Lunes, 27 de julio de 2015

Jesucristo fue sin atractivo para que le deseemos, sin ningún tipo de hermosura, dijo Isaías (capítulo 53). Si eso se escribió del Hijo de Dios, ¿qué no se puede afirmar de sus seguidores? Nosotros somos llamados lo flaco del mundo, lo vil del mundo, lo de menos valor y lo necio del mundo (1 Corintios 1: 26-29). Si el mundo odia al Hijo, a nosotros también nos desprecia por la sencilla razón de que no pertenecemos a ese lugar.

Levanta sospecha el que llamándose creyente es bien acogido en el mundo. El ecuménico busca agradar al otro para evitar el conflicto, ya que ha creído que la religión es lo que causa división y guerras en el planeta. En la búsqueda de la paz y la armonía cede sus principios teológicos ante un estándar benéfico, en pro de entender y tolerar al prójimo. En estos tiempos es posible ver a un budista caminar con un católico o a un protestante caminar con un musulmán, sin que se discuta asunto de doctrina, bajo el pretexto de que cada uno tiene su propia visión de Dios.

Ya las fronteras morales se han ido borrando y el viejo conflicto ético cede el paso al relativismo cultural. Hay Biblias para homosexuales como hay Biblias para católicos. El éxodo 20 de la Iglesia Católica está incompleto en algunas ediciones para que no ofenda aquello de no hacerse imágenes de lo que está arriba en el cielo; de igual manera la Biblia gay no llama pecado a la vieja sodomía. Se argumenta que los habitantes de Sodoma solamente quisieron ser hospitalarios con los ángeles que visitaron la ciudad y se enojaron con Lot porque no se los presentó para saludarlos.

Tal parece que sucedía algo parecido con los profetas del Viejo Testamento, muchos de los cuales fueron asesinados en forma vil por parte de sus correligionarios. A la multitud no le gusta escuchar la palabra filosa del Señor, pero le encanta levantar monumento a los profetas muertos. Los israelitas desecharon a Moisés pero buscaban su cuerpo para venerarlo, el rey Acab acusó a Elías por la sequía en la nación pero no vio su pecado como la razón del castigo divino. Jesucristo entendió muy bien lo que le sucedía a sus líderes religiosos por lo cual dijo: ¡Ay de vosotros, escribas y Fariseos, hipócritas! porque edificáis los sepulcros de los profetas, y adornáis los monumentos de los justos (Mateo 23:29).

La religión ha venido a ser un adorno, una guirnalda para la cultura de las masas. La religión del mundo entiende y tolera, mientras la doctrina de Cristo es dura de oír. La enseñanza del Señor es sectaria, ella dice que nadie va al Hijo si el Padre no lo envía hacia él, pero también agrega que nadie puede ir al Padre sino a través de Jesucristo. Los religiosos agregan que cada quien tiene su forma de ver a Dios, que mucha gente que jamás ha oído de Cristo es salva por medio de sus ídolos, de sus creencias religiosas, porque un Dios justo no condena basado en la ignorancia del pueblo.

Satanás no está dividido contra sí mismo, simplemente él es tolerante y permite que su hermandad contenga diversidad. Dado que él es el padre de la mentira y que no hay verdad en él, un error suyo puede cohabitar con otro error suyo, dos errores coexisten y dos o miles de doctrinas diversas se unen por intermedio de la cultura humana. A eso lo llama sincretismo religioso, mientras a la verdad la llama dogmatismo o fundamentalismo. En sus sinagogas la libre gracia puede caminar de la mano con el libre albedrío, un arminiano camina con sus pares que pese a que tengan una doctrina contraria lo toleran, porque a final de cuentas predican al mismo Jesús. Ellos dicen: usted cree en su doctrina, yo creo en la mía, pero juntos adoramos al mismo Dios.

Mientras la libre gracia proclama la soberanía de Dios en forma universal, los que celebran el libre albedrío resaltan al Dios soberano en la creación pero que no decreta cada cosa que acontece. En otros términos, la soberanía de Dios se ve limitada en materia de salvación porque no escogió libremente desde antes de la fundación del mundo a los que habría de salvar y a los que habría de condenar. Para los seguidores de Arminio, Dios vio lo que pasaría en el futuro y determinó su plan de redención basado en lo que el hombre haría.

Pero la Escritura enfatiza que Dios mata y da vida, hiere y sana, y no hay quien libre de su mano (Deuteronomio 32:39; véase también: 1 Samuel 2:6-8; Job 12:14-25). La Biblia dice que la suerte se echa en el regazo, pero de Jehová es la decisión de ella; como la corriente de las aguas, así está el corazón del rey en manos de Jehová, a todo lo que quiere lo inclina. Los que no creen en el Dios soberano absoluto que hace como quiere sin pedir el consejo humano, creen en otro dios. Si Dios no controla cada acción de sus criaturas, no puede hacer que se cumplan sus promesas en el tiempo.

Pero Jesús les hablaba en parábolas a la multitud y lo hacía porque a ellos no les era dado conocer los misterios del reino. Lo hacía para que viendo no vieran, y oyendo no oyeran y no entendieran, no fuese a suceder que se convirtieran y el Señor tuviese que salvarlos (Mateo 13:10-15). Ante esta actitud de Dios el objetor se levanta y le dice: ¿por qué, pues, inculpa? ¿Pues, quién puede resistir a su voluntad? (Romanos 9: 11-24). Esta pregunta sigue haciéndose desde la teología de Arminio y sus seguidores, desde la teología católico romana de siglos, es una pregunta lógica en la mente natural del hombre caído. El hombre no tolera la libertad absoluta de Dios, lo prefiere como genio de lámpara que concede deseos a los corazones humanos. La elección que Dios hace de sus criaturas parece injusticia en la mente teológica de esos románticos de las Escrituras, por lo cual exclaman: Dios sería injusto si esto lo hiciese de esa manera. Entonces, los defensores del libre albedrío fuerzan los textos para tratar de que sus palabras digan otra cosa y no lo que les parece un espanto.

Lo cierto es que Dios predestinó a su pueblo por el puro propósito de su voluntad, antes de que hiciese bien o mal, para que no se tuviese en cuenta las obras sino la gracia (Efesios 1; Romanos 9). El hombre no puede resistir al Espíritu de Dios, como bien lo dijo el objetor presentado en Romanos 9: ¿Quién puede resistir a su voluntad? Pero los arminianos asumen que el hombre resiste al Espíritu Santo porque éste es un Caballero que respeta la decisión humana. En otros términos, el que es salvo lo es porque accedió voluntariamente a decirle sí al Espíritu de Dios. Pero Jesucristo dijo que el nuevo nacimiento dado por el Espíritu lo hacía por voluntad de Dios y no de varón ni por voluntad de carne (Juan 1 y 3). Las ovejas del Señor oyen su voz y le siguen, nadie las puede arrebatar de las manos del Hijo ni de las manos del Padre, por lo tanto no perecerán jamás. El hombre no puede torcer los planes de Dios, porque eso haría impotente al Todopoderoso; el Dios que empezó la buena obra en nosotros la terminará hasta el final. Entonces, ¿por qué empezó esa obra en nosotros y no en el resto de la humanidad? ¿Vamos a decir que fue porque nosotros tuvimos buena voluntad y le dijimos sí estando muertos en delitos y pecados? Eso es lo que cree un arminiano, eso cree el que propaga el libre albedrío.

El evangelio no es sociología, no es la práctica de favores a los más necesitados. Es el poder de Dios para salvar a los que el Padre eligió desde antes de la fundación del mundo, ya que Jesucristo no vino a predicar una ética de vida, ni a dar buen ejemplo a la humanidad para que lo escogieran como modelo del buen vivir. El nombre Jesús significa Jehová salva porque él salvaría a su pueblo de sus pecados (Mateo 1:21). Este pueblo no es el mundo por el cual Cristo no rogó la noche antes de su expiación (Juan 17), sino el conjunto de personas por el cual murió al consumar su obra expiatoria.

El trabajo de Cristo es el que hace la diferencia entre salvación y condenación. La salvación condicionada en la voluntad del pecador es ficción de un dios que no tiene poder, de un ídolo que no camina ni ve, al cual hay que cargarlo y adornarlo como los fariseos hacían con las tumbas de los profetas. Las masas prefieren al profeta muerto porque su silencio les trae paz, pero detestan su anuncio porque les denuncian sus malas obras. El dios hecho a imagen y semejanza humana es el ídolo que se construye con un poco de teología de uno y otro lado. En ese dios creen los que no creen en lo que dice el Dios de las Escrituras.

El mundo odia lo que no es de él, por eso odia a Cristo y a sus seguidores. Jesucristo no oró por el mundo, de manera que no se espera mejor trato de éste hacia los creyentes. Pero el príncipe de este mundo acoge a todas las religiones sin problemas, ya que ninguna de ellas anda en la verdad. La imitación de la verdad no es la verdad misma, es como un espejo que sigue siendo ficción, y mal hacen los que confían en las fábulas para asuntos tan trascendentes como lo es la vida eterna.

César Paredes

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Tags: SOBERANIA DE DIOS

Publicado por elegidos @ 16:42
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