Martes, 06 de octubre de 2015

El que no ha nacido de nuevo no puede ver el reino de Dios, pero esto no suele importarle al no creyente ya que no está consciente de su realidad espiritual. El no convertido es incapaz de auto-regenerarse, tampoco puede discernir las cosas espirituales para las cuales está impedido por naturaleza. El hombre caído en pecado está ciego, es ignorante, malo e indispuesto espiritualmente. Es asimismo hostil, tiene incapacidad y carencia de voluntad para disfrutar de la ley de Dios: Por cuanto la intención de la carne es enemistad contra Dios; porque no se sujeta a la ley de Dios, ni tampoco puede (Romanos 8:7).

Sabemos que la garganta del impío (no creyente) es un sepulcro abierto, sus labios están cargados de veneno de áspides y su boca llena maldición. Los miembros de su cuerpo son instrumentos de injusticia, en tanto es siervo del pecado en este mundo. El impío es un prisionero de Satanás, está separado de Dios y desea permanecer en ese estatus en el cual se deleita. Su entera genealogía hacia lo más antiguo, hasta llegar a Adán, está repleta de más impíos mentirosos, fornicarios, asesinos, depravados y en acérrima enemistad con Dios. Como dijo el profeta David: en maldad he sido formado y en pecado me concibió mi madre.

Ahora bien, dada tan grande enemistad entre el hombre y su Creador se hizo necesario que el Hijo recibiera el castigo por todo el pecado de su pueblo. Es en ese sentido que Jesucristo se convirtió en el Mediador entre Dios y los hombres, ya que lo necesitábamos. Jesucristo se convirtió en maldición, fue hecho pecado por causa de sus redimidos, el Justo pagando por los injustos para que Dios nos tenga por justificados en el nombre del Hijo. La justicia de Dios se satisfizo cuando lo abandonó en la cruz y Jesús pudo exclamar consumado es.

La Escritura dice que somos salvos por gracia, de manera que no es por obras de hacer o no hacer. Pero la gracia de Dios no significa que no mira el pecado o que lo pasa por alto, sino que nos otorga el perdón en virtud de que ya castigó a Su Hijo por todos los pecados de quienes vino a redimir. El castigo que Dios da a sus hijos es correctivo, una manifestación de que nos ha adoptado como sus herederos a quienes disciplina. La gracia se proclama por el evangelio como la seguridad absoluta del perdón total de nuestros pecados.

Sabemos que Jesús no rogó por el mundo la noche antes de su crucifixión, sino solamente por los que el Padre le había dado -que incluyen a los que habrían de creer por la palabra de aquellos. Siempre se anuncia este evangelio para que crean todos los que fueron ordenados para vida eterna, que son los mismos por los cuales Jesús oró y por quienes murió. La economía de Dios es perfecta y cumple todo lo que se ha propuesto, de tal forma que no hay desperdicio ni en la muerte del Hijo, ni en la regeneración que hace el Espíritu ni en la elección incondicional del Padre.

La gracia de Dios se manifiesta cuando Él convierte a alguien y lo santifica. Desde la perspectiva del pecador no arrepentido, pero que es movido por el anuncio del evangelio que incluye la noción de pecado de una humanidad muerta espiritualmente, cabe la pregunta de si hay esperanza y ayuda. La respuesta es que si usted es dirigido por Dios mismo hacia Jesucristo como el único camino, la única verdad y la única vida, entonces él llegará a ser de gran valor para usted. Los que ya hemos creído sabemos la valía de la salvación, sobretodo porque nunca ha dependido de nosotros puesto que no tenemos libertad para elegir.

Juan escribió que nosotros amamos a Jesucristo porque él nos amó primero; en esta idea, Jesús le dijo a un maestro de la ley que era necesario nacer de nuevo. Le explicó que eso solo era posible por voluntad divina, de manera que dejaba por fuera la voluntad humana. El círculo se cierra cuando el Señor aseguró que nadie va al Padre sino por el Hijo, más el añadido de que nadie va al Hijo si no le fuere dado del Padre. Verdaderamente no tenemos libertad para elegir.

César Paredes

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Tags: SOBERANIA DE DIOS

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