Jueves, 23 de julio de 2015

Por la naturaleza del que predestina sabemos que la predestinación participa de ciertas propiedades que la acompañarán por siempre: ella es eterna, inmutable, libre, absoluta, extensiva -aunque también discrimina. Pero hay una corriente fuerte en medio de los que profesan ser cristianos la cual domina más del 85 por ciento de los que militan en las iglesias. Esta se llama arminianismo, nombre derivado de Jacobo Arminio, el célebre teólogo holandés que fingió adherirse a las doctrinas de la gracia pero que llevaba el veneno de una herejía asentada ya por siglos. Los arminianos dicen que si la predestinación existe ha de ser condicionada a la previsión de fe, obras y perseverancia en el creyente, entre otras cosas.

En otros términos, Dios miró a través del túnel del tiempo para estar seguro de quién deseaba esta salvación tan grande para poder dársela. Los arminianos sostienen que Dios es un Caballero que respeta la sensibilidad humana por su libre albedrío. En tal sentido, jamás podrá violentar la voluntad del hombre para hacer salvo a la fuerza a ningún mortal humano. Para no negar la soberanía de Dios en todas las cosas, un argumento surgido del pozo romano por imaginación del jesuita Luis de Molina se yergue en apoyo de esta tesis. Se dice que existe un justo medio donde  Dios se despoja voluntariamente de su soberanía absoluta para dejar que el hombre decida libremente si desea o no desea a su Creador.

Pero la Biblia no sostiene apoyo para tal fantasía teológica sino una gran cantidad de textos que refutarían tal proposición. Empezaríamos con la declaración que Dios hace de la humanidad, a la cual considera muerta en sus delitos y pecados. Al mismo tiempo dice que no hay justo ni aún uno, no hay quien busque a Dios ni quien haga lo bueno. Por otro lado, Jesucristo dijo que nadie podía ir a él a no ser que el Padre que lo envió lo llevase a la fuerza. Ese mismo Jesús le dijo a un grupo de judíos que no podían creer en él porque no eran de sus ovejas, mientras a otros les dijo claramente que eran hijos de su padre el diablo.

Por si fuese poco, Pablo nos dio como ejemplo la predestinación de Jacob junto a la reprobación de su hermano gemelo Esaú, hechos que sucedieron antes de que ellos hiciesen bien o mal. De manera que la salvación y condenación no sucede por obras humanas que Dios contempló a través del ficticio túnel del tiempo.

La Escritura añade que fueron la voluntad de Dios y su placer las únicas causas de la predestinación. El afecto de su voluntad hizo que nos predestinara Aquél que hace todas las cosas de acuerdo al propósito de lo que quiere. Jesús agradeció al Padre por haber escondido las cosas del reino de los ojos de los sabios y entendidos, para darlas a conocer a los niños. La razón de ello está colocada de inmediato: Así, Padre, porque así te agradó (Mateo 11:25-26).

La Biblia entera bajo una sola voz declara esta misma verdad una y otra vez: gracia y no obras, predestinados en un acto de la gracia soberana de Dios, la cual fluye de su absoluto placer. Por esta razón la elección no puede ser concebida como una deuda de Dios hacia el hombre, como pretenden Arminio y sus seguidores. Si la predestinación es un acto de gracia no puede serlo de deuda. Si hubiese la previa condición de la fe y de la perseverancia, ya no sería gracia sino deuda lo que impera. Dios no da premio a la perseverancia sino que preserva en sus manos y en las manos de Su Hijo a las ovejas que le son propias. Cuando en la Escritura encontramos textos que nos exhortan a perseverar no contradicen el hecho de que Dios hace posible tal cometido. Un padre cruza la avenida con su hijo pequeño tomando su mano, pero le advierte que no se suelte. Esta advertencia no presupone en ningún momento que el padre tenga la pretensión de liberar la mano del pequeño.

Dios no tiene una voluntad determinada por un agente externo, como si el ser humano fuese el autor de su salvación. Dios no está en una torre mirando quién se salva y quién se pierde, ayudando la buena voluntad humana. Pues si tal hiciera su voluntad estaría sujeta al criterio de la decisión libre del hombre, equivaldría a decir que Dios es prisionero del ficticio libre albedrío humano. Esto es invertir el orden de las cosas, es colocar la carreta delante del caballo para que su pecho la empuje.

En el salmo 73 de Asaf los impíos hacen una pregunta que está presente en el mundo arminiano; ellos dicen: ¿Cómo sabe Dios? ¿Hay conocimiento en el Altísimo?  Pareciera ser que se sigue creyendo en que la forma  de Dios conocer es si mira en los corazones de sus criaturas a través del tiempo, para poder adivinar lo que ellos harán. Esto equivaldría a decir que la profecía divina es un plagio que el Ser Supremo hace al hombre, ya que lo que ordenó escribir a sus profetas sería lo mismo que avizoró en el túnel del tiempo. Por otro lado, ninguna cosa temporal puede ser la causa eficiente de una elección que es eterna, desde antes de la fundación del mundo, cuando ninguno de esos seres predestinados habían sido creados ni tenían posibilidades de futuro para averiguárselo.

La Biblia enseña que la fe y la perseverancia son frutos del amor eterno de Dios, ya que en una criatura muerta en sus delitos y pecados no puede haber el menor signo de vida. Tuvo que haber primero una resurrección, un nuevo nacimiento que no se puede producir por voluntad propia (por inexistente en un muerto), pero que es de Dios. La gracia, la salvación y la fe no son de nosotros sino de Dios (Efesios 2:8). La Escritura habla una y otra vez con mucha claridad, como para que alguien ose cambiar las palabras del Altísimo: Porque por gracia sois salvos por medio de la fe; y esto no de vosotros, pues es don de Dios; no por obras, para que nadie se gloríe.

Solamente lo que el Padre le da al Hijo vendrá a él, por la misma razón que el Hijo no rogó por el mundo la noche previa a su expiación. Solamente rogó por los que el Padre le había dado (y les daría por la palabra que ellos predicarían), lo cual expone que al día siguiente solamente murió por ellos y no por el mundo. Así, pues, Jesucristo dijo: Ustedes no creen porque no son de mis ovejas (Juan 10:26). El Espíritu ha enfatizado que creyeron tantos como fueron ordenados para vida eterna (Hechos 13:48). Pero los arminianos quisieran decir en forma diferente que tantos como creyeron fueron ordenados para vida. Este absurdo ya es teología, pues hay libros que hablan acerca de cómo inscribirse en el libro de la vida.

Hemos sido ordenados para andar en buenas obras, no por causa de ellas, para ser conformes a la imagen de Cristo (no porque hayamos sido conformes a su imagen). El texto siguiente derriba por siempre cualquier atisbo de alegato en favor de obra prevista. Acá se enseña que no pudo existir obra alguna (ni la resultante ni la causante de la fe): que nos ha librado, y nos llamó a la santa vocación; no por nuestras obras, sino según el intento suyo y por la gracia, la cual nos es dada en Cristo Jesús antes de los tiempos de los siglos (2 Timoteo 1:9). En este texto queda por fuera la opción del dios arminiano de mirar en el túnel del tiempo las obras nuestras. Dice muy claramente que nos ha librado Dios no por nuestras obras. Entonces, ¿cuál túnel del tiempo?, ¿qué vio Dios en nosotros para elegirnos, si acá lo dice muy claro que no fue por nuestras obras? (ni obra actual ni obra prevista).

El Señor nos escogió para que diésemos fruto (Juan 15:16), no por causa de esos frutos. Dios es el que ha generado todo cuanto existe: ¿O quién le dio a él primero, para que le sea pagado? Porque de él, y por él, y en él, son todas las cosas. A él sea la gloria por los siglos (Romanos 11: 36). Todas las cosas por Su voluntad fueron creadas, de manera que ningún acto humano puede ser superior a Él o primero que la voluntad divina. Jesús nos escogió a nosotros y no nosotros a él, nos amó primero por lo cual le amamos en consecuencia; si el Padre no nos hubiese enviado a Cristo estaríamos en la miseria, lo mismo que los demás. Aún antes de que hiciésemos bien o mal Dios escogió a Jacob y a Esaú para fines diversos, de acuerdo al placer de su voluntad, ¿por qué, pues, inculpa? ¿Pudo Esaú resistirse a la voluntad de Dios? Antes, oh hombre, ¿quién eres para discutir con Dios? La olla de barro no puede decirle a su alfarero por qué me has hecho de esta forma y no de esta otra. Esa es la realidad bíblica, un panorama que desagrada al mundo pero no por eso menos veraz, aunque los habitantes del mundo se cobijen bajo la teología de Arminio.

César Paredes

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Tags: SOBERANIA DE DIOS

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