Jueves, 22 de octubre de 2015

La Biblia nos asegura que Dios no tienta a nadie ni puede ser tentado (Santiago 1). Y es que no necesita tentar a nadie porque el hombre tiene una naturaleza inclinada hacia la concupiscencia; igual razón que nos asegura que por naturaleza Dios jamás será tentado. Pero justo es decir que el hombre no tiene libre albedrío ni siquiera para hacer el mal, ya que todo se hace canalizado según los planes sempiternos de Dios.

En cambio, Dios sí que endurece los corazones de los hombres para que hagan mal. Recordemos la historia de Sehón, rey de Hesbón, que no quiso dejar pasar al pueblo de Israel por sus tierras, ya que Jehová había endurecido su espíritu y obstinado su corazón para entregarlo en mano del pueblo (Deuteronomio 2:30). Sabemos también lo que le aconteció al rey de Asiria, un báculo en la mano de Jehová para mostrar su ira y furor. Lo mandaría tras una gente fementida, para quitar despojos y arrebatar presa. Aunque él no lo pensará así, ni su corazón lo imaginará de esta manera; sino que de su pensamiento será desarraigar y cortar gentes no pocas (Isaías 10: 7). ¡Cómo olvidar el relato del endurecimiento que Dios le hizo al corazón del Faraón de Egipto!

Por ningún lado puede verse el libre albedrío de estos reyes que se creían actuaban por cuenta propia, desconociendo que Jehová endurecía sus corazones para después destruirlos. Pero a pesar de esta realidad mostrada en la Escritura son muchos los llamados cristianos que niegan la absoluta soberanía de Dios. Ellos señalan que el hombre tiene que ser libre para que se le impute de pecado, esgrimiendo la tesis de compatibilidad entre la libertad y la culpa. Pero la olla de barro no puede reclamarle a su alfarero por qué razón la ha hecho de una u otra manera. Esa es la respuesta escrita en la Biblia para que pensemos antes de protestar contra Dios.

Conocemos que la providencia de Dios es una característica de su soberanía, de otra forma ¿cómo podría Él proveer si no tuviese el absoluto control sobre toda su creación? Los medios están ligados a sus fines, pues nada acontece sin Su voluntad. El evangelio es necesario para la salvación nuestra, pero asimismo se ha de anunciar. ¿Cómo puede alguien invocar a quien no ha creído? ¿Cómo creerá si no ha oído antes acerca de ese Salvador? ¿Y cómo se hablará de Él si no se ha sido enviado a predicar? Esta es una cadena de medios para ciertos fines que demuestra el cuidado divino en los mecanismos que tiene Dios para cumplir con sus planes. Sabemos que la fe viene por el oír la palabra de Dios (Romanos 10:17) mas no es de todos la fe, sino que ella es un don de Dios.

Dios muestra misericordia a quienes Él quiere mostrarla y se compadece de quienes así Él lo desea; pero con la misma potencia asegura que endurece a quienes quiere endurecer. No habla en abstracto sino concretamente, exhibiendo su amor por Jacob y su odio por Esaú, aún antes de que ambos hiciesen bien o mal. Este es el gran desafío exhibido en el Nuevo Testamento, pero asimismo ha sido revelado en el Antiguo: ¿Habrá acontecido algún mal en la ciudad el cual Jehová no haya hecho? (Amós 3:6). Horrenda cosa es caer en manos del Dios vivo por lo cual conviene amistarnos ahora con Él, para que nos venga paz y bien. Pese a ello, la gran pregunta de Isaías resuena hoy día: ¿Quién ha creído a nuestro anuncio?  Todavía escuchamos el clamor de Juan el Bautista: Voz que clama en el desierto. Fue Jesús quien habló en parábolas para que oyendo no entendieran sus oyentes, no fuese a ser que se arrepintieran y él tuviese que salvarlos.

Pero su gracia se extiende por los siglos y a través de toda la tierra, para que de cada lengua, tribu y nación haya testigos de su amor inconmensurable. David fue un hombre conforme al corazón de Dios porque su gracia lo alcanzó y sus pecados fueron cubiertos y perdonados. Por Su amor Saulo de Tarso fue convertido en Pablo y el carcelero de Filipo creyó junto a su familia. De igual forma, unos pescadores comunes se convirtieron en apóstoles y fueron testigos de excepción tanto del gozo como del martirio.

Con lo dicho en mente resulta alentador para los hijos de Dios el saber que absolutamente todo está en las manos del Creador. No hay nada que se le escape ni algo que sea difícil para hacer. En tal sentido podemos descansar en medio de las vicisitudes de la vida porque si en El vivimos, nos movemos y somos, se cumplirá lo que se haya escrito de nosotros. Ningún arma forjada contra nosotros tendrá éxito, y el que conspirare contra nosotros lo hará sin Él y caerá delante de nosotros (Isaías 54:15 y 17).

Un repaso a Romanos 9:22-24 nos aclarará la perspectiva de por qué razón existe el mal y cuál ha sido el propósito de Dios de haber causado que la maldad entrara en el mundo. De principio a fin existe el objetivo de glorificarse a Sí mismo en los vasos de ira preparados para destrucción y en los vasos de misericordia preparados para exhibir las riquezas de su gloria. Dios no tiene necesidad de tentar a nadie, ni puede ser tentado; pero ha hecho todo cuanto existe.

César Paredes

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Tags: SOBERANIA DE DIOS

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