Mi?rcoles, 14 de octubre de 2015

Debemos aseverar lo que otros niegan en asuntos de fe, pero no por capricho se lleva la contraria en la argumentación sino bajo la égida de la defensa del evangelio. Hay malos lectores de la Biblia, como aquellos que miran por encima de las letras y deducen teorías complejas que hacen un tormento para sus vidas. Poco importa que hayan mostrado su apego a las doctrinas de la gracia, su desvarío los confina a un rincón de la tristeza espiritual.

El texto de Hebreos es un claro ejemplo de lo que se intenta exponer acá. Porque es imposible que los que una vez fueron iluminados y gustaron el don celestial, y fueron hechos partícipes del Espíritu Santo,  y asimismo gustaron la buena palabra de Dios, y las virtudes del siglo venidero,  y recayeron, sean otra vez renovados para arrepentimiento, crucificando de nuevo para sí mismos al Hijo de Dios, y exponiéndole a vituperio. Porque la tierra que embebe el agua que muchas veces vino sobre ella, y produce hierba provechosa a aquellos de los cuales es labrada, recibe bendición de Dios: Mas la que produce espinas y abrojos, es reprobada, y cercana de maldición; cuyo fin será el ser abrasada (Hebreos 6:4-8).

A primera vista es un texto para poner a todo creyente a temblar, ya que no hay quien esté libre de pecar voluntariamente. La naturaleza pecaminosa del hombre lo hace caer una y otra vez, pero al igual que Pablo nos damos cuenta del aborrecimiento de aquello que no deseando hacer hacemos. La ley del pecado en los miembros del creyente lo lleva a cometer errores a lo largo de su vida, por lo que si el párrafo enunciado se lee superficialmente quedaremos deshechos. Los malos lectores dirán que la salvación se pierde y el creyente cae en apostasía, todo por haber sacado de contexto lo que se ha leído.

Debemos preguntarnos cuál es el propósito de Hebreos. Como su nombre indica se tiene en mente a los judíos que estuvieron vinculados con la doctrina cristiana. Ellos estaban familiarizados con el Antiguo Testamento y sus enseñanzas, de allí la alusión continua a la expiación, al sacerdocio, y que se haga mención de los Ángeles, de Moisés y de Abraham. Pero su autor coloca a Jesucristo como la meta más alta de todo lo que hablaban los profetas antiguos, como la salvación anunciada por medio de los diversos escritores sagrados.

Si la salvación ha sido por gracia, mal puede atribuirse el lector de este libro el derecho o la posibilidad de colocar su esfuerzo en ayuda a lo que ha sido consumado. Al contrario, el contexto descubre el sacerdocio único de Jesucristo, el cual perfeccionó de una vez y para siempre el sacerdocio antiguo. Se nos dice que está a la diestra del Padre e intercede por nosotros. El llamado es a no caer o a no apostatar creyendo que Jesucristo no es suficiente por sí solo, pues hay quienes llamándose hermanos y asumiendo la doctrina de la gracia todavía pretenden añadir su propio esfuerzo o su propia justicia a la de Cristo. Quienes así actúan tienen celo de Dios pero no conforme a ciencia y descuidan lo que el autor ha dicho más adelante respecto al Señor: Mas ahora tanto mejor ministerio es el suyo, cuanto es mediador de un mejor pacto, el cual ha sido formado sobre mejores promesas (Hebreos 8:6).

¿Cuál es la esperanza de aquellos que confían en ser justos delante de Dios al pretender añadir la justicia propia a la justicia de Cristo? Porque los que recuerdan pecados como muy graves que no se pueden perdonar, o los que viven atormentando a los demás por las faltas que valoran, tratan de añadir perfección a la perfección. Y eso hacen precisamente los que creen que el texto en estudio predica la apostasía de los creyentes. Ellos dicen que es imposible la renovación para arrepentimiento de aquellos que recayeron.

Pero aquellos hebreos destinatarios del escrito pretendían añadir al sacrificio del Mesías su propio esfuerzo circunscrito a la ley de Moisés, crucificando de nuevo para sí mismos al Hijo de Dios. Eso era volver atrás y recaer, para pretender de nuevo crucificar a Cristo añorando el templo, sus sacrificios y la obediencia a la ley para ser justificados. Ese era el grave error que tenían después de haber gustado el don celestial, después incluso de haber sido partícipes del Espíritu Santo, gustando la buena palabra de Dios. Se es participe del Espíritu Santo no porque se lo tenga dentro sino por la compañía de los fieles donde Dios mora junto con su Hijo. Esto es gustar el don celestial, como en la parábola del sembrador cuando la planta crecía entre espinos y después no daba fruto.

Paradójicamente, los que se aferran a la idea de la culpa perpetua y confiesan que es posible perder la salvación, atestiguando además que el autor de Hebreos así lo confirma, están creyendo en una salvación ayudada por el hombre. Estos pueden llamarse sinergistas, esto es, los que creen que hay que colaborar con Cristo para hacer eficaz la salvación otorgada. Estos creen que se puede resistir al Espíritu Santo y que el hombre prevalece por encima de Dios. Es como si dijesen que Dios otorga pero no obliga porque es un Caballero.

Nada más lejos de la realidad teológica de las Escrituras: nadie viene a mi si el Padre que me envió no lo trajere (a la fuerza). Poner la confianza en algo más que Cristo es apostasía, por cuanto se pisotea su sangre y se niega la Escritura que nos ha declarado muertos en delitos y pecados antes de la regeneración por el Espíritu de Dios. El contexto de lo enunciado muestra dos conjuntos de personas en oposición: 1) los que colocan su propia justicia junto a la de Cristo -los judíos que pretendían ser creyentes y volver al judaísmo; 2) los verdaderos creyentes de quienes se espera mejores cosas. En realidad, antes de afligirse por los versos leídos conviene leer el verso que viene inmediatamente después: Pero de vosotros, oh amados, esperamos mejores cosas, y más cercanas a salud, aunque hablamos así (Hebreos 6:9). Porque apostatar no pertenece a las cosas de la salvación, sino de la condenación.

Por otro lado, no podemos negar lo que escribió Juan en una de sus cartas, que si hemos pecado abogado tenemos para con el Padre, a Jesucristo el justo. Y si confesamos nuestros pecados, él es fiel y justo para perdonarnos. Si decimos que no pecamos le hacemos a él mentiroso y su palabra no está en nosotros. Con esta breve exposición de Juan el Espíritu nos enseña la armonía entre Hebreos y la confianza del perdón de Dios, por cuanto el creyente no cae de la fe, más bien huye del extraño porque no conoce su voz (Juan 10).

César Paredes

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Tags: SOBERANIA DE DIOS

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