Mi?rcoles, 25 de noviembre de 2015

El pecado nos hace culpables y atados al castigo por algo que es odiado por Dios. La deuda debe ser pagada de acuerdo a la justicia divina, algo que escapa a los parámetros de la justicia humana. El hombre odia por naturaleza a Dios por cuanto quedó desnudo ante su presencia al ser descubierta su transgresión. En un principio pensó ocultarse, queriendo tapar sus partes corporales que comenzaron a avergonzarle. La Biblia señala que este primer acto pecaminoso de Adán y Eva fue un crimen contra el Gobernante del universo, lo cual mereció una condena de muerte y maldición eterna.

Sin protesta queda el hombre frente a un Dios que no responde ante nadie. ¿Por qué tomaste pleito contra él? Porque él no da cuenta de ninguna de sus razones (Job 33:13). Con esas palabras Eliú respondió a Job para que callara su argumento contra el Altísimo. En el evangelio de Mateo el pecador es llamado un deudor cuando en la oración modelo denominada el Padrenuestro se recomienda orar: Perdónanos nuestras deudas, así como nosotros perdonamos a nuestros deudores. Y Pablo agrega que nosotros éramos en otro tiempo extraños y enemigos de ánimo en malas obras, (Colosenses 1:21), tanto en forma activa como pasiva. Sigue declarando la Escritura que la humanidad entera se hizo culpable, sin que quedase justo ni aún uno, sin que uno solo siquiera buscase al verdadero Dios.

Son muy variadas las religiones en el mundo, son diversos los dioses que se adoran. Incluso hay quienes toman variedad del Dios de las Escrituras fabricando sus propios ídolos de acuerdo a lo que figuran debería ser un buen dios. Estos últimos toman el nombre de Cristo y prestan de los escritos bíblicos la teología que les conviene, pero finalmente oran a un dios que no los puede salvar. Llegan a asumir parte de la verdad, creen en la culpa de toda la humanidad por haber estado representada en Adán, reconocen la expiación de Jesucristo por los pecados de su pueblo, pero sutilmente reclaman la universalidad de su sacrificio expiatorio. De esta manera tienen que añadir a su teología la fábula del libre albedrío que pregonan y defienden a toda costa, ya que es el hombre quien finalmente decide si se incorpora al grupo de los elegidos de Dios. El Ser Supremo queda entonces como un plagiario de las ideas humanas, limitado como los dioses griegos que estaban sujetos al Destino. En un túnel del tiempo el Dios de la Biblia de los que tuercen las Escrituras avizora el porvenir y copia los designios humanos para levantar profetas que dicen vaticinar en Su nombre. Las viejas preguntas escritas de ¿cómo sabe Dios? y ¿hay conocimiento en el Altísimo? son respondidas sin ambigüedad con el concepto de la previsión de Dios. Dios previó lo que iba a suceder y lo escribió en consecuencia (lo cual no es más que un plagio de las ideas y de los actos de los hombres).

Pero la Escritura sigue siendo enfática en cuanto a la manera en que Dios conoce. El sabe el futuro porque lo crea, porque lo ha decretado desde antiguo, de manera que llama a las cosas que no son como si fuesen. Desde el principio lo ha declarado y así sucederá, a Jacob amó y a Esaú odió aún antes de que hiciesen bien o mal. Esto implica por fuerza que no previó acciones buenas ni malas en estos dos representantes de la elección divina, sino que Él se atribuye toda acción y voluntad en los destinos de los hombres. Frente a semejante declaración de las Escrituras los teólogos de los viejos y nuevos dioses siguen reclamando la razón por la cual Dios inculpa, pues ¿quién puede resistir a su voluntad?

Y es en este punto donde el hombre odia a Dios, no en virtud de que haya o no haya un castigo eterno, sino en virtud de que no puede la criatura forjar su propio destino. Grandes teólogos y predicadores de todos los tiempos se han levantado airados contra esta declaración de la Biblia, pero han camuflado su enojo. Ellos argumentan que su alma se rebela contra la idea de un Dios que coloca ante sus pies la sangre del alma de Esaú. Lo que pretenden ignorar es que su alma se rebela contra el Espíritu Santo quien ha declarado lo que el apóstol Pablo escribió en su carta a los romanos (como en el resto de sus epístolas), de lo cual han dado testimonio los demás escritores bíblicos.

Se hace necesario el pago de nuestra deuda con Dios, el aplacamiento de Su ira debido a nuestras transgresiones, pero también es necesaria la expiación de nuestra culpa. Por eso somos tres veces felices al saber que hemos sido perdonados y que nuestros pecados han sido cubiertos; así lo entendió David en sus salmos, así lo dejó entrever Jesucristo cuando dijo: alégrense de que sus nombres están escritos en los cielos (no de que los demonios se os sujeten o de que podáis hacer señales y prodigios). Dentro de los parámetros de la justicia humana sería imposible que un reo tome la culpa de otro reo para dejar a este último en libertad. Pero Dios es el Supremo Juez y no tomó a cualquier persona para realizar tal acto que sí fue posible dentro de los horizontes de su justicia. Pues la palabra del rey es con potestad, ¿y quién le dirá qué haces? (Eclesiastés 8:4). Jesucristo fue preparado como el Cordero de Dios para quitar los pecados de su pueblo (Mateo 1:21), pero siendo sin pecado fue hecho pecado por causa nuestra al llevar nuestras iniquidades. Dentro de los criterios de la justicia divina el acta de los decretos que nos era contraria fue clavada en la cruz de manera que ya no tengamos más el peso del pecado, ni frente a nosotros las rejas de la cárcel en que Satanás nos tenía como prisioneros del mal.

El pago que hizo Jesucristo fue ante su Padre, no ante Satanás. No se trata de que el enemigo de nuestras almas haya puesto precio por el rescate, sino de que Dios en su sabiduría fijó los criterios de la redención. El diablo no es más que una criatura al servicio de Dios y tiene su tiempo contado hasta que sea echado en el lago de fuego y azufre preparado para él y sus demonios. Cristo nos compró con su sangre, pero ¿ante quién? No le pagó a Satanás, quien no es dueño de nada sino un simple carcelero de la prisión, un siervo de Dios sin poder sobre los pecadores, a no ser que ese sea el mandato expreso de Dios. El precio por nosotros fue pagado ante el Supremo Regidor del universo, el dueño absoluto de todo cuanto existe. Podemos hablar de Dios como el Gran Acreedor, si bien la humanidad se presenta como deudora.

Existe una necesidad moral emanada de la santidad de Dios que exige el pago específico que satisfaga el tamaño del daño infringido a su ley moral. Sabemos que todo bien moral y físico, toda santidad y felicidad están vinculados a la sabiduría de Dios, a su bondad y justicia. El impío debe por lo tanto sentirse miserable por el solo hecho de que Dios es justo. Reconocemos que cuando Dios envía bendiciones al justo (al que es justificado por la sangre de Cristo) lo hace por su propia bondad y no por exigencia de mérito alguno en los vasos de misericordia. En cambio, cuando Dios envía castigo al pecador no redimido retribuye lo que merece por cuenta de sus pecados.

Los partidarios de la expiación universal de Cristo eliminan de alguna manera el pecado original. Esto sostienen en alguna medida todos aquellos que suponen el sacrificio expiatorio en forma universal, como si se hubiese realizado una restauración hacia un estado de gracia y salvación, de manera que nadie quede nunca más expuesto a la condenación por causa del pecado original.  Con este criterio se sugiere que Jesucristo liberó a Faraón y a Caín, así como al Iscariote de toda culpa anterior. Entonces, ¿qué pasaría con esos seres y sus millones de similares (como los que perecieron en el diluvio) después de que Cristo supuestamente los libró de la muerte? Si ya habían muerto espiritualmente y estaban condenados (como lo estaban aquellos judíos en vida, cuando Jesús les dijo: vosotros de vuestro padre el diablo sois) o de aquellos que no podían ir a él porque no eran de sus ovejas, ¿cuál beneficio se le extiende a ellos en virtud de la expiación universal? ¿El de que ya no tienen culpa original? El desvarío de los teólogos universalistas es público y notorio.

Abraham creyó a Dios y le fue contado por justicia; Moisés también creyó a Dios y fue justificado. Pero todos aquellos que fueron salvados en el Antiguo Testamento lo fueron en virtud del Hijo de Dios que era el Cordero sin mancha que aguardaban y en el cual creían. El mismo Job lo dijo, que sabía que sería levantado el Redentor de entre los  muertos: Yo sé que mi Redentor vive, y al fin se levantará sobre el polvo: Y después de deshecha esta mi piel, aun he de ver en mi carne a Dios; al cual yo tengo de ver por mí, y mis ojos lo verán, y no otro (Job 19:25-27). De allí que la misión y la muerte de Cristo está circunscrita a un número limitado de elegidos por el Padre, los cuales son llamados en todos los tiempos su pueblo, sus ovejas, sus amigos, su Iglesia, su cuerpo. No ha hecho así con ninguna otra de las naciones; y en cuanto a sus juicios, no los conocieron. Aleluya (Salmo 147:20).

Dios decretó todas las cosas en un simple acto, no por partes. La teología de la expiación universal sostiene que hubo decretos parciales, que primero el Padre decretó que el Hijo expiaría los pecados de toda la humanidad pero que luego decretó la elección de los redimidos. Si el Hijo murió por los reprobados lo hizo en la misma medida que por los redimidos, de manera que esta tesis conlleva a la salvación universal que señala que todos los hombres son salvos. Y sabemos que si Dios decretó en un simple acto todo lo que acontecería mal pudo tener dos intenciones contradictorias: salvar a toda la humanidad y al mismo tiempo redimir a una sola parte de ella.

La deuda del pecado la pagó Jesús en la cruz cuando representó a todos los que el Padre le dio. Justamente la noche anterior había dado gracias por ellos y dejó expresamente dicho en su oración que no rogaba por el mundo (Juan 17:9) sino solamente por los que del Padre son. Añadir a la gracia la buena pro humana es convertirla en obra y ella dejaría de ser lo que es; el que Dios no haya hecho igual con todos los seres humanos es de su absoluta incumbencia y voluntad soberana. Tampoco hizo nada a favor de los ángeles caídos para los que nunca hubo propósito alguno de redención. Los que creen y tuercen la Escritura son los miembros del otro evangelio, del anatema, del cual refirió el apóstol Pablo. De ellos dijo Juan que no los recibiéramos en nuestras casas, de ellos dijo Jesús que saliéramos de su entorno. Y nosotros agregamos parte de la oración del Señor, como corolario, así Padre, porque así te agradó.

César Paredes

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Tags: SOBERANIA DE DIOS

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