Lunes, 10 de agosto de 2015

Suele esgrimirse que hablar de la predestinación es un asunto trivial, que poco importa en el fondo de una discusión teológica de la iglesia. Hay quienes aseguran que tocar ese tema es como hablar del milenio, o tal vez discutir acerca de si Melquisedec tenía o no tenía padres y hermanos. Pero en teología todo importa y muchas veces lo trivial es más bien trascendental. ¿Desea hablar usted en lenguas? Bien, lo que se responda permitirá conocer la doctrina que se asume, lo que ha entendido de un asunto que es historia extinguida en la iglesia de Cristo.

De la misma forma, creer en que el hombre tiene libre albedrío importa bastante. Ello toca el espacio vital de la naturaleza humana, equivale a asumir que la humanidad no está totalmente caída o separada de la gloria de Dios. Sería igual que negar los abundantes textos de la Escritura que nos hablan de la imposibilidad del hombre para buscar su salvación por sus propios medios. Si todos se desviaron, si no hay quien haga lo bueno ni quien busque a Dios, ni siquiera un justo, entonces la libertad para decidir en estos asuntos del Espíritu es más que imposible.

Es necesario que el hombre nazca de nuevo, que tenga un corazón diferente al endurecido por el pecado de Adán. Pero el nuevo nacimiento no se produce por voluntad humana (libre albedrío) sino por voluntad de Dios (libre albedrío divino). Es Dios quien tiene la libertad absoluta de decidir sobre quién tiene misericordia y sobre quién endurece. Al respecto muchos dan coces contra el aguijón por cuanto les molesta que en Dios repose el destino de su vida.

El alegato acerca de la necesidad de la libertad para asumir la culpa es débil. Hay deberes que el hombre tiene muy a pesar de que no haya intervenido su voluntad para asumirlos. La deuda externa de una nación pesa sobre el individuo que nace en ella, más allá de que esa persona no haya tenido la libertad de adquirirla cuando aún ni siquiera había nacido. El ser humano es responsable de cumplir el mandato divino más allá de su competencia para lograrlo.

Frente a este panorama bíblico se levanta el puño contra la voluntad de Dios. Casi toda la humanidad grita a una ¿por qué, pues, Dios inculpa? Este reclamo lo hace cuando se entera de la condenación de Esaú, la cual ocurrió aún antes de que naciese o hiciese bien o mal. Los que aparentan no discutir con Dios argumentan que Esaú se condenó a sí mismo y Dios lo previó por su carácter de Omnisciente. Pero quienes así aducen se equivocan en cuanto a la omnisciencia divina, ya que si Dios llega a conocer algo nuevo implica que antes era ignorante.

Entonces, ¿cómo sabe Dios? ¿Hay conocimiento en el Altísimo? Dios conoce desde el principio todas las cosas, todas sus obras; Él anuncia desde antes lo que habrá de venir. No lo hace porque haya visto en el túnel del tiempo lo que ocurrirá en el espacio-tiempo, sino porque ha programado el futuro que acontece al calco de sus profecías. Los que sostienen que Dios mira a través del tiempo para conocer están sugiriendo que Dios es un plagiario, que se copia de la mente de los hombres lo que piensan hacer y luego lo manda a escribir a sus profetas como si esa fuera su obra.

Es una gracia enorme el que alguien sea llamado a seguir a Jesús. Más allá de las caídas y derrotas por mandato de la carne, por obra de la vieja naturaleza, por la ley del pecado que mora en nosotros, somos considerados más que vencedores. Así le sucedió a Jacob, amado desde antes de la fundación del mundo,  de manera que la Biblia enfatiza que no es por obras, para que nadie se gloríe.

Si la salvación no es por obra humana entonces nadie puede jactarse de su libre albedrío, como si la diferencia la hiciera la decisión de la voluntad humana. Somos arrastrados hacia Cristo, lo amamos a él porque nos amó primero y nos eligió para representarnos en la cruz donde pagó por nuestros pecados. ¿A quién le puede interesar este anuncio? Solamente a los que son llamados para que acepten el mensaje.

Por eso la teología importa y la doctrina impartida en las Escrituras es trascendental. Importa tanto que no pueden andar dos juntos si no estuvieren de acuerdo, no puede uno decirle bienvenido a quien no trae esta doctrina. ¿Dónde estábamos nosotros cuando Dios fundaba la tierra? Esa pregunta se la hicieron a Job para que la pensase. Sin embargo, desde antes de ese evento ya existíamos en la mente del Creador con el propósito trazado para cada una de sus criaturas. Un Ser tan poderoso que a su voz aparecen todas las cosas no puede ser minimizado a la figura de un dios pagano. El Dios de la Biblia es soberano, hace como quiere y ha hecho al malo para el día malo.

Existe un llamado a huir de Babilonia y no a reformarla. La apostasía en la iglesia es un hecho notorio, la cizaña junto al trigo, las cabras dando cabezazos contra las ovejas. El deber de cada creyente es apartarse de los que no traen la doctrina de Cristo, aunque se llamen hermanos y digan que adoran al mismo Dios. Esta actividad es dolorosa en grado sumo ya que implica cohabitar con la soledad, sentir que el mundo es muy numeroso y que la iglesia está dispersa. Implica también romper afectos. Pero se nos ha dicho que en el mundo tendríamos aflicción, de manera que el mundo no nos ama ni nos reconoce. Dado que estamos ligados a mucha gente que está en el mundo, ello nos trae dolor. Somos llevados como ovejas al matadero todos los días, constantemente; pareciera que nadie nos escucha y que hemos venido a ser objeto de burla de los que creen que hemos enloquecido o que vivimos en un mito religioso y que Dios ni siquiera existe. Estos piensan que nos hicimos a nosotros mismos o que somos producto de un azar que permitió que apareciésemos en el universo.  

¿Quién ha creído a nuestro anuncio? Esta pregunta se la hizo Isaías (cap. 53 verso 1). Se refería a la doctrina del evangelio, el reporte de la gracia y misericordia de Dios a través de Jesucristo, aunque son pocos los que le dan crédito a este mensaje de la persona y obra del Hijo de Dios. Esta pregunta del profeta manifiesta una profunda soledad existencial, muy a pesar de que hablaba dentro de una nación que se consideraba escogida. Sin embargo, no fue todo Israel el escogido sino que en Isaac era llamada la descendencia.

Este texto de Isaías es recordado en Juan 12:38, basado en una cita tomada de la Septuaginta (El Antiguo Testamento en griego), donde aparece la expresión Señor, al comienzo de la pregunta. De manera que el profeta le pregunta a Dios acerca de los que han creído en el anuncio. Sigue la interrogante con una segunda parte: ¿Y sobre quién será manifestado el brazo del Señor? Cuando Jesús vino a la tierra se manifestó a un pequeño grupo de personas, mientras a las multitudes les hablaba en parábolas porque Dios había escondido los tesoros del reino a los sabios y entendidos.

Ya Isaías sentía lo que implicaba ser pocos entre muchos. El Señor se lo recordó a sus apóstoles: no temáis, manada pequeña, por lo cual entendemos que hoy día no es diferente. Lo que pasa es que en virtud de los medios de comunicación masivos vemos multitudes en los templos espurios y pensamos que nosotros estamos fuera de la gracia. Ciertamente es a la inversa, los de Babilonia son numerosos pero la manada pequeña se encuentra fuera de las sinagogas de Satanás.

Las enseñanzas de Jesucristo en materia teológica importan mucho, más allá de que un gran número de personas piensa que Jesús vino a darnos ejemplos de moral y buenas costumbres, que el propósito del evangelio es el de hacer bien a la multitud y dar de comer a los pobres. Sabemos que ese no es el anuncio de Dios, aunque pueda ser consecuencia de dicho anuncio. La paradoja radica en que muchos buscan las consecuencias sacrificando la esencial doctrina de Cristo, como si eso les ayudase a entrar en su presencia. Buscan lo trivial y desechan lo trascendente, pero nosotros sabemos con Isaías que él herido fue por nuestras rebeliones, molido por nuestros pecados. El castigo de nuestra paz fue sobre él; y por su llaga hubo cura para nosotros (Isaías 53:5).

César Paredes

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Tags: SOBERANIA DE DIOS

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