S?bado, 15 de agosto de 2015

Por el Espíritu Santo creemos la verdad del evangelio, él nos enseña todas las cosas y nos recordará todo aquello que fue dicho por el Señor (Juan 14:17 y 26). Ese Espíritu procede del Padre y da testimonio en relación al Hijo (Juan 15:26), el cual es llamado el Espíritu de la Verdad, porque nos guiará a la Verdad (Juan 16:13). Estas son algunas de las características del Espíritu de Dios que mora en sus hijos, de manera que deducimos que el creyente no puede en ningún momento creer en el espíritu de la mentira.

Mucho menos puede habitar con ella, vivir en una falsa enseñanza o contradecir teóricamente la Escritura. Somos llamados la circuncisión que adora por el Espíritu de Dios, la que se gloría en Cristo Jesús, la que no confía en la carne (Filipenses 3:3), por lo que mal pudiera un creyente adorar a un falso Jesús, a una imagen de un dios conforme a su carne y ajena a la doctrina de la Escritura. Sin embargo, no son pocos los que llamándose creyentes sostienen que el Espíritu estuvo batallando con ellos, convenciéndolos de pecado, tratando de ayudarlos para que se dieran cuenta de la verdad. En ese tiempo, dicen ellos, eran creyentes pero confesaban una doctrina falsa.

Cierto es que el nuevo nacimiento es una doctrina de Jesucristo que nos enseña que el Espíritu de Dios es el que nos regenera. Esta obra es exclusivamente divina y viene anclada al hecho de que Dios es Todopoderoso. Por ello resulta un contrasentido suponer que el Espíritu agoniza para convencernos de pecado, de justicia y de juicio. El poder de Dios es absoluto, a su palabra aparecieron todas las cosas que ha creado, de manera que a la voz del Espíritu la persona es regenerada. Cuando ha nacido de nuevo se da cuenta de su pecado, por lo cual se arrepiente (cambia de mentalidad respecto a Dios y en relación al concepto de iniquidad).

Pero otra cosa muy distinta es lo que acontece con la gente en el mundo. Ellos pueden sentirse culpables por sus continuos errores, ya que la ley de Dios está en sus corazones (Romanos 3) y saben lo que es bueno y malo, dándoles testimonio su conciencia en aquello que aprueban o rechazan. Si alguien se da cuenta de que por ser una persona malvada merece la pena máxima, si anhela dejar sus malas acciones pero no puede alcanzarlo con éxito, eso no tiene nada que ver con la obra regeneradora del Espíritu Santo. El sentido de esclavitud al pecado, la sensación de no poder escapar al juicio de la propia mente del individuo, no son obra del Espíritu de Dios. El es un Espíritu de libertad y no de esclavitud.

El desespero no tiene nada que ver con la paz, alegría y esperanza que son fruto del Espíritu. Algo que se debe resaltar es que el Espíritu de Dios jamás hará a una persona ignorar la verdad revelada, la de que Jesucristo pagó en forma total por los pecados de su pueblo. ¿Por qué no puede engañar ni por un momento el Espíritu de Dios a sus herederos? Porque él es el Espíritu de Verdad. Y si el Espíritu es el que glorifica a Cristo mal podría alguien suponer por un instante que el que tenga el Espíritu Santo pueda ignorar la verdad del evangelio de Jesucristo.

Ahora bien, ¿qué agrega la Escritura a esta enseñanza? Que Dios nos escogió desde el principio para salvación en la santificación del Espíritu y la fe de la verdad a lo cual os llamó por nuestro Evangelio, para alcanzar la gloria de nuestro Señor Jesús el Cristo (2 Tesalonicenses 2: 13-14). El hecho de que la gente recuerde las malas cosas que ha hecho en la vida no es obra del Espíritu de Cristo, eso es obra de su memoria y de su conciencia. El hecho de que tal memoria vuelva a la persona apesadumbrada no implica que el Espíritu de Dios opere en su alma, simplemente es la consecuencia del recuento del ser frente al deber ser. Tal vez esa persona ha decidido cambiar en base a las enseñanzas leídas en la Biblia, tal vez escuchó hablar de los Diez Mandamientos o del Sermón del Monte. Esto no implica un nuevo nacimiento, como si la persona pudiera por sus propios medios resucitar en el mundo espiritual.  El que como consecuencia de su reflexión se hace hombre religioso no implica en ningún momento que esté vivo o que sus delitos y pecados ya no lo detengan en la tumba del espíritu. Su amargura irá ascendiendo porque sabe que no puede cambiar del todo, por lo cual su hábito religioso se acentúa, se vuelve más penitente en el amplio sentido del término.

La conciencia de pecado no es una consecuencia de tener el Espíritu de Cristo. Los fariseos tenían tal conciencia que la acompañaban de un gran celo por Dios, pero no lo hacían conforme a entendimiento. Ellos ignoraban la justicia de Dios (que es Cristo) y colocaban la suya propia, la de las obras de la carne, aunque la llamaran obra espiritual.

Estas experiencias espirituales no testifican de la presencia del Espíritu de Cristo en el supuesto creyente. Ellos suponen que este es el mecanismo de Dios para salvar a su pueblo, pero el Todopoderoso no necesita trabajar en la persona o trabajar a la persona. Mal puede una persona bajo estas condiciones suponer que obra buen fruto para Dios, cuando la oración y la ofrenda del impío son abominación al Señor. Claro, los que sostienen que el hombre no está totalmente muerto en sus delitos y pecados pueden promulgar una doctrina semejante, donde la conciencia humana trabaja conjuntamente con el Espíritu de Dios para su propia salvación. Pero tal vez sí creen que el hombre está muerto en sus delitos y pecados, por lo cual sagazmente también han sacado debajo de la manga la proposición del estado intermedio, de la gracia habilitante, mediante la cual Dios se despoja de su soberanía absoluta para dar paso a la libertad humana, de tal forma que el hombre tome su propia decisión. Pero ello es añadir herejía sobre herejía.

Dios no tiene iluminados o gente despierta que anda por el mundo batallando con el Espíritu del Señor hasta que finalmente caen derrotados ante su gracia. Cuando el Señor llamó a Lázaro de su tumba no lo despertó por un rato ni lo iluminó con gracia habilitante para preguntarle si quería salir de la muerte. Tampoco hizo algo parecido con Pedro, Juan, o con todos los que llamó para que lo siguieran. Ellos oyeron su voz y al instante dejaron todo para seguirlo. A Lidia le abrió el corazón para que entendiera las palabras de Pablo de manera que llegase a creer. Rogó por los que le había dado el Padre mas no pidió por el mundo; a unos les dijo que no podían creer porque no eran de sus ovejas, lo que es lo mismo, que eran hijos de su padre el diablo.

Cuando Dios lleva alguien a Cristo lo hace con tal fuerza que el verbo griego usado para la descripción ilustra cuando un barco es arrastrado por otro. No hay ruegos, no hay intentos fallidos, hay llamado eficaz. Pero los que asumen la herejía de la depravación parcial han negado lo que el libro de Romanos revela al respecto, han dejado a un lado lo que se ha expuesto a lo largo de los sesenta y seis libros de la Biblia. El que una persona se interese en la religión o en lo que la Biblia dice no implica por fuerza que haya sido resucitado de su muerte espiritual. 

Se puede orar, leer la Escritura, ir a los servicios religiosos en forma rigurosa, sin que ello signifique que la  persona haya discernido la verdad doctrinal. De hecho, en las iglesias de hoy (bien llamadas en el libro de Apocalipsis Sinagogas de Satanás) existe una mezcla doctrinal que ha dañado la enseñanza. Se cree en la soberanía de Dios pero se respeta el libre albedrío humano; se asume que Dios es bueno pero que lucha contra el mal, como una fuerza que se le avalancha y casi lo vence. A esto último se llama dualismo, una herejía soterrada que coloca a Satanás como un igual al Todopoderoso. El Espíritu Santo, según ellos, se ha convertido en un Caballero que seduce a las almas pero que no obliga a nadie.

Esa caballerosidad anula la gráfica exposición de Jesucristo acerca de que nadie viene a él a no ser que el Padre lo arrastre (ELKO, el verbo griego usado). Esa caballerosidad anula lo que Jesús dijo del Espíritu, que de donde quiere sopla y nadie sabe ni adónde va ni de dónde viene, como el aire o el viento. Ese Espíritu es el que produce el nuevo nacimiento por voluntad de Dios, no de varón alguno ni de voluntad humana. De manera que mal puede la gente en las iglesias (sinagogas de Satanás -SS) proponer la caballerosidad del Espíritu de Cristo procurando y rogando el acercamiento de la humanidad.

Por cuanto el Espíritu de Cristo jamás va a contradecir las palabras de Jesús, los que creen una doctrina diferente a la enseñada en la Escritura están siguiendo a otro espíritu. Pero hay gente que pareciera estar clara en esas sinagogas (SS), sin embargo procuran argumentar que no debemos tener guerra doctrinal porque la guerra es espiritual. Esta falacia se expone para convencer a los que intentan estudiar las enseñanzas de Jesús, de tal manera que los desaniman y les proponen el espiritualismo como doctrina. Dicen que lo que importa es lo que está en el corazón y no en la mente. Otra falacia que se suma para disimular la mortal ignorancia, ya que del corazón del hombre salen los malos pensamientos así como los buenos. No hay tal cosa como separación de corazón y mente en la Biblia, sino que son dos expresiones para significar una misma idea.

La experiencia religiosa ha venido a sustituir la doctrina de Jesucristo, ahora es más importante sentir que pensar, animarse que calcular, estar entusiasmado que analizar. Pero Jesús bien lo dijo un día, escudriñad las Escrituras, porque en ellas os parece que tenéis la vida eterna. Escudriñar es averiguar, examinar, indagar con cuidado. Sus antónimos son: desentenderse, distraerse, abstenerse. Tal parece que hoy día la gente en las iglesias (SS) se ha desentendido de la doctrina de Cristo, anda distraída con las emociones -dar saltos, hablar lenguas extrañas, decretar para conseguir lo que se les antoje, etc.-, también se abstienen de todo lo que implique un esfuerzo intelectual porque suponen que Dios está reñido con el intelecto y que eso los aleja de ser espirituales.

Esta gente ha pensado que orar en el Espíritu es dar alaridos, gemidos inescrutables o balbucear lenguas inexistentes; a otros les ha dado por profetizar, como si la profecía no ha sido sellada. No en vano el Señor dirá en el día final a muchísima gente: apartaos de mí, nunca os conocí. Ellos le responderán diciendo que en su nombre hicieron señales y milagros, incluso echaron fuera demonios, pero el Señor les dirá que se aparten al lago de fuego preparado para el diablo y sus ángeles.

El Espíritu Santo hace que su gente confiese el verdadero evangelio y los previene de confesar uno falso. Si él es quien nos conduce a toda verdad, mal conducidos andan los que militan en la ilusión de las falsas doctrinas, por mucho que le coloquen el nombre de Jesús a su dios, por mucho que intenten leer la misma Escritura que nunca logran desentrañar. Estos mal conducidos son llevados por cualquier viento de doctrina, andan aprendiendo doctrinas de demonios y se entretienen en vanos asuntos teológicos para darle la preponderancia a su religión de hacer y no hacer. Por cierto, el reino de Dios es justicia, paz y gozo en el Espíritu Santo (Romanos 14:17).

César Paredes

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Tags: SOBERANIA DE DIOS

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