Viernes, 07 de agosto de 2015

Un argumento muy en boga es el de falsa causa. Muchas personas atribuyen la razón de un acontecimiento a una causa que no tiene ninguna relación con el hecho que pretenden demostrar. Por ejemplo, alguien puede tocar el tambor para pedir lluvia por lo que cuando llueve dirá que gracias a los tambores cae el agua del cielo. En este caso se le atribuye a la magia lo que es generado por relaciones naturales de causa efecto.

Hay naciones prósperas y naciones pobres. Normalmente se tiende a relacionar el éxito económico y social de una región por el poder de la magia. Se dice que si se esparcen por el aire huesos de un muerto se podrá hacer un embrujo para controlar una nación. Entonces se le adjudica valor a un hecho totalmente ajeno al destino de un pueblo. Podríamos preguntarnos lo contrario, cómo es que existen países tan poderosos y de primer mundo que también son dedicados a la magia y a la hechicería. Por otro lado, se le atribuye al conocimiento bíblico el progreso de las naciones, pero debemos preguntarnos primero cómo es que hay naciones que sin ser cristianas son de tanto empuje económico y social.

De manera que es habitual y fácil hacer juicios de falsa causa. En realidad lo que la Escritura nos muestra es que Dios hace como quiere. En este sentido Él es la única causa que puede hacer que una nación se levante o que se venga abajo. Por supuesto, Dios no es de confusión y ha prometido hacer justicia acá en la tierra. Si una nación se dedica al trabajo y busca una relación honesta entre sus miembros, el fruto no se hará esperar.  Hay leyes sociales que van por igual donde existe el grupo, pero al final de todo sabemos que Dios pone y quita reyes, que a lo que quiere inclina el corazón del rey (y por supuesto el del pueblo que elige al mandatario).

Hay idiosincracias que facilitan el camino para que llegue un gobierno tirano y gobierne malévolamente al pueblo. Hay maneras de ver el mundo que abren paso a regímenes totalitarios que estancan a la nación. El respeto a la ley es un principio muy importante para convivir en sociedad, hecho que se recoge del viejo proverbio latino que dice: ubi societas ibi ius (donde hay sociedad allí hay derecho).

Pero el agravio en el juicio pervierte la ley y hace que los moradores de una nación prefieran pasar sobre ella para dar paso a la anarquía. El Levítico decía algo importante para evitar llegar a estos extremos. No harás agravio en el juicio; no absolverás al pobre, ni favorecerás al poderoso; con justicia juzgarás a tu prójimo (Levítico 19:15). Salomón agrega lo siguiente: El que justifica al malvado y el que condena al justo, ambos por igual son abominación al Señor (Proverbios 17:15).

¡Ay de los que establecen leyes injustas, y determinando prescriben tiranía, por apartar del juicio a los pobres, y por quitar el derecho a los afligidos de mi pueblo; por despojar las viudas, y robar los huérfanos! (Isaías 10:1-2). Independientemente de que Israel haya vivido en una teocracia, resalta el apego que le tenía a la ley. Los padres se encargaban de hacer que sus hijos estuviesen instruidos en cuanto al sentido de la norma, sabían que ello era fuente de vida. Ellos buscaban sembrar en sus jóvenes el temor del Señor, pero en forma paralela les mostraban la importancia de regirse por la ley. Los pueblos que andan en la anomia se vuelven anárquicos y sus habitantes son arbitrarios. La rebeldía por la norma se observa en muchos detalles de la vida cotidiana.

La ley no se ha hecho solamente para castigar a quien la viola, sino que el propósito de ella es instruir y dar dirección a quien ella vigila. Claro, hay ley de leyes y se ha dicho que es feliz el que anda en el camino perfecto, en la ley del Señor (Salmo 119:1). Un sabio instruido es fuente de vida, que permite apartarse de las trampas de la muerte (Proverbios 13:14). Pero la anomia hace que se evada la responsabilidad cívica del pago de impuestos, permite descuidar el ambiente, la corrupción pasa a ser lo más natural en cualquier individuo. Robar al Estado se convierte en una meta, por cuanto pareciera no tener dolientes. Para el apóstol Juan todo pecado es anomía, (transgresión de la ley). En forma extensiva, para el escritor bíblico la anomía es la rebelión del mal contra el reino de Dios, pero ejecutado por el individuo que peca. 

Los juicios de falsa causa nos permiten esgrimir los de generalización apresurada. Un individuo habituado a relacionar falsas causas como los generadores de consecuentes también podrá aducir apresuradamente que las cosas pasan en forma habitual cuando algún día algo sucedió en forma particular. Si alguien acude a una oficina y debe esperar una o dos horas para que lo atiendan, y después vuelve otro día y sucede algo parecido, concluirá que siempre que va esa oficina hay que esperar más de dos horas. Estos juicios de generalización apresurada conforman el conjunto de falacias (argumentos falsos) con los que el ser humano tiende a manejarse en el día a día.

No nos extrañe que aunado a los de falsa causa vivamos en una  mentira continua, presumiendo que las relaciones de causa efecto son los mitos sociales a los que nos hemos ido acostumbrando. Esta asunción opera por igual en los que se llaman creyentes, ya que ellos dirán que Dios les dijo tal o cual cosa, que el diablo también les habló de una u otra manera, que cada evento trascendental en su vida es obra de un fenómeno paranormal. Pero sobretodo, los juicios de falsa causa permiten evadir la responsabilidad social. Si un país está en bancarrota y sumergido en la anomia entonces eso se debe a que alguien hizo hechicería y sus habitantes adormecen por obra de Satanás. Jamás se asumirá que hay que trabajar y ser responsable, que es parte del deber ser ciudadano el respetar la norma establecida para la convivencia social. Y en nombre de Dios se viola la norma porque ella es obra de gente impía y no hay que obedecerla en consecuencia.

Si algo ha manifestado el Dios de la Biblia una y otra vez son sus estatutos (que no son solo los Diez Mandamientos). Juan nos habla de un nuevo mandamiento, el andar en amor entre los hermanos. Jesús nos recordó que toda la ley se resume en el amor a Dios y a nuestro prójimo. Pienso que si esto se cumple se despejaría la anomia social y la sociedad viviría más tranquila aunque sea por nuestro solo aporte. La consecuencia de esto sería una conducta imitativa en cuanto al buen obrar ciudadano generado por nuestro ejemplo.

César Paredes

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Tags: SOBERANIA DE DIOS

Publicado por elegidos @ 9:07
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