Martes, 04 de agosto de 2015

Nadie puede venir en pos de mi, si el Padre que me envió no lo arrastrare a la fuerza, como cuando se remolca un barco o como cuando se aplica una fuerza con autoridad. El verbo Elko ἕλκω  también permite traducirse como romper en pedazos, tal como se encuentra en Homero (s. VIII a.C.). ἕλκω es el verbo que usó Jesucristo para decir que la única forma de ir ante el Señor es si el Padre ordena y ejecuta dicha acción. Se ha traducido de la siguiente forma: Nadie puede venir a mi si el Padre que me envió no lo trajere (Juan 6:44), una forma más suave de expresar la idea en nuestra lengua pero muy diferente del sentido del griego.

Imaginemos el poder de la fuerza que remolca un barco, asunto que impresiona a cualquiera. Los griegos, como gente de mar, no pasaron por alto el espectáculo de ver remolcar una embarcación. Más allá de que el motor de sus naves era la tracción humana, el panorama presentado era atractivo. Incluso más que ahora, por cuanto mayor fuerza humana era empleada. Para ello usaban el verbo Elko, para decir que un barco era arrastrado por otro. De esta manera, Jesucristo dejó claro que la forma en que un ser humano se puede acercar a él era solamente si Su Padre lo arrastrara o lo llevara a la fuerza.

La muerte espiritual causada por el pecado de Adán se extiende a toda la humanidad, sin excepción.  Ese mal forma parte de la naturaleza caída, contaminada por el pecado. De allí que se hable de pecado original, que Dios diga que no haya justo ni aún uno ni quien lo busque a Él. Jesús se los recordaba a sus apóstoles una y otra vez; en una oportunidad les dijo que había sido él quien los había escogido y no ellos a él. Juan lo reconoció en una de sus cartas: lo amamos a él porque él nos amó primero, escribió.

Si uno mira otros textos notará la armonía teológica de esta doctrina. Jacob y Esaú no habían aún nacido, ni hecho ni bien ni mal, pero Dios los había escogido para fines diferentes. Su destino estaba trazado, como una muestra del destino de la humanidad. Lidia era una mujer que a pesar de estar atenta al discurso de Pablo tuvo que recibir de Dios el favor de que su corazón fuese abierto. Ezequiel, el profeta, aseguró que solamente cuando el Señor nos quitara el corazón de piedra y pusiera uno de carne podríamos amar sus estatutos.

El Hijo de Dios les dijo a unos judíos que ellos no podían creer porque no eran de sus ovejas. Es decir, para creer en el Hijo hace falta ser oveja; pero sabemos que esa condición no depende de nosotros, ya que el leopardo no puede cambiar sus manchas ni puede el aceituno dar alcaparras. Una cabra jamás podrá convertirse en oveja, así como tampoco una oveja se transformará en cabra. El árbol malo no da buen fruto, pero el árbol bueno tampoco da malos frutos. Hay asuntos de la esencia que no son accidentes, ellos están porque el Ser Supremo lo ha diseñado de esa manera.

Nosotros hablamos del genoma humano, un hecho que la ciencia de hoy ha demostrado. Nuestros genes hacen que seamos de una forma u otra, con tendencias a contraer enfermedades o a tener ciertos talentos. ¿No podríamos suponer que Dios también ha creado el genoma espiritual? No lo sabemos, pero sería un símil interesante. Los que son ovejas llegarán a creer en el día en que sean llamados, sus corazones serán abiertos al igual que lo fue el de Lidia, la vendedora de púrpura.

No obstante, la humanidad entera ha estado bajo la ira de Dios, pero hay algunos que ya hemos salido de su enojo por cuanto el Hijo nos reconcilió en la cruz. Hay otros que esperan sin saberlo el día de su redención. Pero los demás, como Pablo señaló, han sido apartados para el día malo, cuando el Señor muestre su poder y su ira. Para ellos hay una terrible expectación de juicio por su pecado.

Todo lo que el Padre me da, vendrá a mí; y al que a mí viene, yo no le echo fuera (Juan 6:37). Jesús está diciendo que hay gente que irá a él, pero los que así hacen serán los enviados del Padre. A ellos jamás los echará fuera. Sin embargo hay algunos que van porque son enviados por alguien más, tal vez bajo la pretensión de forzar el camino torciendo las Escrituras. A ellos los rechazará porque no son enviados del Padre, a ellos les dirá en el día final: Apartaos de mi, nunca os conocí. Estos son los que reclamarán diciéndole que en su nombre hicieron grandes señales, que incluso echaron fuera demonios. Pero ese reclamo será en vano.

Juan nos dijo que no le diéramos la bienvenida a los que viniendo en nombre de Jesús no traen su doctrina, porque participaríamos de sus plagas. El que no anda en la doctrina del Señor no es de él, ya que por el Espíritu de Cristo es imposible alterar su enseñanza. Pablo también concordó con esta enseñanza, pues dijo que quien no tenga el Espíritu de Cristo no es de él. Si Dios ha reclamado para Sí mismo la autoría de todo cuanto sucede en su universo no debemos darle esa gloria a otro. El no piensa compartirla con nadie, de manera que es prudente respetar lo que la Escritura enseña. Es Dios quien ha separado los destinos de cada quien, es Él quien ha hecho posible la salvación y la condenación eterna. El Dios de la Biblia puede ser muy diferente del dios que muchos han concebido como si fuera real. Pero ese Dios de las Escrituras es el único que puede salvar, por cuanto es Todopoderoso y envió a Su Hijo para rescatar a su pueblo de sus pecados.

Dichoso el hombre cuyos pecados han sido perdonados y cubierto su pecado. Dichoso por cuanto esta labor es imposible de realizar por voluntad humana o porque alguien la quiera y pretenda alcanzarla. Judas se amargó por su pecado y pese a devolver las 30 piezas de plata recibidas por la traición al Señor no tuvo perdón ni su pecado fue cubierto. Jesús lo había dejado por fuera la noche previa a su crucifixión cuando dijo: no ruego por el mundo (Juan 17:9).

Ciertamente hay muchos que fueron apuntados para la muerte eterna, los cuales desde antes habían estado ordenados para esta condenación (Judas 4). Hay los que adorarán a la bestia y dirán ¿quién como la bestia? Estos serán todos los que moran en la tierra ... cuyos nombres no están escritos en el libro de la vida del Cordero, el cual fue muerto desde el principio del mundo (Apocalipsis 13:8). ... y los moradores de la tierra, (cuyos nombres no están escritos en el libro de la vida desde la fundación del mundo,) se maravillarán viendo la bestia que era, y no es, aunque es (Apocalipsis 17:8).

Pero nosotros no somos de los que miran hacia atrás, sino que tenemos la firme esperanza de ser copartícipes del reino de los cielos. No tenemos a más nadie a quien acudir sino al que tiene la vida eterna. Hemos sido arrastrados hacia Jesús, llevados por la fuerza del Padre y por Su voluntad, porque de verdad depende de Él, del que cuando quiere tener misericordia la tiene (aunque endurece a quien quiere endurecer). Si un barco detenido en el mar necesita una fuerza enorme para ser remolcado, ¿cuánto más no necesitará un espíritu caído y adormecido bajo la influencia de Satanás?

César Paredes

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Tags: SOBERANIA DE DIOS

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