Mi?rcoles, 14 de octubre de 2015

Los seres humanos fuimos creados por Dios, un ser que tiene todo el poder absoluto sobre aquello que ha hecho. Nada le es imposible ni difícil por lo cual esperar en Él genera confianza. Podemos llamarlo el Dios de la promesa en razón de lo que nos ha dicho a través de sus profetas, revelándonos las buenas nuevas de salvación.

Sabemos que hay una revelación escrita y otra manifestada en la creación. Lo que de Dios se conoce ha sido manifiesto por lo que ha hecho, pero en forma particular ha declarado su voluntad y los que escribieron la Biblia lo develaron. Esto es un dogma de fe, para todos los que fuimos objeto de su amor desde antes de la fundación del mundo. El Hijo enviado a la cruz por causa de la totalidad de los pecados de su pueblo ha permitido en la historia la redención de sus escogidos.

Tenemos la certeza del cumplimiento de lo que se nos ha prometido en virtud del poder que acompaña al que promete. Si un solo átomo del universo hubiese quedado al azar hubiese sido posible la alteración de lo que Dios pensó acerca de nosotros. Si Él salva es porque tiene la capacidad, si perdona es porque tiene las condiciones de justicia para hacerlo. Cada profecía declarada se cumple en su tiempo con la precisión y armonía que provienen de su sabiduría y potencia. Se ha escrito que aun lo malo que pasa en la ciudad lo ha hecho Jehová, que de su boca sale lo bueno y lo malo. No es de extrañar que también se haya escrito acerca de Lucifer, el ángel hermoso que se convirtió en Satanás, pues Dios también hizo al malo para el día malo (Proverbios 16:4).

La buena nueva presupone una mala noticia para los que fueron reprobados desde antes de la fundación del mundo. En razón de lo dicho, el Todopoderoso es imitado por alguien que no alcanza las mismas condiciones. Una criatura ha intentado convertirse en Dios y solo ha quedado un boceto mal dibujado para los miles de millones de seguidores que reclaman igualdad de condiciones en materia de fe. Pero acá hay un claro error de concepción por cuanto la fe es un regalo de Dios y no es de todos la fe (2 Tesalonicenses 3:2). Mal puede haber reclamo de algo que no se desea por naturaleza.

Sin embargo, hay alegría en los imitadores cuando calcan las costumbres y dibujan el croquis de la ruta a seguir. Como si quien pintara un paisaje reclamara para sí la naturaleza descrita, como si el trazo hábil de la mano convirtiera en un corcel al dibujo de un caballo. Así son los imitadores de la fe en Jesucristo, los cuales se han erigido un evangelio diferente pero se han cuidado de que se parezca al máximo al evangelio imitado.

Para conseguir la meta trazada los falsos maestros educan a sus seguidores con el mismo libro inspirado a los profetas, aunque dándoles una interpretación privada. Como no perciben lo que el Espíritu de Dios da a los que han nacido de nuevo, los imitadores intentan manifestar los dones del Espíritu, sacándolos a relucir extemporáneamente bajo una repetición teatral ilusionista. Aparecen en la escena pública los que hablan en lenguas extrañas (pero no extranjeras), los sanadores de toda dolencia (como si fuesen médicos internistas), y aún los que simulan resucitar muertos. Ellos le cantan salmos e himnos al dios que reconocen como suyo, un dios que no puede salvar pero que se les acomoda a su imagen y semejanza.

La rotura de su imitación la corrigen con el disimulo de palabras elocuentes de una teología que emana de las letras de la Biblia, forma pura sin sustancia, letra muerta para almas muertas. Cuando Dios ha dicho que los odia ellos dicen que los ama, porque dado que Dios es amor no puede odiar a nadie. Entonces aparece el intérprete y da curso a la interpretación privada: el verbo griego miseo ya no significa odiar sino amar menos o tener en descuido. De esta manera pretenden solucionar su conflicto con la declaración bíblica en torno al modelo del amor y odio de Dios. Porque Dios amó a Jacob pero odió a Esaú, los arquetipos de su amor y odio desde antes de que fuesen creados. Esta revelación escrita los espanta, pero el asombro se ha disimulado con elucubraciones lingüísticas acerca de las palabras usadas por el escritor bíblico.

Los que somos objeto del amor de Dios tenemos que cargar con el odio de los que odian a Dios. Si amamos a Dios ha sido porque Él nos amó primero, pero los que a Dios odian lo hacen porque fueron odiados primero por Él, desde la eternidad (Romanos 9). Conocemos que Dios rescató a su pueblo de mano de Faraón, de casa de servidumbre, porque Jehová los amó. Conoce, pues, que Jehová tu Dios es Dios, Dios fiel, que guarda el pacto y la misericordia a los que le aman y guardan sus mandamientos, hasta las mil generaciones (Deuteronomio 7:9).

El Dios de la promesa al no poder jurar por otro mayor, juró por sí mismo, y dijo: De cierto te bendeciré bendiciendo, y multiplicando te multiplicaré (Hebreos 6:14). De esta forma se acababa toda controversia, con el juramento para confirmación, mostrando a sus herederos la inmutabilidad de su consejo. Precisamente, la capacidad de Dios para cumplir lo que promete descansa en su soberanía sobre toda cosa creada. La seguridad de sus promesas se fundamenta en su esencia, ya que sólo Él es Dios. Empero si él se determina en una cosa, ¿quién lo apartará? Su alma deseó, e hizo. El pues acabará lo que ha determinado de mí: Y muchas cosas como estas hay en él (Job 23:13-14). Como los repartimientos de las aguas, así está el corazón del rey en la mano de Jehová: A todo lo que quiere lo inclina (Proverbios 21:1).

Para que se sepa desde el nacimiento del sol, y desde donde se pone, que no hay más que yo; yo Jehová, y ninguno más que yo: Que formo la luz y creo las tinieblas, que hago la paz y creo el mal. Yo Jehová que hago todo esto (Isaías 45:6-7).

El sueño de Lucifer de ser adorado lo ha alcanzado temporalmente por medio de todos aquellos que sacrifican honra y alabanza a sus ídolos, dándoles tributo a los demonios. Sabemos que un ídolo es nada pero que detrás de ellos están los seres espirituales de maldad: porque lo que la gente sacrifica a sus ídolos, a los demonios sacrifica (1 Corintios 10:20). Y un ídolo surge antes que nada a partir de una imagen mental que toma cuerpo en el espíritu del que lo crea o lo imagina. La interpretación privada de las Escrituras es una fábrica de ídolos, de manera que el mundo le rinde tributo a los demonios y recibe la retribución de su extravío.

El Dios de la promesa es imitado por el dios que promete mucho, da poco y quita todo. El pueblo de Dios tiene el llamado para huir de Babilonia, no para transformarla, pues el que ama el mundo se constituye enemigo de Dios. Creámosle al Dios de la promesa en virtud de su capacidad para cumplirla, porque es fiel y soberano, y nada hay debajo de Él que lo intimide.

César Paredes

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Tags: SOBERANIA DE DIOS

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