Domingo, 20 de septiembre de 2015

Al parecer la Escritura nos dice que las cosas espirituales han de ser discernidas espiritualmente, pero agrega que el hombre natural no puede entender las cosas que son del Espíritu de Dios, porque para él son locura. Con este argumento como premisa mayor aparece de seguida la menor:  el hombre natural que oye el evangelio no puede entenderlo. La síntesis inequívoca es que no puede ser salvo en consecuencia.

Este silogismo presentado nos conduce a nuevas premisas mayores y menores, junto con sus respectivas síntesis. El problema no finaliza pero sí que llega al menos a dos caminos finales:  1) La pregunta lógica del objetor, ¿por qué, pues, Dios inculpa? Pues, ¿quién ha resistido a su voluntad?  2) La aceptación de que solamente cuando el Espíritu da vida la salvación se hace una realidad.  El planteamiento del objetor lo encontramos en el capítulo nueve de Romanos, mientras que la referencia al nuevo nacimiento como requisito indispensable para ser salvo aparece en el evangelio de Juan. Estos nacidos de nuevo no son engendrados de sangre, ni de voluntad de carne, ni de voluntad de varón, sino de Dios (Juan 1:13 ... Juan 3:7).

El nuevo nacimiento es un acto sobrenatural y corresponde al Espíritu de Dios el dar vida a quien el Padre ha elegido para tal propósito. El Hijo propició con su sangre la paz para esos elegidos desde antes de la fundación del mundo, por lo cual resulta imposible que la doctrina del evangelio sea un prerrequisito para llegar a creer. Dado que la humanidad murió espiritualmente no puede ningún miembro de la raza humana revivir por cuenta propia y llegar a entender tal doctrina. Si las cosas espirituales se disciernen espiritualmente no puede el hombre natural, muerto en sus delitos y pecados, discernir la doctrina del Padre o la del Hijo.

Entonces, ¿cómo llega el elegido a pasar de muerte a vida? Sabemos que se nos ha encomendado la predicación del evangelio pero no todos los que lo oyen llegan a creer. La Biblia nos presenta diferentes casos de personas cuyo entendimiento fue abierto para que llegasen a creer; Lidia fue una mujer vendedora de púrpura a quien Dios le abrió el corazón para que entendiese lo que Pablo decía. Eso es lo que sucede con el nuevo nacimiento, el Espíritu da vida y la persona cree, pasa en consecuencia a entender la doctrina del evangelio. Resulta obvio que el Espíritu que da vida no va a enseñar una doctrina diferente a la que inspiró a los autores de la Escritura.

Mal puede alguien aducir que es salvo mientras cree un evangelio diferente del que se anuncia en las Escrituras. Hay imitaciones que simulan con mucha propiedad el objeto imitado, pero eso no hace que lo imitado sea idéntico a lo que se imita. El ladrón en la cruz fue salvado casi en el último momento de su vida, pero fue el Espíritu el que le dio el entendimiento de quién era el Señor que estaba a su lado. El otro ladrón siguió injuriándolo porque seguía siendo un hombre natural que no entendía las cosas del Espíritu de Dios. Juan el bautista era un feto a quien el Espíritu hizo entender que estaba frente al Hijo de Dios cuando María lo tenía en su vientre.

¿Cuál es entonces el contenido del evangelio a predicar? Es el mismo contenido a creer. Sabemos por las Escrituras que Dios quiso salvar a su pueblo elegido a través de la expiación que Su Hijo hiciera en la cruz del calvario, cuando derramó su sangre por muchos. Estos muchos son su pueblo, sus amigos, su iglesia, las ovejas del buen pastor. Este mundo es el amado por Dios, pero no es el mismo mundo por el cual el Hijo no rogó la noche previa a la expiación. Uno anuncia este evangelio, lo cual es en realidad una buena noticia para el que ha sido elegido por el Padre desde antes de la fundación del mundo, cuyo nombre ha sido inscrito en el libro de la vida del Cordero en esa misma época.

Es de hacer notar que aquellos que son contados como ovejas serán movidos en el tiempo oportuno del Señor para creer lo que la Biblia anuncia. Para los no escogidos no hay buena noticia sino un mal anuncio. Esa es la razón por la cual el mundo nos odia tanto, pues el mundo ama solamente lo suyo. El príncipe sagaz de este mundo tiene su propio anti-evangelio, el evangelio diferente con un hijo de Dios diferente, pero muy bien imitado.  Acá caben todos porque ese cristo murió por todos sin excepción; acá se pregona que basta que el hombre quiera ser bueno para que entre al reino de los cielos. Con la falacia de que Dios no puede querer lo malo que nosotros no deseamos se le dice a la muchedumbre que si ellos quieren que sus familiares sean salvos Dios también lo quiere. De esta forma se homologa el deseo humano con el deseo divino y los feligreses alcanzan satisfacción aún en medio de sus terribles dolores.

Asaf, el salmista, dijo que los impíos no tienen congojas por su muerte ni pasan trabajo como los demás mortales. Ellos mueren y sus familiares elevan plegarias para que salgan poco a poco del sitio donde entraron a purgar sus pecados. El novenario representa el proceso de gestación del feto en el vientre de la madre, un promedio de nueve meses. Un día por año, de manera que al noveno día de rezo se garantiza que el alma en pena sale del purgatorio. Los que se encuentran por fuera del llamado de Dios se acogen a la esperanza de la ilusión montada como trampa para engañar a los que no quisieron creer a la verdad.

Dice la Escritura que el dios de este siglo cegó el entendimiento de los incrédulos para que no les resplandezca la luz de la verdad que es Cristo. Ni quieren ni pueden, en tanto son hombres naturales, pues para querer y poder hace falta nacer de nuevo. ¿Quién es suficiente para esto? Solamente Dios es capaz de dar vida a quien Él quiere darla, pero también puede endurecer y así lo hace a quien quiere endurecer. Esta es la razón por la que se ha levantado el objetor para discutir con Dios, diciéndole ¿por qué, pues, inculpa? Pero la Escritura dice que Dios sometió la creación a vanidad por causa del que la sujetó a esperanza.

No hay más salida que la revelación escrita de Dios la cual conviene examinar profundamente. Si creemos que allí está la vida eterna deberíamos dedicarnos a leer su contenido y a escudriñar su mensaje. Nos sorprenderemos al conocer a un Dios diferente del que se predica en los templos contemporáneos. Pero entrar a examinar la Palabra de Dios implica generar crisis porque ella nos enseña cuán perdida está la humanidad y cuán inútil es el esfuerzo que hace por aferrarse a la salvación. No hay otra vía sino que nos sean abiertos los ojos de nuestro entendimiento para comprender quién es la persona de Jesucristo y en qué consistió su trabajo en la cruz. La fe viene por el oír la palabra de Cristo.

César Paredes

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Tags: SOBERANIA DE DIOS

Publicado por elegidos @ 17:26
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