclaman otro dios, diciéndoles que no hay otro Dios como Él, ya que desde el pasado las cosas todavía no hechas las ha declarado como algo que se hará. Añade que su deseo se cumplirá sin ningún tipo de obstáculo y dado que Él ha hablado Él mismo lo hará suceder.

Este es uno de los grandes contenidos en el libro del profeta Isaías, pero es igualmente algo que impresiona al lector y en especial al creyente. No se trata de un Dios adivino que prevé el futuro, como alguien que mira a través de una bola de cristal. La expresión Sí, Yo he hablado; sí, Yo lo haré venir aclara la manera en que Él conoce, no por mirar en el túnel del tiempo sino por realizar lo que desea (Isaías 46: 9-11).

Los que creen en forma contraria a la Escritura están violentando la ley de la coherencia de la fe. Estos pregonan un evangelio diferente por lo cual han de ser llamados herejes. Sabemos que un hereje no tiene vida eterna y está condenado, a no ser que sea llamado a arrepentimiento de esa obra de la carne (como lo señala el libro de los Gálatas). Creer contra la Escritura no es asunto de una pequeña inconsistencia o cuestión de énfasis doctrinal, es simplemente asumir otro evangelio. No en vano el apóstol Pablo llama a tales personas anatemas que quiere decir malditos.

Aquellos que sostienen que Dios sabe el destino de los hombres porque mira en sus corazones y lo descubre, no han entendido en nada el planteamiento de la Escritura. Él es quien escoge el futuro de cada una de sus criaturas, incluso desde antes de que nazcan, desde antes de la fundación del mundo. De manera que hay quienes se levantan con su puño para encararlo y preguntarle la razón por la cual inculpa, ya que nadie ha podido resistir a su voluntad. La idea de un Dios soberano exacerba los corazones de los impíos y mucho más de aquellos que mezclan su impiedad con cristianismo. Un poco de Biblia debería ocultar el paganismo pero lo que sucede es lo contrario, la impiedad enturbia la lectura del sagrado libro como unas gotas de veneno hacen mortal el agua cristalina que se bebe.

Lo que hablamos es un asunto de vida y muerte, pues quien cree que Dios conoce porque ve las decisiones de los hombres está muerto en sus pecados. Hablamos verdad contra mentira, nos referimos al verdadero evangelio enfrentado con el falso evangelio. En resumen, es el verdadero Dios revelado en la Escritura el que es mal visto por los que adoran al falso dios creado en su imaginación. Porque este dios concebido a imagen y semejanza de la mente que resiste al Dios de la Biblia es presentado como el creador del universo, pero con la salvedad de que no ha decretado cada evento que sucede en su vasta creación y bajo la condición de que solamente permite lo que acontece. El hecho de que Dios haya escogido desde el principio (desde antes de la fundación del mundo) quién sería salvo y quién sería condenado ha sido un pretexto para murmurar en su contra.

Señala el evangelio de Juan (capítulo 6) la historia de un grupo de personas que habían presenciado ciertos milagros de Jesús.  La muchedumbre seguía por al menos dos días continuos al Señor de las maravillas, habían comido de los panes y los peces, escuchaban su palabra con atención, hacían esfuerzos de movilización por tierra y por mar. Ellos estaban agrupados y dormían a la intemperie con tal de no perderse el capítulo siguiente de sus maravillas. Hubiesen permanecido así por mucho tiempo si el Señor hubiese hablado cosas suaves a su corazón, pero en lo que escucharon las palabras duras de oír se espantaron y comenzaron a retirarse hasta dejarlo solo con los doce.

El apóstol Juan nos dice que ellos eran discípulos, alumnos que aprendían de su Maestro. Pero a la gente le gusta aprender lo que se amolda a su ideología, no lo que los meta en crisis. Cuando escucharon que nadie podía ir a Jesús,  a no ser que el Padre  que lo envió lo trajese a la fuerza, dijeron que esa palabra era dura de oír, que tal vez nadie podía escucharla.

Jesús sabía todas las cosas desde el principio y por lo tanto estaba enterado de sus murmuraciones. De allí que los enfrentó diciéndoles lo que más les desagradaba: ¿esto os ofende? ... Por eso os he dicho que ninguno puede venir a mí, si no le fuere dado del Padre (Juan 6: 61 y 65). Se entiende por el texto que quienes están ofendidos por la doctrina de la predestinación de Dios, realizada a través de su decreto eterno e inmutable, sin miramiento a las obras buenas o malas que los hombres harían, están bajo la sospecha de no ser enviados por el Padre. Ellos han ido voluntariamente por asuntos religiosos, porque siguen como prosélitos a los líderes del evangelio diferente. Tal vez han estado bajo el impacto de las maravillas leídas, de las enseñanzas aprendidas, del temor al futuro, pero en realidad no han sido enviados por el Padre al Hijo. Esta es la razón por la cual se escandalizan de la doctrina enseñada por Jesús, predicada por los apóstoles y declarada por los profetas.

Pero la revelación bíblica nos dice que Dios no previó lo que pasaría para elaborar sus profecías, que Él no ha basado sus determinaciones en lo que los seres humanos harían.  Si tal hubiese hecho implicaría que se copió las ideas de los hombres y las escribió como sus declaraciones a los profetas. Esta concepción llevaría al absurdo de sostener que la crucifixión del Hijo no fue planificada desde antes de la fundación del mundo, sino una vez creado éste y una vez que los seres humanos la idearon por cuenta propia.

Por eso enfatizamos que tal creencia es una herejía que demuestra que tal hereje no ha nacido de nuevo y continúa muerto en sus delitos y pecados. En otras palabras, está bajo la ira de Dios y morirá eternamente si no es llamado a arrepentimiento. La Biblia enfatiza que Dios es quien hacer morir y hace vivir, quien hiere y quien cura, sin que haya alguien capaz de liberar al hombre de su mano (Deuteronomio 32:39). Empero si él se determina en una cosa, ¿quién lo apartará? Su alma deseó, e hizo. El pues acabará lo que ha determinado de mí: Y muchas cosas como estas hay en él (Job 23: 13-14). Las cosas primeras he aquí vinieron, y yo anuncio nuevas cosas: antes que salgan a la luz, yo os las haré notorias (Isaías 42:9).

Si el lector desea abundar en citas semejantes lo que debe hacer es buscar en una Biblia de principio a fin y encontrará abundante material al respecto. No es posible ni conveniente adorar a este Dios soberano junto a aquellos que niegan tal soberanía. La mezcla mortal implicaría enturbiar el agua clara, combinar lo limpio con lo inmundo, traer fuego extraño ante su presencia, todo lo cual es una abominación. Tampoco debemos decirle bienvenido a ninguno que no traiga la doctrina de Cristo tal como la enseñan las Escrituras, ya que la recomendación del Señor es huir de Babilonia. Sabemos cuál es la actitud de Dios frente a aquellos que adoran a un dios falso.

La soberanía de Dios es una doctrina odiada, temida y silenciada en los templos contemporáneos, los cuales son llamados por Juan en el Apocalipsis Sinagogas de Satanás. En tales sinagogas cuando de ella se habla se tuerce la Escritura, para convencer a la audiencia de que Dios en un acto soberano se despoja momentáneamente de su soberanía ante el libre albedrío del hombre. Se les dice a los oyentes que él ya hizo su parte en la cruz pero que ahora le toca a cada quien hacer la suya. Semejante dios hizo un trabajo insuficiente e imperfecto que necesita de la voluntad humana para salvar al pecador. Tal dios no murió por nadie en específico sino por toda la humanidad en forma potencial. La Escritura falseada para intentar seducir a las almas inconstantes generan la perdición de quienes la tuercen. Pero en esto también hay predestinación por cuanto ella declara que cuando Jesús hablaba en parábolas lo hacía para que no entendieran el misterio del reino de los cielos.

Predicamos este evangelio porque ha sido ordenado en la Biblia y estamos ciertos de que no se molestarán ni murmurarán de él los que son llamados por el Señor, aquellos que el Padre les dio desde antes de la fundación del mundo. Quiso Dios salvar al mundo por medio de la locura de la predicación, la cual anunciamos porque ¿cómo invocarán a aquel en el cual no han creído? ¿y cómo creerán a aquel de quien no han oído? ¿y cómo oirán sin haber quien les predique?  Ciertamente, si oyen de otro dios y creen en el otro evangelio su fin será de muerte, pero el que cree en el Hijo porque el Padre lo envió hacia él tiene vida eterna y ha pasado de muerte a vida.

César Paredes

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Tags: SOBERANIA DE DIOS

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