Mi?rcoles, 03 de junio de 2015

En Cesarea apareció una inscripción oficial que demuestra la dedicación que Pilatos hiciera de un templo dedicado a Tiberio, el emperador romano. Fue prefecto en Judea, entre los años 26 y 36 d.C., forzado por ley a realizar el juicio contra Jesús de Nazaret, hecho que se relata en los evangelios. Al parecer, un año después de la crucifixión de Jesús vuelve a Roma, habiendo sido destituido de su cargo. Como buen antisemita y cultor del imperio romano, introdujo imágenes que daban culto al César, pero por las revueltas judías tuvo que trasladar su pequeño gobierno a Jerusalén, para vigilar de cerca a los insurrectos.

Cuando Jesús compareció ante Pilatos demostró su inocencia, pero el prefecto romano no pudo virar en su intención de condena por motivos personalísimos. Si perdonaba a un judío del que se decía se hacía rey de ellos, sería además de un desacato a Roma una provocación de conspiración contra Tiberio. No podían coexistir dos reyes en un territorio ocupado, o era el de Roma o el de Jerusalén. Pero esa treta política fue manejada por la gente del Sanedrín, que desesperada por los prosélitos que tenía el Nazareno buscaba salir de él a cualquier costo.

Por los datos biográficos que aportó Josefo, Pilatos era un hombre despiadado, acostumbrado a la violencia y a crucificar judíos. En este contexto, se le facilitó a Caifás junto a los sumos sacerdotes del templo judío el hacerle un juicio rápido al hombre que perturbaba su religión.

Como quiera que no hallaba culpa en el reo que tenía ante su sala, invitó al pueblo para que decidiera entre Barrabás o el Nazareno acusado de sedición. El pueblo gritó que quería ver crucificado al hombre que solamente había hecho maravillas, olvidando los favores recibidos con sus enseñanzas y milagros. Por supuesto, la instigación de los sumos sacerdotes los animaba a tomar la decisión escrita desde los siglos. Ante esta situación, Pilatos se lavaba las manos, como pretensión de estar limpio de la sangre de un hombre inocente.

El dilema de Pilatos se presenta porque él era el juez de un hombre inocente al cual tenía que condenar, en virtud de sus personales intereses políticos. El otro dilema que no captó en el momento fue el del gran Creador ante la criatura; el Juez de toda la tierra frente a un juez corrupto y cobarde. ¿Eres tú rey?, preguntaba Pilatos, y Jesús respondía: Tú lo has dicho. El hombre inocente estuvo adornado con la dignidad de su silencio, frente a las preguntas suspicaces de su juez terrenal. ¿Qué es la verdad?, una interrogante que no fue respondida por quien antes había dicho a sus discípulos que él era la Verdad.

Estas circunstancias del diálogo hicieron que Pilatos  deseara soltarlo. También su mujer tuvo el mismo sentir, ya que mientras él estaba sentado en el tribunal, su esposa le mandó a decir: "No tengas nada que ver con ese justo, porque hoy he sufrido muchas cosas en sueños por causa de él" (Mateo 27: 19). Herodes no quería la cabeza del Bautista, pero su mujer lo inducía a cortársela; Pilatos no pudo decir lo mismo de su compañera, quien mostró una mejor apreciación del hecho injusto que se cometía.

Sabía que no había hecho ningún mal, ese Jesús humillado ante su presencia, lo recordaba por lo que había oído de su esposa, pero el peso de la multitud buscaba el linchamiento inmediato. Esa multitud quiso exonerarlo de culpa diciéndole: ¡Su sangre sea sobre nosotros y sobre nuestros hijos! (verso 25). Entre este perdón masivo y el acto de lavarse las manos, Pilatos creyó irse liberado de culpa, pensó que había cumplido con el pueblo judío y con Roma, que incluso su conciencia calmaría los presagios de su esposa.

Dos personajes de la historia, uno preso del otro. Jesús se sometió ante las normas humanas, bajo el reino del príncipe de este mundo; Pilatos, sin saberlo, cumplía la letra de lo que tenía que hacer. El era un prisionero del Dios viviente, como lo fue Judas o como también lo había sido Herodes. Pero no tiene excusa ni ante la historia ni ante su conciencia ni ante Dios. Su irresponsabilidad lo ha convertido en un símbolo de la vileza, un lugar donde habita la cobardía. Si Judas devolvió el dinero de la venta de Jesús, Pilatos ha debido vivir el resto de sus días reconstruyendo ese momento en el cual pretendió lavarse las manos, como quien lava el pecado del corazón humano. Esa era la labor del Mesías crucificado, a la que el prefecto de Cesarea quiso anticiparse.

Pilatos fue también un hombre tibio, alguien que reconocía lo que era justo pero prefería el servicio al ojo. Servir a Tiberio era más que un acto patrio, era servirse a sí mismo, cultivar el poder que lo beneficiaba. Ese Jesús condenado por el prefecto romano dijo un día en la revelación dada a Juan: el que no es frío ni caliente, sino tibio, lo vomitaré de mi boca (Apocalipsis 3:15). El pecado de la cobardía es semejante a la imagen que da un leproso, tan repugnante que molesta a otros.

El espíritu de cobardía es ajeno al espíritu del creyente, a quien le ha sido dada la voluntad del dominio propio. No se puede titubear en el camino al reino de los cielos, porque para el creyente no hay dilema alguno. Pablo supo del problema al que están sometidos los que son de la fe, la burla típica que el mundo hace, el hostigamiento multitudinario para que se siga la corriente del mundo. Por eso dijo que no se avergonzaba del evangelio, porque ese era el poder de Dios para salvación.

Los judíos no entendieron lo que era el evangelio, como tampoco lo comprendieron los romanos del entorno de Jesús. En su contraparte, hubo un centurión que fue creyente, también creyeron dentro de los fariseos (Hechos 15:5), y también una gran multitud de prosélitos estuvo dispuesta a perder sus casas, todos sus bienes, por causa del evangelio. Muchos fueron a la hoguera, otros al circo romano para ser heridos de muerte por las garras de los leones. La multitud, que les profería insultos, se aferraba más y más a sus creencias paganas porque no soportaban que se les hablase de un Dios hecho hombre que habitó entre nosotros.

Y hoy día, ¿será diferente que antes? El evangelio no es bienvenido en el reinado de Satanás, porque busca liberar a los cautivos y sacarlos de las tinieblas a la luz. El creyente sigue con la locura de la predicación, el instrumento con el cual Dios quiso salvar al hombre del pecado y de la condenación. Un gran peso de ojos y miradas apuntan al que oye la palabra, queriéndole advertir que serán objeto de burla y que perderán los afectos de los que gobiernan su vida. Pilatos es un ejemplo de la cobardía que impide la liberación, de manera que no pongamos la mano en el arado mirando hacia atrás. Que no suceda como a la mujer de Lot, cuando huía de Sodoma; que no ocurra lo que al otro ladrón en la cruz que se burlaba del Señor.

Para huir de la esclavitud se requiere valor, para escapar de la vanagloria de la vida y los atractivos que la carne ofrece se necesita valor. Por esa razón la Escritura ha dicho que Dios nos ha dado espíritu de poder y de dominio propio, pero jamás nos ha dado espíritu de cobardía. Pilatos ganó su mundo (la confianza de Roma y el poder económico de su prefectura) pero perdió su alma; hay quienes perdiendo su alma ganan la vida eterna. Los que matan el cuerpo tienen su propio límite, no pueden matar el alma. Judas y Pilatos entregaron a Jesús a manos crueles, pero mejor les hubiera sido no haber nacido.

César Paredes

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Tags: SOBERANIA DE DIOS

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