Domingo, 26 de julio de 2015

Si el Cordero de Dios estuvo preparado desde antes de la fundación del mundo, Adán no pudo sino pecar. Si Jesucristo fue inmolado también desde esa época, entonces el plan de Dios que incluía a Adán no podía fallar bajo ningún respecto. Por esta razón Adán estuvo inclinado a pecar, más allá de su inocencia con la cual se enfrentó a la tentación. Si miramos desde la perspectiva del primer hombre creado, sabemos que tenía las condiciones necesarias para no pecar, pero si miramos desde la perspectiva divina Adán tenía que pecar.

El primer hombre dejado al instinto de su propia voluntad pero bajo la capacidad tentadora de Satanás tenía que cometer pecado. Adán pecó libremente respecto a sí mismo, pero pecó en forma necesaria respecto a Dios. De la misma forma el   hombre parece libre en relación con los demás seres humanos, pero jamás en lo que respecta a Dios. Por eso, la libertad de Adán es relativa, ya que nada puede fluir en forma cierta si va contra el designio divino.

El decreto divino debió incluir el que Adán pecara voluntariamente bajo su inocencia. Las profecías divinas demuestran continuamente esta realidad presentada, que el hombre peca voluntariamente y con gusto para cumplir las terribles acciones escritas en el plan de Dios. Por ejemplo, Judas Iscariote hizo de buena voluntad el mal que de él estaba escrito (porque es necesario que el Hijo del Hombre vaya como está escrito de él, pero ay de aquél por quien fuere entregado. Mejor le hubiera sido no haber nacido). Nada más fácil para un romano que romper los huesos de los crucificados, esa era su costumbre; pero aún en esto se vio la voluntad divina sin molestia, ya que ni uno de los huesos del Hijo de Dios debía ser quebrado (Juan 19:36).

Si creyésemos en el ficticio libre albedrío entonces sería igualmente posible que todos los hombres hubiesen creído o que ninguno de ellos hubiese alcanzado la vida eterna. Por eso decimos que si hubiese sido posible que Adán no pecase entonces habría que decir que los decretos de Dios dependieron de la posibilidad de que Adán no pecara. Lo cierto es que tanto Jacob como Esaú estuvieron destinados desde antes de nacer, mucho antes de hacer bien o mal, para cumplir el propósito del que elige. En ellos se ve representada la humanidad entera.

Esto no quiere decir que el hombre no haga nada, que viva estático, ya que aún las buenas obras fueron preparadas de antemano para andar en ellas. Los decretos de Dios establecen los medios para que se cumplan; sabemos que el que predestinó el fin decretó también los medios. El que Dios haya prometido que enviaría a sus ángeles para que Su Hijo no cayese a tierra no hizo que Jesús se lanzara por un despeñadero para probar si era o no cierta aquella promesa. Ese fue el propósito del tentador pero sin que obtuviera resultado.

La Biblia nos habla de ocuparnos de nuestra salvación con temor y temblor, pero eso no implica que la salvación se pierda. Normalmente la providencia divina implica un trabajo conjunto con el hombre de hacer y no hacer, pues si está decretado que vivamos cierta cantidad de años no implica que yo no me vea impelido a respirar cada día, ni que yo no me alimente sanamente. Si Dios nos da la salud no implica que no tomemos medicinas, de la misma manera si tiene predestinados a los que se salvarán también ha ordenado los mecanismos para que alcancen esa meta. La evangelización va de la mano de la soberanía de Dios, más allá de que la promoción del otro evangelio vaya de la mano de los ávidos predicadores espurios, para lo cual también fueron destinados.

Decir que podemos ser elegidos cuando nosotros lo decidamos o que podemos inscribirnos en el libro de la vida en el momento que lo deseemos es temerario. Eso es dar al libre albedrío una existencia impropia, una soberanía que solamente tiene Dios. Los predicadores acechan con el falso evangelio diciendo que tal vez mañana no habrá lugar, pero esa proposición descansa en el azar. El ladrón de la cruz creyó en el último momento de su vida, pero su compañero no creyó en ningún momento. Juan el bautista ya se regocijaba en el Señor cuando estaba en el vientre de su madre; otros han sido alcanzados en plena madurez de vida, como el apóstol Pablo. La Biblia dice que creyeron todos los que estaban ordenados para vida eterna, ni uno más ni uno menos. Pero ellos creyeron porque oyeron la palabra de gracia predicada por los apóstoles, que nunca fueron perezosos.

La inclinación de Adán parece ser nuestra preferencia en materia del espíritu, siempre terrena, hacia un objetivo innoble. Pero nos volvemos voluntarios en el día del poder del Señor, esto es en el día en que somos llamados. Una vez que nos ha sido cambiado el corazón de piedra por el de carne, una vez que un espíritu nuevo nos activa para desear los mandatos eternos del Dios soberano, podemos caminar deseosos del nuevo mandamiento. Pero los Esaú del mundo jamás entenderán los privilegios de la primogenitura, a no ser que la reclamen por asuntos de poder. Jacob tuvo la visión que Dios le dio, pues ya había dicho el Señor que el mayor serviría al menor.

El plan de Dios para el universo que creó puede considerarse como su épica. En ella hay una cantidad de actos que hablan de la heroicidad del Hijo, del amor eterno e inmutable del Creador para con sus elegidos, de la justicia y la ira para con los que ha reprobado. Toda la creación es el testigo más fidedigno del ingenio divino, que habla contra la decisión humana de honrar a la criatura antes que al creador. Por medio de la justicia humana el hombre no alcanza la reconciliación con el Padre, de allí que Dios quede satisfecho con la oferta de paz del Hijo. Un sacrificio terrible pero único para poder reconciliar al hombre en su pecado con el Dios tres veces santo, Jesucristo nuestra pascua, la justicia de Dios. El que creyere no será condenado, pero el que no creyere ya ha sido condenado.

Felices aquellos cuyos pecados han sido perdonados y cubierto su pecado, ya que su inclinación ha sido cambiada y ahora anhelan la vida eterna. La promesa que se nos ha dado no es otra sino esa vida que nunca acaba, en una patria celeste cuya ciudadanía ya poseemos. El primer Adán nos hizo caer a todos, pero el segundo Adán -Jesucristo- nos salvó a todos los que el Padre eligió. ¿Por qué no eligió a todos? Porque era necesario mostrar su ira y poder contra el pecado humano, porque también de esa forma se contrasta el amor eterno e inmutable de Dios hacia su pueblo. Ir más allá de lo que ha sido revelado implica altercar con el Creador, pero al reconocernos que somos solo barro en sus manos mostramos humildad. Y en definitiva, Dios resiste a los soberbios, pero da gracia a los humildes.

César Paredes

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Tags: SOBERANIA DE DIOS

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