Lunes, 26 de octubre de 2015

Puesto que Dios tiene la cualidad de la eternidad todos sus atributos son infinitos, no acaban. Su ira no termina pero su misericordia tampoco, ira para los que son réprobos en cuanto a fe y misericordia para los beneficiarios de su amor. En tal sentido se ha dicho que Dios es amor, y no hay mentira en esta asunción por cuanto sin esa cualidad nosotros seríamos el más triste espectáculo del mundo.

Pero la infinita justicia de Dios conlleva cierta conducta por parte del Creador. El no puede tener comunión con ninguna persona que no tenga igualmente una justicia similar. Porque Jehová tu Dios es fuego que consume, Dios celoso (Deuteronomio 4:24). No te inclinarás a ellas ni les servirás: porque yo soy Jehová tu Dios, fuerte, celoso, que visito la iniquidad de los padres sobre los hijos, y sobre los terceros, y sobre los cuartos, a los que me aborrecen (Deuteronomio 5:9). Los que se inclinan a los ídolos aborrecen al Señor y su iniquidad será visitada.

Si el Señor mirare a nuestros pecados, ¿quién podrá mantenerse? (Salmo 130:3). Este texto es clave para comprender la magnitud y consecuencia de la infinita justicia de Dios. Su relación con la humanidad es de enemistad, por cuanto al verla a ella la contempla contaminada e imposibilitada de tener comunión mutua. Solamente a través de Jesucristo será posible el beneplácito divino para con su pueblo. El profeta Habacuc dice de Él: Muy limpio eres de ojos para ver el mal, ni puedes ver el agravio: ¿por qué ves los menospreciadores, y callas cuando destruye el impío al más justo que él. Y haces que sean los hombres como los peces de la mar, como reptiles que no tienen señor? Sacará a todos con anzuelo, los cogerá con su red, y los juntará en su aljerife: por lo cual se holgará y hará alegrías (Habacuc 1:13-15).

La buena noticia es que Dios mismo hace que su pueblo vista la justicia perfecta de Jesucristo. La regeneración o nuevo nacimiento permite que el individuo sea aceptado dentro de la familia de Dios y separado del mundo. Al mismo tiempo se establece la paz con Dios que sobrepasa todo entendimiento y surge la comunión con el Todopoderoso en virtud de la justicia imputada de Jesucristo (monergismo absoluto, trabajo exclusivo de Dios). Escucharé lo que hablará el Dios Jehová: Porque hablará paz a su pueblo y a sus santos, para que no se conviertan a la locura (Salmo 85:8).

La Escritura es muy clara al decirnos que hemos sido concebidos y nacidos en pecado, razón por la cual somos pecadores. La mente carnal y pecaminosa está en enemistad contra Dios, no se somete a Él ni tampoco puede. En consecuencia, no hay justo ni aún uno, no hay quien busque a Dios ni quien haga lo bueno: no hay quien entienda, por cuanto el pecado ha oscurecido el entendimiento por la dureza del corazón del hombre natural.

Como la justicia de Dios es infinita y dado que el corazón no redimido del hombre es perverso, más que todas las cosas, Jesucristo dijo que nadie podía ir a él a no ser que el Padre que lo envió lo trajere (a la fuerza). Y es que el hombre nacido de mujer es de pocos días y de mucha turbación. Florece como la flor del campo y luego desaparece, de nada le sirve ganar el mundo y perder su alma. Pero ¿puede acaso el hombre muerto en sus delitos y pecados darse cuenta de las cosas espirituales? Su apetencia es por la carne y lo pasajero, no por las cosas eternas. Y dentro de estos hay algunos que piensan en la inmortalidad y olvidan lo que el Señor declaró de Sí mismo, que nadie podía ir al Padre sino a través de él.

En resumen, la infinita justicia de Dios demanda una justicia paralela. Jesucristo ha sido definido como la justicia de Dios, por lo tanto los que miran hacia él no son avergonzados. No se nos exige averiguar primero si estamos o no escritos en el libro de la vida del Cordero sino creer en el Señor Jesucristo para ser salvos. Si usted puede creer en la justicia de Dios que es Cristo, en la expiación limitada en la cruz, expiación representativa y sustitutiva de su pueblo, entonces es señal de que ha sido iluminado por el Espíritu de Cristo. Pero hay quienes se preocupan más por los que no creen de esta manera, por aquellos que han sido pasados por alto, endurecidos por Dios, que reclaman para ellos una gracia universal espuria. Estos ignoran la justicia de Dios y colocan la suya propia, para su propia perdición.

El evangelio se predica a todos los que se puede predicar para que crean los que habrán de creer. De esta forma el Señor añadirá a su iglesia los que han de ser salvos. Ocuparse de los espurios es tarea del otro evangelio, el anatema del que hablara Pablo. Feliz todo aquel que ha sido perdonado y cubierto su pecado.

César Paredes

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Tags: SOBERANIA DE DIOS

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