Martes, 20 de octubre de 2015

El núcleo del evangelio descansa en la persona y en el trabajo de Jesucristo. Más allá de lo que la gente imagina, la Biblia nos asegura que llegar a conocer al Hijo de Dios equivale a conocer la verdad que nos hará libres. De tal importancia es este conocimiento que la vida eterna es definida como conocer a Dios y a Jesucristo el enviado del Padre (Juan 17).  El vocablo evangelio significa la buena noticia que refiere al hecho de que Jesucristo el Cordero de Dios murió en expiación de todos los pecados de su pueblo (Mateo 1:21).

El otro evangelio anuncia al hijo pero desde una perspectiva diferente. Dentro del evangelio espurio la obra de Cristo no ha sido suficiente para salvar a nadie, aunque se presenta como una posibilidad universal de rescate a todo el que así lo desee. Mucho más atractivo por ser menos excluyente, el evangelio inclusivo siembra la esperanza que avergüenza, por cuanto es una ilusión que terminará ante las palabras que Jesús dirá un día: nunca os conocí

Es notorio que la obra de Cristo se anuncia insuficiente por cuanto el pecador debe aceptar la oferta de salvación. La diferencia final reposa en las manos del que está muerto en delitos y pecados, del injusto, del que odia a Dios. Este otro evangelio proclama que Jesucristo quitó la enemistad entre Dios y los hombres, pese a que hay muchos que continúan enojados con el Creador. Pero el Señor quitó la enemistad que existía entre Dios y sus elegidos, no entre Dios y Judas, o Caín, o Faraón, o el hombre de pecado, o los réprobos en cuanto a fe de los cuales la condenación no se tarda, o de aquellos cuyos nombres no fueron escritos en el libro de la vida del Cordero desde antes de la fundación del mundo.

Sabemos que solamente los elegidos del Padre llegarán a creer el verdadero evangelio de Jesucristo, por cuanto la Escritura declara explícitamente lo siguiente: 1) Hice al malo para el día malo (Proverbios 16:4); 2) Todo lo que el Padre me da vendrá a mí, y el que a mi viene no le echo fuera (Juan 6:37); 3) Mis ovejas oyen mi voz, y yo las conozco y me siguen (Juan 10: 27).

Pese a estos enunciados bíblicos hay quienes todavía pretenden confiar en sus propias obras para decir que son salvos. Hay un universo de personas que se llaman a sí mismas cristianas, a pesar de que confían en sus obras de hacer y no hacer. Ellos añaden a la obra de Cristo su propia justicia, como hacía aquel fariseo que entrado en el templo oraba justificándose a sí mismo porque diezmaba, ayunaba y no era como el publicano.

La seguridad de la salvación no descansa en el hecho de guardar los mandamientos de Dios; para ejemplo de lo dicho tenemos el caso del joven rico. Este cumplía con los mandamientos pero se fue triste de la presencia del Señor porque no le alcanzó su esfuerzo personal para obtener el reino de los cielos. En cambio, confiar absolutamente en la obra de Jesucristo como la única garantía de nuestra aceptación por parte Dios equivale a estar en las manos del Padre y del Hijo.

La confianza en Jesucristo no implica que nos abandonemos al pecado (por aquello que dice que donde abundó el pecado sobreabundó la gracia). En ninguna manera, decía Pablo; más bien, el amor de Dios derramando en nuestros corazones y el espíritu nuevo puesto en nosotros (Ezequiel 36:26-28) hacen que anhelemos mantenernos dentro de los parámetros de salud espiritual que el Padre ha preparado para nosotros. Recordamos las palabras de Jesús a sus discípulos: Si me amáis, guardad también mis mandamientos.

Es el amor el que nos impulsa a hacer y a no hacer cosas, pero no son estas cosas que hacemos o dejamos de hacer las que nos producen amor o las que nos hacen aceptados ante Dios. Esta es la gran diferencia entre el evangelio de la gracia y el evangelio de las obras. Algunos judíos tenían celo de Dios pero colocaban su propia justicia como garantía de redención, por la sencilla razón de que ignoraban la justicia de Dios (Romanos 10:1-3).

En el evangelio de Lucas encontramos la parábola del fariseo y el publicano. Dos hombres que fueron al templo y cada uno por su cuenta comenzó a orar. El fariseo hablaba consigo mismo y decía que daba gracias porque no era como los demás adúlteros, ladrones e injustos (obras de no hacer). Ayunaba dos veces a la semana y daba diezmo de todo lo que poseía (obras de hacer). Este confiaba en su propia justicia, en cambio el publicano no se atrevía a levantar sus ojos al cielo sino clamaba diciendo: Dios, sé propicio a mi pecador. De estas dos personas solamente el publicano regresó a su casa justificado, porque el que se humilla será ensalzado pero el que se exalta será humillado.

La auto justificación no ayuda a nadie sino que más bien hunde a la persona en el rechazo de Dios. No existe justo ni aún uno entre los hombres caídos en el pecado de Adán, pero sí existen justificados por la fe en el Hijo de Dios. La única justicia que Dios acepta es la de Jesucristo, el Cordero sin mancha; todo otro esfuerzo por alcanzar mérito es en vano. Esto queda demostrado por la figura del hombre rico, del fariseo en el templo, de los judíos celosos de Dios sin conocimiento de Su justicia.

Muy interesante el hecho de que haya ministros de justicia que en realidad sean ministros de Satanás. De la misma forma hay iglesias de Jesucristo que son en realidad Sinagogas de Satanás. Esto está escrito en la Biblia, se puede corroborar en 2 Corintios 11:13-15 y en Apocalipsis 2:9 y 3:9. ¿Y quiénes son todas estas personas que ministran en nombre de la justicia pero que componen la sinagoga de Satanás? Son los falsos apóstoles que trabajan la mentira transformándose ellos mismos en apóstoles de Cristo. Son los imitadores de Satanás, el que también se disfraza de ángel de luz.

¿Y cómo pueden ser llamados ministros de justicia estos ministros de Satanás? Por la sencilla razón de que tienen obras justas, obras de justicia que les son propias; en otros términos, ellos tienen buenas obras como las del fariseo y las del joven rico. Ofrendan, oran, anuncian su evangelio, hacen labor social, tienen ministerios para ayudar a los drogadictos, a los pobres de la calle, a los huérfanos, a los enfermos y a los presos. Ellos piensan que la obra de Jesucristo es también una obra social y por ello se esmeran para que les sea contada como ganancia aquello que es pérdida y basura a los ojos de Dios. Porque abominación es a Jehová la ofrenda y la oración del impío (Proverbios 15:8).

Las llamadas buenas obras pueden llegar a ser un ídolo en el corazón humano, lo mismo que el ídolo del libre albedrío. Estos son íconos que no se quieren dejar porque representan el ego de la humanidad, su propia libre justicia para satisfacer el fuego religioso que acompaña a millones de personas que se han inquietado por el más allá. Pero creer en el falso evangelio no mejora la impiedad de los hombres, más bien añade mal sobre mal, pecado al pecado y abunda para una mayor condenación. El mensaje del evangelio sigue siendo el mismo, un cambio de mentalidad respecto a Dios. Conocer la obra y la persona de Jesucristo son esenciales para alcanzar la justificación por la fe. Si no se entiende quién es el Hijo de Dios y qué papel vino a representar en esta tierra, se vivirá en la ignorancia que pierde eternamente. Los judíos que tenían celo de Dios no lo hacían conforme a conocimiento (ciencia), por ello estaban perdidos y en su afán por alcanzar la salvación colocaban sus obras de justicia en sustitución de la justicia de Dios que es solamente Jesucristo.

Por cierto, no se nos ha encomendado que averigüemos si estamos o no predestinados para salvación, simplemente se nos ha dicho que creamos en el evangelio de salvación. El que creyere será salvo, pero el que no creyere ya ha sido condenado. Este creer el evangelio implica por fuerza saber en quién hemos creído, conocer lo que Jesús ha hecho en la cruz por su pueblo escogido, reconocer que él es la justicia de Dios y que solamente por él y a través de él podemos encontrar la paz que pudieran desear nuestras almas. Lo que sí se nos ha repetido muchas veces es que no debemos añadir a esa justicia perfecta nuestra propia justicia, no debemos añadir obras a la gracia, pues si por gracia la salvación ya no es por obras (y si es por obras entonces ya no es por gracia).

El falso evangelio de las obras es una carga muy pesada imposible de soltar cuando no tenemos la justicia de Cristo. Por esta razón hay incompatibilidad entre gracia y obras en materia de salvación. Las obras pueden ser un producto de la redención pero jamás la redención será un producto de nuestras obras. Cargar con el ídolo de las buenas obras se hace comparable al pecado de Acán, quien se quedó con ciertos objetos prohibidos del exterminio: con plata, un manto y un lingote de oro. Esto le pareció un botín delicioso ante sus ojos, pues guardó aquello que le gustaba mucho. Lo tenía escondido bajo tierra (sepultado), pero como para Dios nada hay oculto se hizo manifiesto su pecado y el juicio vino contra él y su familia. Es por eso que insistimos en la importancia de conocer la obra y la persona de Jesucristo a partir de lo que ha sido reportado en las Escrituras. Los que hacen como Acán, sepultando su botín precioso que le gustaba tanto, se sorprenderán cuando el Señor les diga en aquel día: nunca os conocí. Empero los que colocan como único fundamento de su salvación la persona y la obra de Jesucristo serán comparados al que edificó su casa sobre la roca, porque cuando vinieron lluvias y fuertes vientos la inundación azotó contra ella pero la edificación no se conmovió.

César Paredes

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Tags: SOBERANIA DE DIOS

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