Jueves, 06 de agosto de 2015

En realidad las obras de la carne parecen ilimitadas, como si nunca fallase la imaginación para ensanchar el camino del mal. Cosas semejantes a éstas dijo Pablo cuando escribió al respecto, dando a entender que apenas había hecho un esbozo de lo más inmediato. El apóstol no nombró la autocompasión, pero de seguro que ella también es un trabajo de la naturaleza caída. Porque una cosa es pedir compasión a Dios y otra muy distinta es tenerse lástima a uno mismo. El que se autocompadece está ensimismado, cree que él es el centro de la atención de muchos aunque lo sea solo de sí mismo. Es un egocéntrico, un amador de lo suyo.

Cualquier situación que adverse al autocomplaciente pasa a ser un instrumento de ayuda para darle viento a su imaginario, para mostrar su depresión a quienes le rodean y para decirse que siempre ha sido un fracasado. Esta obra de la carne es en grado sumo perniciosa, extensiva, ocupa en la geografía del planeta un territorio amplio y conduce al ser humano a la miseria. No son pocos los que se van tras las píldoras o en pos de los consejos de los que se consideran facultados para opinar y pensar por ellos. ¿Quién ha visto un animal autocompadecerse cuando está en aprietos? Si lo hiciera perecería casi de inmediato ante la amenaza de un depredador.

Solamente el ser humano sufre de este problema inherente al alma. A través de la lengua puede irse al pasado o al futuro, puede falsear la realidad y hacer que su pensamiento cobre fuerza perniciosa.  También se llama auto-indulgencia el sentimiento de pena hacia uno mismo, el que una persona percibe como adversa. La gente busca el auto-consuelo sin saber que lo puede llevar a un trastorno de la personalidad en el que la realidad se distorsiona. Aparte del propio sufrimiento, los que rodean al que se compadece también sufren molestias.

¿Sirve de algo este sentimiento negativo? Sabemos que los animales no lo tienen porque se verían afectados por sus depredadores, pero los seres humanos se aferran a él muy a pesar de que sea un estorbo en la batalla contra las situaciones adversas. En la Biblia hayamos casos de personas que padecieron algo parecido. Cuando Job le replicaba a Elifaz se le oyó decir lo siguiente: Porque mi tormento pesaría más que la arena del mar; y por tanto mis palabras son cortadas (Job 6:3). Y cuando se quejó contra el Señor dijo de esta manera: Por tanto yo no reprimiré mi boca; hablaré con la angustia de mi espíritu, y me quejaré con la amargura de mi alma. ¿Soy yo un mar, o dragón, que me pongas guarda? Cuando digo: Mi cama me consolará, mi cama atenuará mis quejas; entonces me quebrantarás con sueños, y me turbarás con visiones. Y mi alma tuvo por mejor el ahogamiento, y quiso la muerte más que a mis huesos. Abominé la vida; no quiero vivir para siempre; déjame, pues, que mis días son vanidad (Job 7: 11-16).

Asaf tuvo este sentimiento alguna vez, por lo cual escribió: He aquí estos impíos, sin ser turbados del mundo, alcanzaron riquezas. Verdaderamente en vano he limpiado mi corazón, y lavado mis manos en limpieza (Salmo 73: 12-13). El profeta Habacuc también padeció de este mal, dijo:  ¿Hasta cuándo, oh Señor, clamaré, y no oirás; y daré voces a ti a causa de la violencia, y no salvarás? ¿Por qué me haces ver iniquidad, y haces que mire molestia, y destrucción y violencia delante de mí, habiendo además quien levante pleito y contienda? Por lo cual la ley es debilitada, y el juicio no sale verdadero; por cuanto el impío asedia al justo, por eso sale torcido el juicio (Habacuc 1:1-4). Algo similar sucedió con Jeremías y otros tantos personajes de las Escrituras. Ya lo dijo Santiago, que Elías (y por extensión aquellos hombres) tenían pasiones semejantes a las nuestras.

Sin embargo, Pablo no es quejumbroso y nos da un ejemplo particular. Decía: Haced todo sin murmuraciones ni contiendas, para que seáis irreprensibles e inocentes, hijos de Dios sin culpa en medio de la nación maligna y perversa, entre los cuales resplandecéis como luminares en el mundo... (Filipenses 2:14-15).

La autocompasión lleva a la depresión y ésta conduce al pesimismo. Los espías pesimistas pagaron caro su afrenta, pues como habían hecho murmurar a la congregación al desacreditar la tierra, todos los que habían hablado mal de la tierra murieron de plaga delante del Señor (Números 14:36-37) Sin embargo, algunas veces vemos otro tratamiento de parte de Dios, como lo corroboró Elías, su profeta estelar, el cual se sumió en gran dolor al conocer que la reina Jezabel quería su muerte.  Al sentarse debajo de un enebro deseó morirse y dijo: Baste ya, oh Señor, quita mi alma; que no soy yo mejor que mis padres (1 Reyes 19:4). Ya dormido, un ángel lo tocó, le dio de comer y volvió a dormirse.

El Predicador también dijo que todo era vanidad debajo del sol, (Eclesiastés 1:2), incluso nos habló de la existencia negativa. Me volví y vi todas las violencias que se hacen debajo del sol; y he aquí las lágrimas de los oprimidos, y que no tienen consolador; y que la fuerza estaba en la mano de sus opresores, y para ellos no había consolador. Y alabé yo a los finados que ya murieron, más que a los vivientes que hasta ahora están vivos.Y tuve por mejor que ellos dos al que no ha sido aún, porque no ha visto las malas obras que se hacen debajo del sol (Eclesiastés 4:1-3).

Por cierto, fue Job quien también dijo algo para meditar, no vaya a ser que caigamos en el mismo lazo que le tocó a él: Porque el temor que me espantaba me ha venido, y me ha acontecido lo que temía (Job 3:25). Y manifiestas son las obras de la carne, que son: adulterio, fornicación, inmundicia, disolución, idolatría, hechicerías, enemistades, pleitos, celos, iras, contiendas, disensiones, herejías, envidias, homicidios, borracheras, orgías, y cosas semejantes a éstas; de las cuales os denuncio, como ya os he anunciado, que los que hacen tales cosas no heredarán el Reino de Dios (Gálatas 5:19-21). ¿Cómo decir que la autocompasión no es una obra de la carne semejante a las enunciadas por el apóstol?

César Paredes

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Tags: SOBERANIA DE DIOS

Publicado por elegidos @ 9:55
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