Martes, 24 de noviembre de 2015

Si el ser humano no es nacido de agua y del Espíritu no puede ver el reino de Dios. El agua hace referencia a la palabra revelada (no al bautismo físico) y el Espíritu implica que es una actividad sobrenatural. No es posible que alguien se provoque a sí mismo el nuevo nacimiento, como imposible le es escribir su nombre en el libro de la vida del Cordero, inmolado desde la fundación del mundo. Hay ciertas cosas que no podemos hacer por nuestra cuenta y una de ellas es la referida al nuevo nacimiento. Si la voluntad humana se ocupara de estos asuntos entonces la salvación sería por obras, el hombre tendría de que gloriarse; pero nadie sería salvo por cuanto la voluntad de un hombre muerto en delitos y pecados estaría tan corrompida como el cuerpo de muerte.

Sin embargo, eso no impide que podamos decir Yo creo, ya que cuando Dios nos confirma su llamado nos damos cuenta de que nuestra fe sigue a la conversión. El hecho de tener vida nueva precede a todo acto religioso o teológico que podamos realizar o del cual seamos susceptibles de percibir, de la misma manera que un niño llora al nacer solamente después de haber sido concebido, gestado en el cuerpo de su madre y venido a la luz en el trabajo del parto.

El nuevo hombre interior nace y se fortalece pero simultáneamente el viejo hombre o la vieja naturaleza comienza a morir en nosotros. Un proceso acompaña su muerte, una batalla de todos los días tiene lugar de acuerdo a la admonición del apóstol: haced morir lo terrenal en vosotros. Pero la actividad espiritual es consecuencia del nuevo nacimiento, un asunto que jamás ha dependido de voluntad de varón sino de Dios.

Frente a esta declaración de Jesucristo el objetor suele reclamar con la misma interrogante de siempre: ¿Por qué, pues, Dios inculpa? Permuta la vieja pregunta de la imposible resistencia a la voluntad divina por aquella que dice ¿por qué no hace nacer de nuevo a toda la humanidad? La antigua respuesta sigue vigente para silenciar la protesta del impío: ¿Quién eres tú para discutir con Dios? El que discute no es más que una olla de barro forjada en la mano de su alfarero y confeccionada para un fin noble o innoble. Muchos creyentes objetaban ayer a Dios cuando andaban bajo la potestad del príncipe de este mundo, pero una vez que vieron la luz (nacieron de nuevo) su querella contra el Padre se transformó en alabanza, al comprender que nadie puede ser salvo si no es por la vía sobrenatural.

Hay quienes aferrados a textos aislados de las Escrituras los destinan para probar sus elucubraciones. En Mateo 23:37 se lee que Jesús tuvo un gran lamento sobre Jerusalén, la ciudad que mataba a los profetas enviados. Muchas veces quiso Jesucristo (quien es Dios eterno) juntar sus habitantes como la gallina junta a sus polluelos. Pero los principales sacerdotes, los escribas, los fariseos, los gobiernos de turno impedían que se lograra ese llamamiento externo al orden teocrático. La figura antropomórfica de un Dios que lamenta el que se desestime su voluntad es colocada junto a la metáfora de la gallina con sus polluelos.

Es curioso que los defensores del libre albedrío callen ante tal metáfora, pues jamás se ha escrito una línea diciéndose que Dios es en efecto una gallina. Se respeta el símil pero se condena el antropomorfismo; se entiende que Dios no es un ave pero se confunde la voluntad divina con el fracaso ante la voluntad humana.

Sabemos que la Biblia defiende y pregona la elección gratuita y la gracia invencible de Dios, que se traduce en la justificación sin obras. El poder de Dios custodia sus ovejas en sus manos y en las manos del Hijo, de manera que nadie podrá arrebatarlas de allí. Por otro lado, nadie puede ir al Hijo si no le fuere dado del Padre y todos los que son enviados fueron escritos en el libro de la vida del Cordero desde antes de la fundación del mundo (Apocalipsis 17:8). Dado que estas declaraciones bíblicas son ciertas, se hace difícil desprender del antropomorfismo descrito en Mateo que Dios intenta salvar a una humanidad que resiste y frustra su deseo. ¿No dice el texto de un salmo que todo lo que Dios quiso ha hecho?

Pero Jesús se refería a los gobernantes del pueblo que siempre hicieron oposición, como lo hacen hoy día en todas las naciones. El príncipe de este mundo se jacta de su poder e intenta frustrar los planes de Dios. Ya hemos visto cómo y de qué manera Satanás ha demostrado su locura una y otra vez. Quiso que su propio Creador lo adorara en el desierto, ofreciéndole los reinos del mundo que a él le fueron dados por el mismo Dios. ¿No exhibe esa actitud un alto grado de insania? La criatura seduciendo a su Creador con los objetos que ha recibido de Él.

Recordemos que en la figura descrita por Mateo se muestra a Jesús amando su nación, sintiendo dolor por la ciudad escogida desde la eternidad para ser el centro de salvación del mundo. Hay un deseo de ver satisfecha política y económicamente al terruño querido, de ver liberados a los ciudadanos elegidos que han nacido en esa tierra. Pero en beneficio de los demás pueblos del planeta ellos fueron endurecidos, aunque eso generase dolor en el Jesús hecho hombre.

Muy lejos queda la idea del libre albedrío triunfante sobre la gracia irresistible. Si Dios no es una gallina tampoco es un fracasado por la voluntad humana. Recordemos que el hombre muerto por sus pecados no tiene posibilidad de elección. Está ciego y sordo, cayendo en las trampas a las que es guiado por culpa de los ciegos guías de ciegos. La oración de Jesús en Getsemaní nos muestra una vez más su faceta humana: si es posible pasa de mí esta copa. Ah, pero de igual manera enseña su implacable voluntad divina: no ruego por el mundo.

Pese a la tenacidad de los gobernantes de Jerusalén en su pretensión de desobedecer la ley de Dios, multitudes seguían a Jesús esperanzadas por su palabra. No fue suficiente el cerco de los fariseos ni las amenazas del Sanedrín para que los pobres (y algunos ricos), los incultos y también algunos muy instruidos fariseos le siguiesen públicamente. Simplemente que la voluntad decretada por el Padre en cuanto al tiempo estaba llegando a su punto. Y esa voluntad siempre se hizo en otros renglones, pues como dijera Pablo: de quien quiere tiene misericordia (es decir, aquellos por quienes Jesús rogó son los mismos objetos de gracia escogidos desde antes de la fundación del mundo), si bien el apóstol también agregó: y al que quiere endurecer endurece (como se demuestra de los fariseos, escribas, saduceos y muchos gobernantes de Jerusalén junto a mucho pueblo que continuaron enemistados con Dios).

Si Jesús mostró compasión con el pueblo de Jerusalén, también exhibió gran dureza contra los que la regían teológica y políticamente. Son dos facetas mostradas en una misma persona, de manera que no se hace justicia al separar el contexto general en que se dijo una u otra frase. Los líderes fueron la causa eficiente e inmediata de tantos males sobre la ciudad amada por Jesús. En algunas ciudades se hicieron milagros excepcionales pero la gente no creyó en Jesús; la enorme ingratitud de ellos se les volverá en contra en el día del juicio final. Y Jerusalén que había sido el centro de la predicación de la salvación del mundo también fue ingrata una y otra vez.

Muchas personas escucharon los discursos del Mesías y se favorecieron de sus milagros, comieron de los panes y los peces que se repartieron a granel como producto de la intervención sobrenatural de Dios. Sin embargo, muchos de ellos se alejaron murmurando porque les parecía dura de oír la palabra escuchada. A ellos les molestó en exceso la predicación del Señor acerca de la elección que hace el Padre. En Juan 6 vemos que esto ofendía a la multitud, el hecho de que el Señor les dijera una y otra vez que nadie podía ir a él a no ser que el Padre que lo envió lo trajere a la fuerza.

La muerte, la sordera y la ceguera espiritual no tienen remedio natural. Por más que se escuche la palabra del evangelio, por más que se acompañe con milagros espectaculares, si el Espíritu no hace nacer de nuevo a los oyentes (aunque sean discípulos) éstos se apartarán murmurando por causa de la palabra dura de oír.  Porque la fe sigue a la conversión. Y hay un orden especial, ya que el Espíritu es el que sopla como el viento pero de acuerdo a la voluntad del Padre. Todas esas ovejas que han nacido de nuevo y que nacerán en un futuro son las mismas por las cuales murió Jesús en la cruz. La economía de la salvación es el producto de un Dios perfecto y no tiene desperdicio alguno.

Esa también es nuestra seguridad, ya que con Isaías exclamamos: Si Jehová no nos hubiera dejado un remanente, como Sodoma seríamos y semejantes a Gomorra (Isaías 1:9).

César Paredes

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Tags: SOBERANIA DE DIOS

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