Viernes, 10 de julio de 2015

Yo Jehová; éste es mi nombre; y a otro no daré mi gloria, ni mi alabanza a esculturas (Isaías 42:8). No tienen conocimiento los que cargan un ídolo de madera y ruegan a un dios que no puede salvar ... No hay más Dios aparte de mí: Dios justo y Salvador. No hay otro fuera de mí (Isaías 45:20 - 21). Hay ignorancia que mata, que asesina el espíritu, en la que hay que estar muy atento. Existe cierto conocimiento elemental acerca de la persona de Jesucristo y de su obra que viene a ser un asunto importante para la salud espiritual. No deja Dios en ignorancia a su pueblo, sino que lo salva de ella.

En estos textos de Isaías el Señor insiste en la terrible ignorancia del hombre natural que se va en pos de los ídolos, de las imágenes que sus corazones han labrado en relación a lo que conciben como dios. Les advierte que Él es el único Dios que existe, para que no busquen en los anaqueles de la historia como si hubiese en realidad otro Dios. Lo cierto es que el sacrificio a los ídolos resulta una ofrenda a los demonios, como bien señalara Pablo a los corintios. Este conocimiento sería esencial para que la humanidad abandonase su mala práctica de la idolatría.

Lo que es doctrina general se convierte en revelación particular, cuando el Espíritu vivifica a cada elegido para vida eterna. Al hombre natural le parece locura prestar atención a lo que la Biblia dice en forma plana, pero resulta imposible que los creyentes anden ciegos y con corazones depravados como los que tenían antes bajo el estatus de hijos de la ira, lo mismo que los demás. Ignorar la doctrina de Cristo es fatal como fatal fue para los judíos que con abundante celo de Dios carecían de conocimiento (ciencia), ya que colocaron su propia justicia, su voluntad, su esmero, su trabajo, so pena de despreciar la justicia de Cristo. Pablo dijo que oraba por ellos para salvación por lo cual sabemos que andaban perdidos (Romanos 10:1-3).

Conocer esta verdad no la convierte en un requisito previo de la salvación sino en un conocimiento mínimo producto del nuevo nacimiento. Es imposible que el creyente crea en un Cristo diferente al revelado en las Escrituras, como imposible es que ignore la obra del Hijo de Dios en la cruz.  Sería sin sentido el que una persona dijese que es salva pero ignorase quién lo salvó o de dónde proviene la misma. Y si es por la gracia, no procede de las obras; de otra manera, la gracia ya no sería gracia (Romanos 11:6).

El conocimiento es una obra que no puede ser exigida como garantía de la gracia; pero la ignorancia es tinieblas que tampoco se ha de alegar como resultado de la redención. Es el Espíritu de Dios el que nos enseña y nos conduce a toda verdad, de manera que en el nuevo nacimiento el regenerado obtiene la fe necesaria y un saber mínimo acerca de la persona y la obra del Redentor. El velo de sus ojos cae ante esa luz que le permite ver.

Es cierto que debemos anunciar el evangelio, pero ese logos anunciado llega a ser efectivo tanto en el regenerado como en los que han sido reprobados. En estos últimos, su efectividad consiste en aumentarles la pena por el rechazo. Saber la manera en que opera la palabra anunciada es materia de elucubración, lo que sí conocemos es que su eficacia se muestra en la transformación que el Espíritu hace en nosotros. El logos general de Dios utilizado por  Su Espíritu transforma vidas completas, como una espada que parte el alma o como un martillo que rompe la roca en dos. El corazón de piedra es roto, quebrado y cambiado por uno de carne. Un espíritu nuevo hace que el creyente desee ese logos divino como inspirador de su nueva vida.

Sabemos igualmente que el Señor le abrió el corazón a Lidia para que estuviese atenta a lo que Pablo decía (Hechos 16:14), lo mismo que hizo con el ladrón en la cruz para que se apegase a Él con gran deseo, así como ha hecho con cada uno de sus elegidos.  A sus mismos discípulos el Señor tuvo que abrirles los ojos del entendimiento: Entonces les abrió el entendimiento para que comprendiesen las Escrituras (Lucas 24:45). Ya es tarea nuestra pedirle que nos dé ese entendimiento suficiente para comprender mucho mejor lo que ya sabemos, como lo sugirió el apóstol Pablo a los efesios: Pido que el Dios de nuestro Señor Jesucristo, el Padre de gloria, os dé espíritu de sabiduría y de revelación en el pleno conocimiento de él; habiendo sido iluminados los ojos de vuestro entendimiento, para que conozcáis cuál es la esperanza a que os ha llamado, cuáles las riquezas de la gloria de su herencia en los santos (Efesios 1: 17-18).

Una persona puede pasar su vida en una congregación que imparte una doctrina muy parecida a la de Jesucristo, pero eso no lo hace más cercano a la salvación. La diferencia entre ser salvo o condenado la hace el Señor, de manera que Él hace que sus elegidos lleguen a creer el evangelio que a Él le da gloria suficiente. Recordemos que Dios no comparte su gloria con nadie, que es celoso en gran manera (celoso es mi nombre -dijo). No en vano Jesucristo advirtió que en el día final muchos le argumentarán que ellos obraron milagros en su nombre y que hicieron grandes cosas, pero a ellos les será dicho nunca os conocí.

Los que creen en su nombre nacieron de la voluntad de Dios, no de su propia sangre o carne, ni de voluntad de varón (Juan 1: 12-13).  Hemos sido salvos por gracia, por medio de la fe, sin que dependa de nosotros, ya que es un don de Dios. La salvación no es por obras como para que nos gloriemos (o como para que Dios nos dé Su gloria), sino que somos hechura de Dios, creados en Cristo Jesús para hacer las buenas obras que Dios preparó de antemano para que anduviésemos en ellas (Efesios 2: 8-10).

Entendamos que si hemos sido salvos fue por misericordia de Dios pero también para la alabanza de su gloria. De allí que Dios no salva a todos ya que en su pensamiento eso redunda en mejor gloria para Él: la gloria que obtiene por el rescate de los vasos de honra y la gloria que  le adornará por los vasos de ira preparados para tal fin. Como nadie puede hacer ni un ápice por su salvación, dado que nadie es suficiente para tal adquisición, la salvación no es por obra humana, no vaya a ser que alguien pretenda gloriarse en su decisión y en su buena voluntad para con Dios. Más bien digamos como el Señor le dijo a sus apóstoles: lo que es imposible para los hombres es posible para Dios.

César Paredes

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Tags: SOBERANIA DE DIOS

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