S?bado, 28 de noviembre de 2015

De no haber sido por la predestinación nadie sería salvo. Muerto en delitos y pecados, ciego y sordo en cuanto a la palabra divina, el hombre natural no entiende las cosas espirituales y les parece locura. En el programa de Dios quiso Él salvar al mundo por medio de la locura de la predicación, ya que en su propia sabiduría el hombre no pudo entender la sabiduría de Dios. Sin embargo, una característica especial se asoma, una marca en aquellos que componemos el cuerpo de Cristo: a los pobres de este mundo se anuncia el evangelio, a lo que no es para deshacer a lo que es. Lo necio, lo despreciado del mundo escogió Dios, de manera que no hay muchos nobles entre nosotros.

Esta característica molesta al mundo e incomoda al creyente que se ve humillado continuamente cuando se le desprecia por su fe. No tiene la fe del status quo para que se le considere por ello, más bien posee una contra fe (si se permitiera el concepto) en la que a diario tiene que vivir. Contra fe porque va contra la cultura y lo agobia. Desde el plano emocional la lucha contra la corriente agota el sistema nervioso, le genera incomodidades sociales y corroe las relaciones con el grupo al que pertenece. Porque se quiera o no pertenecemos a grupos sociales donde hemos nacido, donde moramos, estudiamos y trabajamos.

Hay un efecto de identidad generado por los medios de comunicación masiva y los personajes públicos de turno (artistas, políticos, miembros de las fuerzas vivas de la sociedad) que marcan una pauta a imitar. Lejos quedó la ilusión de copiar la heroicidad de los personajes de la Biblia, ya que ella se presenta como un recuento de mitos y leyendas, interesante para el acervo cultural pero denigrante como asidero de fe.

Hay un intento continuado para desmontar el andamiaje cultural de las Escrituras. El asesinato, el robo, la violación aparecen como el aperitivo de lo que divierte. No se ve a un héroe refugiado en la oración a Dios para resolver sus problemas, sino que el antihéroe bíblico vino a ser el paradigma dado a conocer. El que resuelve los conflictos en virtud de sus méritos, el más diestro en artes marciales, el que se despliega confiado en sus riquezas, los que cambian de pareja de acuerdo a las circunstancias de vida que aparecen, todos ellos son el modelo a imitar.

Por eso leer la Biblia es contra cultura, implica mirar a través del mito (porque suponer sus relatos historia sigue siendo objeto de burla intelectual). Sin embargo, ella declara que es bienaventurado quien medita en la ley del Señor de día y de noche. Seremos como árboles plantados junto a corrientes de agua, que da su fruto a su tiempo sin que caigan sus hojas. Ella nos habla de David y Goliat enfrentados, el débil contra el gigante, el pequeño contra el más fuerte. Nos asegura que todo lo que hagamos para el Señor tiene su recompensa en esta vida y en la venidera.

La Biblia nos describe un universo espiritual en parte escondido para el mundo. En parte por cuanto ese mundo en ella descrito participa de las actividades del reino satánico, aunque mucha gente lo niegue al suponerlo superstición y pura imaginación. En la Biblia encontramos relatos de endemoniados que se echaban en el fuego, que se revolcaban en su desesperación, rompiendo cadenas aceradas. Pero la medicina moderna desdice tales relatos aduciendo que aquello es un producto de una fuerza androide, de la confluencia energética desmedida del sistema nervioso que atraviesa el cerebro humano.

El mundo tiene una explicación para cada situación que el milenario libro narra. De esta forma, el hombre religioso formado en la escuela dominical (la que acostumbra a leer los relatos bíblicos cada domingo) termina combinando lo que lee con lo que oye en la calle. La voz del incrédulo tiene mucho peso porque es una voz cultural, patentada por el Estado que la propaga con toda la fuerza tecnológica a su alcance. La contra cultura del mundo empuja a los creyentes hacia la duda y a aceptar calladamente su fe. Porque la publicidad de la fe puede ser objeto de burla que nos pone tristes y avergonzados.

Pero cuán hermosos son los pies de los que llevan la esperanza de la palabra divina por doquier. No se trata de que el mundo se convierta a Dios sino de que en el mundo hay pueblo de Dios. La predicación del evangelio cobra en consecuencia un doble sentido, por una parte alcanza a los elegidos del Padre y por la otra testifica ante los incrédulos de lo que les vendrá. No volverá vacía esa palabra, sino que hará aquello para lo cual fue enviada. Pero más allá de sus propósitos cumplidos, se nos ha recomendado no echar lo santo a los perros ni las perlas a los cerdos, no sea que se volteen y nos despedacen.

Allí hay sabiduría y el que lea que entienda, ya que los perros y los cerdos son considerados dos tipos e animales peligrosos y agresivos (inmundos también) que representan a una categoría humana a la que hay que dejar que se hunda en su rabia y en su inmundicia. Los perros retornan a su propio vómito y se lo comen, mientras los cerdos una vez lavados se revuelcan en el lodo. Esos son los hombres que profanan la palabra de Dios, que la oyen y expulsan sus porquerías (como los perros botan la comida que les causa daño), que se dejan limpiar como los cerdos que aman el chorro del agua que los refresca. Pero finalmente, después de oír la palabra vuelven a ingerir toda la basura que han expulsado de su organismo y se lanzan de nuevo hacia el lodo revuelto con estiércol que quedó en los corrales, gritan frenéticos y destrozan lo más preciado que se les ofrece.

El mundo ama lo suyo y como nosotros no somos del mundo éste nos odia. Nos odia tanto como odiaron al Señor que vino a dar testimonio de la verdad. El mundo ama la ficción y el mito, pero llama mentira a la verdad revelada. El mundo no fue objeto de la oración de Jesús la noche previa a su crucifixión (Juan 17:9), por eso nos aborrece. El mundo no entiende ni asimila las palabras referidas a la predestinación, por eso se retira murmurando y diciendo que esa palabra es dura de oír. Así hicieron muchos discípulos de Jesucristo cuando después de haber participado de la mesa servida de los milagros (los panes y los peces, por ejemplo) seguían al Maestro en muchos escenarios. Sin embargo, las palabras de Jesús acerca de que nadie puede ir a él a no ser que el Padre lo traiga a la fuerza molestaron a la multitud.

Jesús se volvió a los doce y les preguntó en consecuencia si ellos también se querían ir. Pedro respondió que no tenían a más nadie a quien seguir porque solamente Jesús tenía palabras de vida eterna. Entonces el Señor les dijo que él los había escogido a los doce (si bien Judas Iscariote era diablo porque le había de entregar). El Señor sabía todo, supo que la multitud murmuraba ofendida por sus palabras, a pesar de que lo seguían en virtud de sus milagros. Supo también que Judas fue su escogido para que lo entregara. El es Dios ante el cual nada puede ocultarse.

Pero hoy día (como antaño) la gente piensa que él es un adivino, un hombre ilustre, un revolucionario, un Maestro de ética e incluso el salvador de todo el mundo que quiera. Mas pocos son los que llegan a conocer lo que la Biblia habla de él. El dijo que la examináramos porque en ella suponíamos que estaba la vida eterna. ¿A quién le interesa el tema de la vida eterna? ¿No anda el mundo ocupado de lo cotidiano y deja lo que más importa para el futuro?  De nada le sirve al hombre ganar el mundo y perder su alma. Acercaos a Dios y él se acercará a vosotros, buscad a Dios mientras puede ser hallado, llamadle en tanto que está cercano.

El mundo necesita cambiar de mentalidad respecto a Dios, ya que desconoce su soberanía y lo ve como si fuese un mendigo que suplica por las almas de sus criaturas. El ha amado con amor eterno a su pueblo, a quienes les dice dame tu corazón, hijo mío. Pero ha odiado eternamente a los réprobos en cuanto a fe, a los Esaú del mundo, a quienes les dirá en el día final apartaos de mí, nunca os conocí. Dos ladrones estaban junto a Jesús en su crucifixión (como símbolos de la humanidad), uno lo reconoció como Señor y le pidió que se acordara de él cuando volviera en su reino. Este supo que él padecía meritoriamente por sus pecados pero que Jesús nada malo había hecho. El otro ladrón continuó injuriándolo desafiante, diciéndole que si era el Hijo de Dios que se salvara a sí mismo y que lo salvara a él en consecuencia. Sabemos a quien escuchó el Señor, sin que le importara su pasado lleno de maldad sobre maldad. Sabemos quién se comportó como un perro o un cerdo, despedazando las perlas que tenía a su lado.

Finalmente preguntamos con Isaías, ¿quién ha creído a nuestro anuncio? La respuesta está en la Biblia: muchos son los llamados, pocos los escogidos ... creyeron todos los que estaban ordenados para vida eterna.

César Paredes

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Tags: SOBERANIA DE DIOS

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