Mi?rcoles, 22 de julio de 2015

¡Ay de mí! que soy muerto; que siendo hombre inmundo de labios, y habitando en medio de pueblo que tiene labios inmundos, han visto mis ojos al Rey, Jehová de los ejércitos (Isaías 6:5). Cuando se tiene una verdadera visión de Dios y de su santidad nos damos cuenta de la vileza de nuestro pecado. Job también reconoció su impureza cuando supo que estaba frente a la presencia de Dios: De oídas te había oído, mas ahora mis ojos te han visto, por lo tanto me arrepiento en polvo y ceniza (Job 42:6). El gran Saulo de Tarso, fariseo cumplidor de la Ley y temeroso de Dios (aunque bajo su ignorancia) fue confrontado por Jesús de Nazaret y, a partir de entonces, comprendió que toda su gloria la contaba por basura, si la comparaba con la gloria de Cristo (Filipenses 3: 4-10). Pablo llegó a decir que tenía todo por estiércol para ganar a Cristo y Pedro se derribó de rodillas ante Jesús, diciendo: Apártate de mí, Señor, porque soy hombre pecador (Lucas 5:8).

La experiencia de vida con el Señor no hace arrogante al creyente sino humilde. Los labios inmundos de Isaías eran el producto de su corazón inmundo (de la abundancia del corazón habla la boca) por lo cual en su confrontación sintió la necesidad de limpieza. Si confesamos nuestros pecados, él es fiel y justo para que nos perdone nuestros pecados, y nos limpie de toda maldad (1 Juan 1:9). Es por ello que Pedro considera que el bautismo no quita las inmundicias de la carne sino que da testimonio de una buena conciencia delante de Dios, por la resurrección de Jesús, el Cristo (1 Pedro 3:21).

Pablo recomienda que cada miembro de la iglesia de Cristo se examine a sí mismo para ver si está en la verdad. Es muy fácil hacerlo, por cuanto la doctrina de Cristo aparece en La Escritura, la cual debe ser del conocimiento de la iglesia. Lo que Dios llama ignorancia no podemos convertirlo en sabiduría, lo que el Señor señala como perdido no podemos llamarlo rescatado. En la carta a los romanos Pablo manifiesta su preocupación para con ciertas personas que pretendían ser reconocidas como hijos de Dios; él los declara ignorantes de la justicia divina, por lo tanto los consideraba perdidos. Su oración a Dios era para que fuesen salvos pero no lo eran por cuanto habían sustituido la justicia de Dios por la suya propia. Recordemos que la justicia de Dios ha sido revelada en el evangelio, ella no es otra que Jesucristo mismo.

Jesucristo es el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo (ese mundo que Dios tanto amó y al que envió a su Hijo para redimirlo). Imposible que el mundo amado por Dios no sea redimido por el sacrificio expiatorio de Jesús (el que salvaría a su pueblo de sus pecados). Pero el mundo por el cual Jesucristo no rogó la noche antes de su expiación es diferente del mundo amado. Los que son del mundo colocan su propia justicia en virtud de que ignoran la justicia de Dios que es Cristo.

Por eso es que los verdaderos cristianos deben autoevaluarse bajo la guía del trabajo de Cristo. Pablo oraba para que la iglesia no hiciera ninguna cosa mala, de manera que resultara aprobada. Por eso insistía en que se examinara a sí misma, para ver si Jesucristo estaba allí. La respuesta podía ser en dos sentidos: si Jesucristo moraba con el creyente era prueba ineludible de su salvación, pero si no moraba con el creyente estaba reprobado, era un creyente nominal. El que Dios tenga comunión con nosotros implica que nos comunica su gracia. Si alguien pretende alegar su propia obra de hacer y no hacer como prueba de esa comunión, se hace culpable como los judíos que colocaban su propia justicia por ignorar la de Dios. Es una vez más enfatizado por el apóstol que el que no tiene el Espíritu de Cristo no es de él.

La reprobación en esta autoevaluación implica que los reprobados son profesantes nominales, no genuinos creyentes. Una moneda falsa sigue siendo una moneda pero rechazada cuando es confrontada con los parámetros de la verdad. El cristiano falso sigue llamándose a sí mismo creyente, pero no resiste la evaluación a la luz de la doctrina de Cristo. El que resulta reprobado no es una persona capaz de juzgar los asuntos espirituales que han de discernirse espiritualmente. Pero hay falsos maestros y falsos profetas, lo cual supone que haya falsos creyentes. Estos también hacen su evaluación pero a la luz de otra guía espiritual preparada por ellos mismos, con la imitación de la doctrina bíblica pero torciendo los textos que les conviene para no salir reprobados. Estos tuercen las Escrituras para su propia perdición, en el decir de Pedro el apóstol.

Jesucristo no enseñó nada que contradijera la enseñanza del Padre, porque Dios no lo es de confusión. Mi doctrina no es mía, sino de aquel que me envió. El que quisiere hacer su voluntad, conocerá de la doctrina si viene de Dios, o si yo hablo de mí mismo. El que habla de sí mismo, gloria propia busca; mas el que busca la gloria del que le envió, éste es verdadero, y no hay en él injusticia (Juan 7:16-18). Por eso conviene insistir en examinarnos a nosotros mismos para ver si tenemos la doctrina enseñada por Jesús, ya que no podemos alegar que lo amamos con el corazón pero al mismo tiempo ignoramos sus enseñanzas o las abordamos sin entendimiento.

Las cosas secretas pertenecen a Dios, pero las reveladas pertenecen a sus hijos por siempre. Pero hay conocimiento que trae dolor, también lo hay que seduce; el conocimiento hace que la ciencia aumente, que podamos entender los misterios del reino de Dios. Hay conocimiento parcial y lo hay total, pero el conocimiento del Señor debe ser nuestro norte. Y si alguno tiene falta de sabiduría que la pida a Dios, el cual la dará abundantemente y sin reproche. Salomón pidió a Dios sabiduría y le fue dada en gran medida; no en vano la Biblia agrega: El principio de la sabiduría es el temor del Señor, buen entendimiento tienen todos los que ponen por obra su voluntad; su loor permanece para siempre (Salmo 111:10).

La autoevaluación es pertinente en cualquier estadio de nuestra vida, ella permitirá darnos cuenta de nuestra relación con Dios y podría, de acuerdo a la voluntad divina, rendirnos el tributo de la corrección. Aunque son pocos los que se salvan, esto solo es posible porque Dios es soberano. Y si alguno no trae la doctrina de Cristo no le recibáis diciéndole bienvenido, porque quien tal hace participa de sus plagas (2 Juan 1:10). La doctrina importa mucho, tanto que Jesucristo nos habló de ella como la prueba de que era el enviado del Padre.

César Paredes

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Tags: SOBERANIA DE DIOS

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