Mi?rcoles, 19 de agosto de 2015

En tiempo pasado nadie era pueblo de Dios, en el tiempo de ahora muchos han llegado a ser su pueblo. Por naturaleza se es hijo de la ira (como todo el mundo) pero al recibir la misericordia y el llamamiento de Dios se es partícipe del conglomerado de redimidos por su gracia. Es claro que toda la humanidad se perdió y se hundió hasta morir en sus delitos y pecados, de manera que ante Dios éramos semejantes a trapo de mujer menstruosa, menos que nada, sin valor aparente.

Dos grandes grupos de personas componen el planeta, los redimidos y los reprobados. Ellos lo son eternamente, desde la eternidad pasada hasta la eternidad futura, si se nos permitiera expresar en términos del tiempo (pasado y futuro) el concepto de eternidad. También se puede describir a estos grupos como dos continentes de personas, de los cuales uno es un conjunto de ovejas y el otro representa el rebaño de los cabritos.

Jesús definió el hecho de poder ir a él como un fenómeno de la esencia; él dijo que no se podía creer en él si no se era parte de sus ovejas. De manera que se nace con esa naturaleza, aunque se la ignore mientras no hayamos sido llamados de las tinieblas a la luz. En un sentido general toda la humanidad caída ha venido a ser hija de la ira de Dios, gobernada en gran medida por el príncipe de las potestades espirituales de maldad, sujeta a la esclavitud del error o pecado.

Pero en un sentido particular existen los hijos del diablo, que son aquellos a quienes no se les dio la condición de ser ovejas. Vosotros de vuestro padre el diablo sois ... dijo Jesús. Son dos cosas distintas el ser hijo del diablo y el ser hijo de la ira. Mientras la oveja no haya sido llamada a seguir a Jesucristo continúa siendo hija de la ira, lo mismo que los demás (los que son cabritos desde la eternidad). Esta verdad se ve reflejada en el paradigma de Jacob y Esaú, los gemelos hijos de Isaac. Ellos no habían aún nacido ni hecho bien o mal pero ya tenían el destino marcado en forma irrevocable por el Elector. Uno era oveja y el otro cabrito, uno sería llamado y el otro seguiría siendo hijo del diablo, como Caín que era del maligno.

Para apoyo de lo que decimos nos referimos a Jesús cuando oraba al Padre la noche antes de su crucifixión. El pedía y rogaba por los que le habían sido dados, las ovejas por las cuales pondría su vida en pago por su rescate, pero específicamente decía que no rogaba por el mundo, el lote que representaba en su contexto los hijos de Satanás. Judas Iscariote estuvo entre ese grupo por el cual Jesús no rogó, también estuvieron en él los citados en Apocalipsis 13:8 y 17:8, que son los que adorarán a la bestia y se maravillarán frente a ella, cuyos nombres no están escritos en el libro de la vida del Cordero inmolado desde la fundación del mundo.

No tenía sentido orar por aquellos cuyos nombres no estaban escritos en el libro de la vida desde la fundación del mundo, por lo cual en la economía de la salvación de Dios no hay desperdicio ni de oración ni de la sangre derramada por el Hijo. Es por ello que la Biblia concuerda en cada texto que en ella aparece, debido a la interpretación que ella misma recomienda: pública y no privada. La interpretación de la Biblia se hace según la Escritura junto a Escritura, bajo el parámetro de su sintaxis y contexto, para que nadie se atreva a torcer el mensaje plano que ella exhibe.

Jesús también dijo que ninguno podía venir a él a no ser que el Padre que lo envió a él lo trajere a la fuerza. Agregó que el que a él viene no lo echa fuera, que lo que el Padre le daba no lo perdería sino lo guardaría en sus manos y en las manos de su Padre, quien es mayor que todos. Es por ello que Pablo agregó que nadie nos podía separar del amor de Dios que es en Cristo Jesús, ni la muerte ni la vida, ni ninguna criatura (cosa creada dicen algunas traducciones).

Dado que el mundo está muerto en sus delitos y pecados se hace necesario la resurrección del espíritu, que el Señor denominó nacer de nuevo. Esta actividad la hace el Espíritu de Dios en armonía con la selección hecha por el Padre desde la eternidad y en armonía con la expiación hecha por el Hijo. Recordemos que Jesús puso su vida por las ovejas, no por los cabritos. Él lo dijo y lo repitió, énfasis que nos trae a la mente el hecho de la coordinación del Padre, del Hijo y del Espíritu, como sucedió en la creación relatada en el Génesis con la expresión Hagamos al hombre a nuestra imagen y semejanza.

La disputa entre las personas que conforman al Trino Dios no se ve por ningún lado, no hay discordancia entre los elegidos del Padre y los que Jesús llamó sus ovejas, ni entre éstos y los que el Espíritu hace nacer de nuevo. Esto también está reflejado en el texto de Pablo que nos dice que a los que antes conoció (amó) también predestinó, y a los que predestinó también llamó, y a los que llamó también justificó, y a los que justificó también glorificó (Romanos 8:29-30). En esta cadena de eventos los mismos sujetos son los que participan en cada uno de sus eslabones. Estos no son otros sino las ovejas de Cristo, los elegidos del Padre y vivificados por el Espíritu.

Ahora bien, la persona puede ser oveja sin que lo sepa, por lo cual vive como un cabrito bajo la ira de Dios. Más allá de que haya sido amado desde la eternidad, en el tiempo presente de su ignorancia está bajo la ira de Dios sufriendo el pecado del mundo; pero llegado el momento Dios le abrirá los ojos del entendimiento, le cambiará el corazón de piedra por uno de carne, lo hará nacer de nuevo. Es allí cuando es llamado y comienza su vida como creyente en Jesucristo, su Salvador y Señor.

Pedro lo expresó de esta otra manera: Vosotros, que en tiempo pasado no erais pueblo, mas ahora sois el pueblo de Dios; que no habíais alcanzado misericordia, pero ahora habéis alcanzado misericordia (1 Pedro 2:10). No éramos pueblo (pero sí éramos ovejas sin saberlo), mas por el llamamiento hecho por la locura de la predicación, con la cual quiso Dios salvar al mundo, la palabra de Dios cobró sentido para la oveja extraviada y encerrada en las prisiones de oscuridad. Es a partir de ese momento que se comprende la necesidad de abstenerse de las concupiscencias carnales que batallan contra el alma, por cuanto ya se es libre del pecado y siervo para Dios. 

Este sentido expresado en la Escritura también fue colocado en relieve por Pedro, con quien se inició la iglesia en el día del Pentecostés. En una de sus cartas escribió: Porque vosotros erais como ovejas descarriadas; mas ahora habéis vuelto al Pastor y Obispo de vuestras almas (1 Pedro 2:25). Pedro también lo comprendió por cuanto anduvo con Jesús y fue inspirado por el Espíritu a escribir tales palabras, éramos como ovejas descarriadas. El profeta Isaías era del mismo sentir cuando anunció al Mesías que habría de sufrir cargando los pecados de su pueblo; dijo lo que ha sido muy conocido por los lectores de la Escritura: Todos nosotros nos descarriamos como ovejas, cada cual se apartó por su camino: mas Jehová cargó en él el pecado de todos nosotros (Isaías 53:6).

Es curioso que el profeta no haya dicho que nos descarriamos como cabritos, más bien dijo como ovejas. Es el mismo Espíritu el que ha inspirado a todos los escritores bíblicos y no puede haber contradicción en sus palabras, a no ser que se le busque una interpretación privada. Cabe agregar que cuando la Biblia habla de las ovejas del Señor lo refiere como al pueblo de Dios, pero no siempre que habla de su pueblo hace referencia a sus ovejas.

¿Qué nos dice la palabra sobre la descendencia de Abraham? Que no todos los que descienden de Israel son israelitas, ni por ser descendientes de Abraham, son todos hijos, sino: En Isaac te será llamada descendencia. No los que son hijos según la carne son los hijos de Dios, sino que los que son hijos según la promesa son contados como descendientes (Romanos 9: 6-8). Dios le entregó su promesa a Abraham, no al pueblo de Israel; a Isaac se la confirmó y también a Jacob. José profetizó que el pueblo habría de salir de Egipto y a Moisés le fue dicho que el pueblo entraría en una tierra especial.

Jesús dijo que al que el Hijo libertare sería verdaderamente libre, pero los judíos le argumentaron que ellos eran hijos (pueblo) de Abraham, dando a entender que no eran esclavos ni hijos de fornicación. Pero Jesús les recordó que pese a ser descendientes de Abraham (pueblo) eran hijos del diablo (Juan 8: 34-44). De la manera que Abraham creyó y le fue contado por justicia, también los que son de la fe son los hijos de Abraham, no los descendientes según la carne.

En síntesis, que el Cordero de Dios en tanto el Buen Pastor puso su vida por las ovejas. De allí que calificamos como linaje escogido, real sacerdocio, nación santa, pueblo adquirido. Los que no éramos pueblo en el tiempo pasado somos ahora pueblo de Dios, los que no habíamos alcanzado misericordia ahora la hemos alcanzado. Vivamos pues de acuerdo a las virtudes de Aquél que nos llamó de las tinieblas al reino de su luz admirable.

César Paredes

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Tags: SOBERANIA DE DIOS

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