Viernes, 04 de diciembre de 2015

El evangelio hay que valorarlo por medio de sus proposiciones, todo aquello que se dice como verdad revelada. Jesucristo dijo que todo lo que el Padre le diera iría a él, sin lugar a dudas. No dijo que lo que el Padre le diera iría a él siempre y cuando la gente lo quisiera, sino que el deseo de Dios como soberano se cumpliría sin equívoco. Ciertamente la gente va a Cristo y permanece con él, desea y quiere estar a su lado, pero ese querer como ese hacer depende de la voluntad de Dios y obedece al anhelo de un corazón transformado.

El profeta Ezequiel se refirió al evento en el que Dios cambiaría el corazón de piedra por uno de carne y daría en consecuencia un espíritu nuevo que le desease. Bien, ese trabajo del Espíritu Santo se conceptúa en el Nuevo Testamento bajo la figura del nuevo nacimiento. Fue Nicodemo uno de los que desconocía el significado del acto de nacer de nuevo. Jesucristo le tuvo que explicar que esa obra no dependía de voluntad humana sino exclusivamente de Dios. Era y es un acto sobrenatural, soberano, en donde el hombre es un agente pasivo que recibe el querer y el hacer en virtud de la buena voluntad del Padre.

¿Qué es entonces lo que tenemos que anunciar? ¿Qué cosas hay que decirle a la gente que escucha la predicación del evangelio? La buena noticia de Dios es que Jesucristo ya pagó por todos los pecados de todos aquellos que el Padre le dio antes de ir a la cruz. No existe una libre oferta del evangelio, como si alguien estuviera vendiendo un producto o regalando un bien. Al decir la verdad revelada la mentira queda expuesta, si Cristo no rogó por el mundo la noche antes de su crucifixión no pudo morir por ese mundo. El oró por los que el Padre le había dado, porque eran de Él, de manera que al día siguiente murió por ellos. Este grupo numeroso de personas incluye a los que ya habían creído y a los que creerían después por la palabra de aquellos.

Si Dios abrió el corazón de Lidia para que comprendiese lo que Pablo hablaba, se ha de entender que la vendedora de púrpura estaba incluida en aquellos que el Padre le diera al Hijo. El Hijo cuando dio las gracias por los que le habían sido dados incluía, sin dudas, a Lidia. Judas Iscariote era del mundo como Caín era del maligno; Faraón fue endurecido por Dios para exaltar el nombre grande del Rey soberano. Se entiende que Jesucristo no rogó por ellos (porque ellos son ese mundo por el cual dijo que no rogaría), por lo tanto no pudo llevar sus pecados en la cruz.

¿No lo dice la revelación divina cuando el Espíritu inspiró a Pablo para que escribiera acerca de los gemelos que fueron separados para destinos diferentes y opuestos, cuando ni siquiera habían hecho ni bien ni mal? Es verdad que a muchos les parece dura de oír esta palabra del Señor, por lo cual se murmura y se coloca como excusa para huir de su presencia. Entonces, ¿cuál fue la libre oferta del evangelio para Jacob o para Esaú? Ambos fueron escogidos por el mismo Dios para destinos opuestos, sin que mediara obra alguna de parte de ellos. La obra que los gemelos realizaron fue consecuencia de su predestinación. Por esta razón el Espíritu levantó un objetor por medio de las palabras de Pablo, alguien que contendiera con Dios por su exceso de soberanía.

La pobre criatura humana ha de hacer lo que está escrito de ella, de manera que la pregunta parece ser lógica y válida: ¿Por qué, pues, Dios inculpa? Pues ¿quién ha resistido a su voluntad? Esta objeción exhibida en la Escritura demuestra que no hay ninguna libre oferta del evangelio, ya que Dios no le estuvo ofreciendo nada bueno a Esaú. Más bien, lo que demuestra la objeción es que Dios endurece a quien quiere endurecer, si bien tiene misericordia de quien quiere tenerla. Este acto soberano genera disturbio en la mente de los que moran en el mundo.

Si Dios hubiese deseado la salvación de toda la humanidad lo hubiese hecho. Sin embargo, el Hijo reconoció que nadie podía ir a él a no ser que el Padre lo enviase (a la fuerza, como señala el verbo griego ELKO, que quiere decir arrastrar cuando se remolca una embarcación). De allí que se implica que el Padre solamente deseó darle unas pocas personas al Hijo (muchos son los llamados, ni siquiera todos, y pocos los escogidos). Pero los heréticos sostienen que en lugar de la manada pequeña Dios desea la salvación de toda la humanidad. De esta forma el Creador pasa a depender de la libre voluntad humana de aceptar la salvación ofrecida. Acá se demuestra que ellos creen que Dios no es soberano porque depende del libre albedrío de los prospectos de salvación.

Sin embargo, otros más avezados agregan que Dios en su soberanía se despoja por un momento de su extremo poder ante cada pecador, a fin de que éste tome la decisión en relación a su destino. Estos sostienen que el Espíritu Santo es un Caballero que no violenta ningún corazón sino que espera paciente a que le abran la puerta. Por supuesto que es una herejía tal asunción, ya que contraviene la Escritura en múltiples pasajes. Recordemos lo que nos dijo el profeta Ezequiel, que Dios quitaría el corazón de piedra y daría uno de carne con un espíritu nuevo, para que amemos andar en sus caminos. ¿Sucede esto con todos los habitantes del planeta tierra? ¿Le aconteció esto a Faraón o a Caín? ¿Le sucederá al hombre de pecado? ¿Habrá de acontecerle a los que no tienen sus nombres escritos en el libro de la vida del Cordero desde antes de la fundación del mundo? ¿Fue esto lo que le pasó a Esaú?

Tal herejía lleva al argumento de la expiación universal potencial. Para ellos poder justificar su pretensión sostienen que Jesucristo murió por todos los pecados de todos los hombres, sin excepción. Esto incluye por supuesto a Judas Iscariote, muy a pesar de que ya el Señor había dicho de él que era diablo, que mejor le hubiera sido no haber nacido. A pesar de esta declaración de Jesucristo los heréticos sostienen que Jesucristo murió por Judas Iscariote, al igual que por todos aquellos que ya conocía no le habrían de amar por cuanto nunca fueron conocidos (amados) por él. Esta es la razón por la que el Señor dirá a muchos en el día final apartaos de mi, hacedores de maldad, nunca os conocí.

La buena noticia estriba en que existe una promesa incondicional de salvación sustentada en la  sola muerte de Cristo. El Señor murió por uno de los dos ladrones, no por los dos; murió por todos los que el Padre le dio, no por el mundo. Esta es la razón por la cual dijo que todo lo que el Padre le daba iría a él, y al que fuese a él no lo echaría fuera (Juan 6:37). La voluntad del Padre es que de todo lo que le fue dado no pierda nada, sino que lo resucite en el día postrero. A él le fue dada autoridad sobre todo ser humano para que dé vida eterna a todos los que el Padre le ha dado.

La buena noticia implica que a los que el Señor les da vida eterna jamás perecerán y ninguno de ellos será arrebatado de sus manos (Juan 10: 28-29). Ciertamente hay una voluntad en el pueblo de Dios, pero solamente en el día del poder de Dios (Salmo 110:3). Las palabras de Pablo a una iglesia van referidas a todos los escogidos para salvación: Pero nosotros siempre tenemos que dar gracias a Dios por vosotros, hermanos amados por el Señor, porque Dios os ha escogido desde el principio para salvación mediante la santificación por el Espíritu y la fe en la verdad (2 Tesalonicenses 2:13,14).

El Señor conoce a los que son suyos, muy a pesar de que en otro tiempo éramos necios, desobedientes, extraviados, esclavos de deleites y placeres diversos, viviendo en malicia y en envidia, aborrecibles y estábamos odiándonos unos a otros (Tito 3:3-7). Por esta razón nos fue dicho que nos apartemos de la iniquidad todos aquellos que mencionamos el nombre del Señor (2 Timoteo 2:19). El Señor dice: venid ahora y razonemos, aunque vuestros pecados fueren como la grana, como la nieve serán emblanquecidos; aunque sean rojos como el carmesí, quedarán como blanca lana (Isaías 1:18-19).

César Paredes

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Tags: SOBERANIA DE DIOS

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